28 noviembre, 2006

 

Entrega diecinueve

(en donde se volverá a demostrar que nuestra cultura está llena de mentiras. Corto texto, pero verá que muy interesante y educativo)

MISCELANEAS

EN ESTA ENTREGA DESARROLLAREMOS EL TEMA B

HIPÓTESIS SOBRE LOS ALIMENTOS DEL INVIERNO Y DEL VERANO.

Todos estamos convencidos de que los que vivimos en el hemisferio sur comemos al revés. Pensamos que como nuestra cultura proviene del norte, nuestros modos de alimentarnos están trastocados.
–¿Comer nueces, almendras castañas y turrones en Navidad?, ¡Eso es un desatino!– creemos todos, debido a que es una costumbre importada a las tierras australes por los inmigrantes del norte.
Estamos convencidos de que consumir esos alimentos en pleno verano navideño es un estúpido atavismo que nuestros antepasados nos impusieron, porque ellos crecieron con la costumbre de consumirlos en los inviernos de fin de año de sus lugares de origen.
Por algo parecido, en todos los lugares en donde hace mucho frío, sus habitantes, o los que por ellos transitan, creen que ingerir tabletas de chocolate es un modo de protegerse de los rigores estacionales.
Uno siempre recuerda las imágenes cinematográficas de soldados norteamericanos disputándose una barrita de la riquísima golosina para, supuestamente, hacer más soportable la crudeza del invierno europeo de la guerra. (En realidad lo que necesitaban era sentir gusto dulce en sus paladares, como ya hemos visto, para pretender sentirse resguardados de las agresiones que les tocaban vivir.)
Es por eso que, estamos seguros, somos víctimas de una especie de psicosis colectiva, de una contracultura que nos “obliga” a comer nueces y chocolates en el tórrido verano de Sudamérica.
Recuerdo, como un hecho cómico, que siendo niño leí en la revista infantil Billiken que “en invierno da más calor un helado de chocolate que un plato de sopa”, ya que, decía la nota, “tiene más calorías un helado de chocolate que un plato de caldo”.
Y me lo creí. Pero, por sobre todo, me encantó la noticia, porque nadie puede negar que cuando uno es niño es mil veces más rica una buena porción de helado que un plato de sopa (aunque haga muchísimo frío).

Pero nada de eso es cierto.

Decíamos más atrás que para todos, la boca no es más que la boca de un horno en donde cuanto más combustible se echa más calor se produce, y esto es una falacia.
Al parecer nos hemos olvidado de algo fundamental: EL CALOR INTRINSECO DE LAS SUBSTANCIAS, concepto que en nuestra Facultad de Medicina de Rosario nos enseñó el Dr. Julio Barman en su famosa cátedra de Física Biológica.
Todo elemento, aparte de docenas de propiedades físicas que lo caracterizan, goza de una muy particular, sobre la que se habla muy poco: EL CALOR INTRINSECO.
Se denomina así a la capacidad que tiene cualquier elemento, de retener durante más o menos tiempo el calor que le ha brindado una fuente de él. Si calentamos a cien grados centígrados un litro de agua y uno de aceite, y luego, al unísono, lo retiramos del fuego, veremos que el agua demora mucho más tiempo en enfriarse. En consecuencia, el agua tiene más calor intrínseco que el aceite. De hecho, según recuerdo, es el agua destilada el elemento de mayor calor intrínseco de todos los que existen.
El hombre, después de descubrir el fuego, observó que el agua caliente pura es vomitiva, pero que si se disuelve en ella algún elemento que le dé sabor agradable deja de serlo automáticamente. Y también observó que al ingerir algún compuesto de agua caliente saborizada, se defendía más fácilmente del frío ambiente en sus obligadas exposiciones a él. Las tisanas, los caldos y los guisados son el resultado de esa observación.
Y es rigurosamente así. Al ingerir un alimento o bebida que tenga un alto calor intrínseco (mucha agua caliente en su composición) nuestra temperatura interior subirá algunas décimas de grado –elevación que se mantendrá durante un largo tiempo–, lo que permitirá resistir más fácilmente una exposición prolongada al frío reinante. Por esos los rusos consumen grandes cantidades de té casi hirviente (sacados de su tradicional samovar) antes de exponerse a las gélidas temperaturas de sus crudelísimos inviernos.
En nuestras navidades, para terminar con el asunto, consumimos, en realidad, elementos de muy bajo calor intrínseco: asados de carnes vacuna o porcina, o de pollos o pavos, así como ensaladas de todo tipo, por ejemplo. Y bebemos cosas que tienen un alto porcentaje de agua fría, porque así como el agua es lo último en enfriarse, también es lo que demora más en calentarse, por lo que conserva más tiempo el frío a que se la ha sometido.
En las navidades del hemisferio norte, en donde las temperaturas son bajísimas en esas épocas, se consumen alimentos y bebidas con muy alto calor intrínseco: sopas, guisos... Esa es la verdadera diferencia.


Próxima entrega: Hipótesis sobre la “anorexia nerviosa”.




26 noviembre, 2006

 

Indice de lo publicado hasta ahora

Para que los que recién entran al blog no tengan dificultad en leerlo de principio a fin y para que los antiguos lectores encuentren rápidamente la hipótesis que quieran releer, he aquí un índice de lo ya publicado (que se actualizará en cada entrega).

Índice de capítulos del BLOG

1- Hoy comienza una nueva manera de ver las cosas. Prólogo e Introducción.

2- Primera Hipótesis: NUEVAS DEFINICIONESPARA ANTIGUOS TERMINOS

3- Segunda Hipótesis: LA GORDURA NO ES UNA ENFERMEDAD

4- Tercera Hipótesis: DESCRIPCION DEL PROCESO FISIOLOGICO DE ENGORDAR

5- ANEXO A LA TERCERA HIPÓTESIS y Cuarta Hipótesis: DESCRIPCION DEL PROCESO FISIOLOGICO DE ADELGAZAR

6- Quinta Hipótesis: NO DEBEMOS CONFUNDIR ADELGAZAR CON ENFLAQUECER

7- Sexta Hipótesis: EL CONFLICTO ECLIPSANTE

8- Séptima Hipótesis: EL ORDEN POR EL TERROR

9- Octava Hipótesis: LA GORDURA NO PRODUCE TODAS LAS ENFERMEDADES DE LAS QUE SE LE CULPA

10- Novena Hipótesis: LA GORDURA EN LA NIÑEZ

11- Décima Hipótesis: LA GORDURA EN LA ADOLESCENCIA

12- Undécima Hipótesis: EL “PACIENTE PROBLEMA”

13- Duodécima Hipótesis: LOS NEFASTOS ANOREXIGENOS

14- Decimotercera Hipótesis: LA FUERZA DE VOLUNTAD

15- Decimocuarta Hipótesis: LA SILUETA FEMENINA

16- Decimoquinta Hipótesis: MI PROPUESTA

17- Decimosexta Hipótesis: LA ACTIVIDAD FISICA EN EL PROCESO DE ADELGAZAMIENTO

18- Misceláneas: A) HIPÓTESIS SOBRE POR QUÉ SENTIMOS LA NECESIDAD DE COMER COSAS DULCES CUANDO NOS VA MAL

19- Misceláneas: B) HIPÓTESIS SOBRE LOS ALIMENTOS DEL INVIERNO Y DEL VERANO

20- Misceláneas: C) HIPÓTESIS SOBRE LA “ANOREXIA NERVIOSA”

21- Misceláneas: D) HIPOTESIS SOBRES LOS PUNTOS DE VISTA REFERIDOS A LA “BULIMIA”

22- Misceláneas: E) EL ETERNO PROBLEMA DEL DESAYUNO

23- Misceláneas: F) OPINION SOBRE LOS ALIMENTOS Y BEBIDAS “DIET”, “LIGHT”, “BAJAS CALORIAS” O "DIETETICOS”

24- Misceláneas: G) HIPÓTESIS SOBRE LA ALIMENTACION DE LAS EMBARAZADAS

25- Dedicatorias y Epílogo

26- CÓMO ELEGIR UN BUEN MÉTODO PARA ADELGAZAR

27- MITOS EN MEDICINA: "EL CALOR SECO ES BUENO PARA EL REUMA, EL CALOR HÚMEDO ES MALO"

28- MITOS EN MEDICINA: “¿EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIINFLAMATORIOS, ANALGÉSICOS Y ANTIFEBRILES?”

29- MITOS EN MEDICINA: "LOS ATAQUES DE HÍGADO"

30- MITOS EN MEDICINA: “EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIGASTRÍTICOS O LOS ANTIULCEROSOS”

31- MITOS EN MEDICINA: “¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUÁLES?” (Primera parte)

32- MITOS EN MEDICINA: “¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUÁLES?” (Segunda parte)

33- MITOS EN MEDICINA: “¿SE PUEDEN COMER VERDURAS DE HOJA Y ALIMENTOS QUE CONTENGAN SEMILLAS MUY PEQUEÑAS CUANDO SE TIENEN DIVERTÍCULOS EN EL INTESTINO GRUESO?”

34- ÚLTIMA ENTREGA: "LOS ADELGAZADORES"


25 noviembre, 2006

 

Entrega dieciocho

(en “Pobres Gordos...!” surgió por primera vez el problema de tratar algunos temas importantes que no podía ubicar en ningún capítulo del libro. Se me ocurrió, entonces, escribir uno bajo el título de MISCELANEAS. Esa era la forma de anotar conceptos, a mi gusto muy importantes, que no tuviesen relación entre ellos.
Como ahora me veo en idéntica situación, usaré el mismo recurso para darle a conocer algunas hipótesis que por sus particularidades no han tenido cabida en ningún lugar de lo anterior, y que por su brevedad no justifican ser anotadas en forma individual. (Aquella vez me dio resultados)



MISCELANEAS

El breve índice de lo que trataré en cada entrega es el que sigue:

A) Hipótesis sobre por qué sentimos la necesidad de comer cosas dulces
cuando nos va mal.

B) Hipótesis sobe las comidas del invierno y del verano.

C) Hipótesis sobre la “Anorexia Nerviosa”.

D) Hipótesis sobre la “Bulimia”.

E) El eterno problema del desayuno.

F) Opinión sobre los alimentos y bebidas “Diet”, “Light”, "Bajas calorías” o, directamente, “Dietéticos”.

G) Hipótesis sobre el correcto modo de alimentarse de las embarazadas.


EN ESTA ENTREGA DESARROLLAREMOS EL TEMA A


HIPÓTESIS SOBRE POR QUÉ SENTIMOS LA NECESIDAD DE COMER COSAS DULCES CUANDO NOS VA MAL.

Es realmente algo usual que los gordos, y los que no lo estamos también, sintamos el irrefrenable apetito de comer cosas dulces, o que contengan almidones, en respuesta a cada agresión conque nos obsequia la vida.
Esa actitud, a primera vista anormal y patológica, es absolutamente normal y lógica en todos los mamíferos (cosa que, naturalmente, incluye a los humanos).

Los primeros meses de nuestra vida los pasamos confortablemente en el vientre de nuestra madre.
Allí, en ese reducto casi mágico, gozamos del período de mayor seguridad de toda nuestra existencia.
En obscuridad total; sin ningún ruido que nos perturbe; sin que nadie nos toque (estamos sumergidos en un mar de líquido amniótico); siempre a la ideal y constante temperatura de 37ºC; sin la necesidad de respirar, transpirar ni tiritar, de beber o de comer (ni de la de trabajar para poder conseguir comida o bebida). ¿Qué estado de mayor placidez podemos llegar a vivenciar en el resto de nuestra existencia?
Pero, como siempre, todo lo bueno se termina. Llegado un momento todo se acaba..... ¡Afuera!, es la orden de la naturaleza: ¡A vivir la vida en este trajinado mundo, que para eso nace uno!
¿Y cómo nos recibe el mundo extrauterino? Pues con lo primero que tiene a mano: con AGRESION.

La luz de la sala de partos nos enceguece, y los ruidos del ambiente nos ensordecen. Nos pegan una palmada en las nalgas, con los que nos obligan a sentir el dolor de poner en marcha nuestro mecanismo de respirar; hasta nuestro propio llanto nos aturde. La temperatura es, de repente, entre diez y quince grados centígrados menor que la de la tibia panza de mamá. Nos raspan todo el cuerpo con una torunda de gasa para quitarnos los restos de lo que hasta hacía unos minutos nos había protegido. Y nos tironean de aquí para allá; nos meten un tubo aspirador en las narices para succionarnos el pobre moco que hay en ellas con la excusa de facilitarnos la respiración y “hacer nuestra llegada al nuevo mundo menos traumática”. Nos ponen en los ojos gotas antisépticas que arden más que el vinagre. Y, como si todo esto fuese poco, tenemos que soportar los alaridos de un irónico obstetra que nos grita ¡BIENVENIDO!

Pero de pronto toda la tortura se termina.

Vuelven la calma y el silencio, desaparece la luz enceguecedora; otra vez el calorcito del cuerpo de mamá. Y allí, por primera vez desde nuestro “debut”, algo agradable y placentero: el dulce gusto de su leche tibia en nuestro paladar.
Es la primera impresión gratificante que recibimos. Y no es tan solo muy rica, parece que, además, sirve para quitarnos todas las penas, porque cuando lloramos ¡Ahí va!: la teta en la boca. No importa la causa del llanto, siempre el chorrito de leche dulce que lo calma.
Y se transforma esto en un reflejo condicionado. Reflejo que queda marcado a fuego en nuestro inconsciente: experiencia mala = leche dulce como premio y consuelo.
Y así día a día.

Cuando más adelante nos duelen las encías porque nuestros dientes “quieren cortar”, coquito de pan para morder, algo durito para “ayudar a que corten”: almidón que nuestra saliva transformará en dulce glucosa.
Y ante el chichón, resultado de nuestro incipiente esfuerzo por aprender a caminar, un dulce chupetín para amainar la pena. Igual que cuando nuestros primeros dolorcitos de panza, provocados por la espuma que forma en nuestros intestinos la enorme cantidad de lactosa que contiene la rica leche de la teta (gracias al hiperconsumo que mamá hace de alimentos con gran cantidad de carbohidratos con la excusa de que “está amamantando”) a causa de no poder elaborar la suficiente cantidad de “lactasa” (enzima que desdobla la lactosa en sus dos moléculas componentes: glucosa y galactosa, para que puedan ser absorbidas por las paredes de nuestros intestinos delgados) como para digerirla en su totalidad, lo que obliga a que se nos suministre el dulce y avainillado antiflatulento.

Así crecemos: ante cada cosa mala, dulce para compensar o aliviar.

Entonces, ¿De qué otra forma pretenderemos reaccionar, siendo adultos, si desde el nacimiento nos “enseñaron” que todo se soluciona con algo dulce? Si nuestro inconsciente no conoce otra forma más efectiva.

Por eso la compulsión de todos ante la angustia, el dolor, la desesperación, el desasosiego o la incertidumbre.
Si hasta a los otros mamíferos les pasa lo mismo. Dé un caramelo a su perro en cuanto lo note nervioso y verá como se serena (por favor no haga esto con frecuencia aduciendo que yo se lo he recomendado. El veterinario que lo atiende se enojará conmigo).
Fíjese en la actitud de los domadores del circo, cuando después de obligar a los caballos o a los osos, por ejemplo, a hacer piruetas, les obsequian terrones de azúcar para volverlos a la calma. Los caballos, los osos y los demás mamíferos estamos marcados con la primera impresión protectora del gusto dulce de la leche de mamá después del agresivo trauma del nacimiento.

Si razona lo que ha leído ha de pensar que el problema no tiene solución, ¿Verdad?, pero no se alarme, sí la tiene.


No trate de luchar con abstinencia ante esa compulsión tan primitiva.
Lo que real e inconscientemente necesitamos es sentir “gusto dulce” ante las malas ocasiones de la vida. Mas debe saber que no importa la calidad del elemento dulce que necesitamos llevarnos a la boca.
Nuestra cultura hace que cuando sentimos ese tan primitivo impulso lo traduzcamos en una irreprimible necesidad de paladear lo que vemos, olemos, nos ofrecen o, simplemente, imaginamos en base a nuestras experiencias anteriores.
Y cualquiera de esas cosas han de tener algo en común: son hidratos de carbono.
Pues ha de saber que no interesa cuál sea el elemento que nos proporciones ese sabor, sino, y simplemente, importa su CUALIDAD DE DULCE.

Si está dispuesto a seguir los consejos que le he dado (en donde están restringidos los glúcidos) tenga siempre a mano alimentos y bebidas dulces, pero que no contengan carbohidratos, y verá que el efecto es tan mágico como el de los legítimos azúcares. Utilice su ingenio y tenga siempre a mano cosas dulces elaboradas con edulcorantes artificiales y tendrá una ventaja extra: cuando un gordo que está cuidándose sufre un traspié vivencial, siente, como hemos conversado, la normal necesidad de ingerir cosas dulces. Como son muy pocos los que pueden resistirse al apremio, comen, pero luego se sienten “culpables” por haber comido cosas que saben aumentarán su gordura, por lo que esa culpa se transforma en un nuevo conflicto que quizá tengan necesidad de eclipsar volviendo a ingerir cosas dulces, y lo hacen, lo que les provocará idéntico sentimiento, y de allí en más....
En cambio, si ante la necesidad de sentir dulzor en su boca, lo consigue con alimentos y bebidas que sabe no contienen carbohidratos, sino un inerte e inofensivo edulcorante sintético, no se sentirá culpable, por lo que todo el asunto terminará con el último trago o bocado.

Anécdota.

Hace unos años, una joven abogada me relató una experiencia que en estos momentos viene de perlas.
Un día, por la tarde, estaba discutiendo agriamente con su esposo (pelea normal en pareja normal).
En plena discusión, cuando aún no estaban dichas “todas las cosas”, suena el timbre. Se montó rápidamente una escena de paz y armonía para disimular, y se abrió la puerta. Era una colega que hacía una semana había convenido con mi paciente (y esta había olvidado) venir a su casa para que ella la aconsejara sobre un pleito que estaba defendiendo.
Con gran disimulo, el esposo se abrigó, saludo muy cortésmente a ambas, y se retiró de la escena con el pretexto de una diligencia (mutis por el foro, que le dicen).
Pero hete aquí que la colega, aparte de muchas carpetas, como es de rigor en los abogados, traía en la otra mano un primoroso paquetito de masas secas para acompañar el té.
Apoyó el paquete en la mesa del comedor, lo abrió y, me contaba mi paciente, en esos momentos de bronca contenida y desahogo frustrado, sintió un deseo casi irreprimible de comérselas todas. Pero se acordó que el jueves de la semana anterior habíamos estado hablando del tema del que hace un ratito le he comentado a usted, y decidió poner en práctica mis consejos.
Con la excusa de calentar el agua para el té, se metió en la cocina, puso la pava en el fuego, abrió la heladera y se sirvió una generosa porción de una especie de postre que en aquellos tiempos se había puesto de moda entre mis pacientes (y que es creación de uno de ellos): un riquísimo revuelto de huevos y manzanas, edulcorado artificialmente y saborizado con esencia de vainilla y jugo de limón, que se cocina junto con un puñado de nueces picadas, que se sirve bien frío, en una compotera, y coronado con una cucharada de crema chantillí (hecha con crema de leche, edulcorante y un toque de esencia de vainilla), o con crema sin batir espolvoreada con canela molida.
-Me lo comí- me relataba mi paciente –y automáticamente me sentí mejor. Cuando llegué al comedor con la tetera humeante, mi amiga me ofreció una de las masas que se veían estupendas. ¡No!, le dije, no quiero, gracias, me estoy cuidando, quiero adelgazar. Pero lo más notable era que, realmente, ¡no sentí deseos de comerlas!
Fin de la anécdota.

Si a pesar de tener preparado un arsenal de cosas dulces pero no engordantes, con el objeto de prevenir este tipo de emergencias, ante una situación difícil decide consumir carbohidratos, seguramente lo que su inconsciente pretende es eclipsar ese traspié aumentando el conflicto que supuestamente lo protege, para así diluir los efectos del nuevo problema, o del agravamiento de uno anterior.



22 noviembre, 2006

 

Entrega diecisiete

Lo que consigas muy rápida y fácilmente
no ha de durarte mucho tiempo.
Lo que mucho trabajo te cueste conseguir,
no se irá jamás de ti.

(en donde comprenderá que no es indispensable dejar sus huesos en un gimnasio para ser la persona que le corresponde ser)


Decimosexta Hipótesis

LA ACTIVIDAD FISICA
EN EL PROCESO DE
ADELGAZAMIENTO



En todo libro que se precie, referido a estos temas, se aconseja realizar ejercicios para acelerar los logros.
¡Caramba!, ¿Es que nunca estaremos de acuerdo en un cien por ciento?

Por supuesto que estoy de acuerdo con la actividad física. Si es razonable e inteligentemente planificada. Si depara placer el realizarla y no interfiere en la actividad necesaria y cotidiana de quien la realiza, es muy saludable. Hasta allí coincidimos.
El motivo por el cual se la realiza, es lo que puede uno cuestionar.
Si es para sentirse mejor, para adquirir más agilidad y libertad de movimientos, para que nuestra fisiología marche aún más correctamente, para sentirnos más relajados y con la mente más despejada después de realizarla, también estoy de acuerdo.
Si es con el único objeto de “adelgazar más rápidamente”, estoy totalmente en contra.

No es ese el argumento que deba usarse como incentivo (parece un buen incentivo, pero es un pésimo argumento).
“La prisa es el peor de los vicios del hombre”, dice un antiguo aforismo chino, y estoy totalmente de acuerdo con él, por lo menos en lo que se refiere a la prisa por adelgazar, según lo hemos conversado ya.
Si el adelgazamiento es demasiado rápido, las chances de que se abandone el intento son altísimas (a estas alturas, quiero suponer, que ya ha de estar plenamente convencido de esto).

Cualquier tipo de ejercicio es recomendable desde el punto de vista del mayor gasto energético que producirá (exceptuando a los de grandes esfuerzos en los adolescentes, por motivos que conversamos en el capítulo anterior). De allí a pretender que si no se realiza no habrá logros, como he leído en docenas de publicaciones, hay un largo trecho.

Existen infinidad de personas que se resisten tenazmente a realizarlos: porque no disponen del tiempo necesario, o, simplemente, porque les displace.
Muchas veces he escuchado de boca de pacientes portadores de gorduras muy importantes, el comentario sobre la vergüenza que sentirían al compartir una actividad física en el mismo local y en el mismo momento en que lo hacen hombres y mujeres que lucen cuerpos esplendentes.
Se sienten entre la espada y la pared: han interpretado que si no ejercitan no adelgazarán, pero que si no adelgazan no irán a ejercitarse. Una gran confusión los invade.

Allá por la década del setenta, si es que mi memoria no me traiciona, se puso de moda el Aerobismo. Muchos colegas, o profesores de gimnasia, inundaban los medios de comunicación recomendando el trote alternado con la carrera y la marcha rápida, como un excelente método, económico y para nada avergonzante, de consumir los carbohidratos acumulados como grasa de depósito (en realidad ellos decían “consumir las calorías…”).
He visto legiones en los parques, y paseos a la orilla del Paraná, en todas las horas del día, correr fatigadísimos quién sabe cuántos kilómetros cada mañana o cada anochecer (y aún en los torturantemente tórridos mediodías del verano).
Siempre he sospechado que ellos califican la calidad de su esfuerzo en base al empírico cálculo de la cantidad de transpiración que los empapa.

Calzado adecuado, ropa deportiva al tono... y a correr como desaforados sedientos ante la cercanía del oasis, durante una o dos horas, preferentemente tres veces a la semana.

Inútil gasto de tiempo y esfuerzos, a mi modo de ver.

Podría conseguirse exactamente lo mismo simplemente caminando (y muchos, encima, ahorrarán el deterioro de sus articulaciones inferiores que, según los traumatólogos, ocurre a la corta o a la larga si se persiste en la actividad del trote o la carrera durante mucho tiempo, especialmente si se transporta el peso muerto de una considerable adiposis).

CAMINAR, ése es el simple secreto: caminar, tan simplemente eso.
Claro, cualquiera podría pensar que para eliminar tanto sudor, caminando tan solo, el que lo practique debiera acumular tantos kilómetros como para que equivalgan a dar la vuelta al mundo en tan solo un año. Pero no es para nada necesario semejante Maratón.

Realmente conozco a muy poca gente que disponga de una o dos horas, unas cuantas veces a la semana, para salir a caminar a paso vivo.
Y, como es de suponer, la mayoría que no dispone del tiempo para hacerlo, de la aptitud física o de las ganas necesarias, directamente no hace nada.

Pero el tema no es tan complejo como aparenta, veámoslo:

El mayor esfuerzo de una hora de marcha se realiza en los primeros veinte o veinticinco minutos de iniciada (que es cuando hay que poner todo en movimiento). Luego: ¿Para qué invertir una hora si puede conseguirse más o menos lo mismo en tan solo veinte minutos?

El consejo que le doy a mis pacientes, y ahora a usted, es que CAMINEN TAN SOLO VEINTE MINUTOS POR DIA (si tienen la posibilidad de realizar esta actividad dos veces -a la mañana y a la noche, por ejemplo-, los resultados son, forzosamente, cien por ciento mejores).
Así de poco. Le aseguro que tan solo eso es suficiente, tiene mucho sentido práctico, y los resultados son magníficos.
La idea es salir a caminar, NO IMPORTA A QUE VELOCIDAD, mirando de cuando en cuando el reloj. Al cumplirse diez minutos de iniciada la marcha, se emprende el regreso (cosa que ha de insumir otros diez minutos), y el trabajo del día ya estará hecho.
La velocidad del paso ha de ser al principio muy lenta. Al fin no importa qué tan lejos llegue uno en diez minutos, sino que, simplemente, camine veinte. Siempre les digo, para ser muy gráfico, que no importa si comienzan al ritmo de quien saca a pasear a su tortuga.
El asunto es que semana a semana, mes a mes, muy lentamente, la velocidad de marcha se vaya incrementando poco a poco. El ideal será llegar a caminar, cómodamente, a paso vivo recién después de cinco o seis meses de iniciada la actividad.
Eso sí: la marcha debe ser diaria, de lunes a domingo, aunque llueva (al fin no hay día de lluvia en que ésta no pare veinte minutos. Y si ni siquiera eso para, pues ¡adelante!: paraguas, botas, impermeable y ¡A caminar bajo la lluvia! Es hermoso hacerlo).

No importa cuán ocupada sea su vida, no existe en el mundo nadie que no pueda dedicar tan breve lapso a estar solo consigo mismo. Porque esa es otra de las ventajas de la caminata: le permite a uno estar solo con uno mismo, y todos necesitamos de un recreo diario así (y mucho más lo necesitan los que suelen estar muy ocupados). Verá como se aclaran sus ideas, o que fantástico es gozar del “dulce pensar nada” que depara una caminata de tan solo veinte minutos.

Tengo pacientes que se han aficionado tanto a ese ratito todos los días, que le dan a él la misma importancia que a las horas de sueño. Uno no pretende tanto, pero a ellos les ocurre así. ¿Qué va uno a hacerle?

Nadie ha de transpirar por tan solo caminar tan breve tiempo pausadamente, pero recuerde que eso de valorar la actividad realizada por el grado de humedad que ha conseguido en su ropa, es nada más que otra fantasía que elabora el pensamiento mágico.

Ultima reflexión:
Existen muchas personas que por desgraciadas circunstancias, un accidente por ejemplo, se ven en la imposibilidad de caminar ni de hacer ningún tipo de ejercicios.
Si está usted obligado a utilizar por mucho tiempo, o quizá definitivamente, un sillón de ruedas, digamos, y siente necesidad de adelgazar, no se preocupe: NO ES IMPRESCINDIBLE NINGUN TIPO DE EJERCICIO PARA CONSEGUIR LA DELGADEZ.

Unicamente le recomiendo que sean muy estrictos en la elección de sus alimentos.
Su gasto energético ha de ser tan bajo que pequeñas cantidades de carbohidratos consumidos cotidianamente han de entorpecer sus logros.
He conocido a muchos en esas condiciones, y he descubierto que, invariablemente, Dios compensa sus minusvalías con muchas otras dotes que son realmente envidiables. Una de ellas es la paciencia.




18 noviembre, 2006

 

Entrega dieciseis

Índice general del blog

–Tengo prisa por llegar.
– ¡Apura el paso!
–Me fatigaría.
–Hubieses partido más temprano.
–Es que odio madrugar.
–... ¿Estás seguro de tener prisa?


(es la hipótesis que usted esperaba ¿no? Pero es en la que descubrirá que después de leerla tendrá que arreglárselas solo, sin ningún papá que lo cuide, mi querido lector. Esta vez no encontrará, como siempre lo ha hecho, un listado en donde se le diga lo que debe desayunar el lunes, almorzar el martes, merendar el jueves o cenar el sábado. No señor!, ahora será solamente usted quien decida qué ingerir en cada momento de cada día. Seguramente va a resultarle incómodo, pero si las dietas estructuradas y dirigistas no le han dado resultado -tomando esta vez a “resultado” en la acepción de perpetuar los logros alcanzados con cada una de las que siguió- ¿por qué no probar con la libertad?)


Decimoquinta Hipótesis
MI PROPUESTA



La trama universal de todo libro que hable de obesidad es como la que yo, más o menos, he seguido hasta aquí: al principio, la explicación del autor sobre su manera de pensar con respecto al tema; y al final, "La Dieta" que permitirá que usted alcance los logros que siempre ha soñado.

La primera parte la he respetado. Digamos que hasta ahora me he portado ortodoxamente, pero llega el momento del final y la cosa se me complica un poco.

Cuando en 1983 terminé de escribir "Basta de Dietas", me puse en contacto con el Dr. Florencio Escardó para rogarle que me lo prologara. Le envié una copia del original, y él, luego de leerla, me envió una carta (que fue la primera de una breve correspondencia que mantuvimos durante algunos meses) en la que me daba su impresión del trabajo, y en la que se negaba a escribir el prólogo aduciendo, simplemente, que el título era tramposo:
–"El libro se llama BASTA DE DIETAS, pero incluye una"–, protestaba.
A pesar de que con todos los argumentos imaginables traté de convencerlo de que si yo pretendía que el lector aprendiera a comer correctamente, debía, no había otra fórmula, indicarle cómo y qué ingeriría de allí en más. Se me hacía imposible, pues, no incluir un listado de lo aconsejable.
Pero no hubo caso: no lo prologó.

En el fondo, ahora creo que en parte tenía razón.
Si él viviera y yo le pidiese que hiciera un prólogo a este blog, creo que esta vez ni siquiera contestaría mi carta. Después de leer lo mismo que usted ha leído hasta ahora, ver anotada la lista de alimentos "permitidos" y la división en cinco etapas, tal como lo hice en mis cuatro trabajos anteriores, le hubiese caído tan mal que ni siquiera se habría tomado el trabajo de enviarme una nota en la que tan solo figurara la palabra ¡NO!, cosa que yo comprendería... Esta vez hubiese entendido su negativa (uno tiene más edad y algunas cosas ha aprendido).
A veintitrés años de aquel intento, mi modo de pensar, forzosamente, ha madurado, y creo que hasta sería tonto incluir ahora el listado tan formal, que era “parte imprescindible” de mis anteriores trabajos, por motivos que intentaré argumentar.


No existe en la historia ningún libro que tenga el 100 % de adeptos (exceptuando a las guías telefónicas, obviamente).
Se me ocurre que los libros que se han escrito con el objeto de "resolver" los problemas causados por la gordura han de ser los que menos entusiastas tengan, a pesar de que algunos, en su momento, llegaron a ser best–sellers.
Mas también imagino que en este tipo de publicaciones no ha de haber términos medios: o se está fanáticamente a favor, o empecinadamente en contra. Y creo que los de un bando han de pasar al otro con gran frecuencia (al que hasta ayer la propuesta le pareció magnífica, hoy puede llegar a pensar que es una literal locura o una estafa, y viceversa), "todos hablan de la feria según como creen les ha ido en la feria".
Posiblemente este sea el libro (ahora un blog) sobre el tema que menos adeptos coseche. Soy consciente de ello desde que decidí emprender la agotadora tarea de escribirlo.
Son muy pocos los lectores que puedan asimilar la verdad (digerirla, quiero decir), porque reconozco que ella es muy cruel y turbadora. Son muchísimos más los que prefieren conformarse con el engaño, que es, a priori, más benigno y consolador.
Desafortunadamente la evidencia dice que en estos casos, casi nadie puede hacer nada para hacerlos desistir de su actitud
Es por eso que siento la obligación de dedicar esta HIPOTESIS a todos aquellos que comprendieron el mensaje.
Estoy tan convencido de todo lo que le he dicho que me veo en la imperiosa necesidad de pedir disculpas a todos los que no he logrado convencer, a causa de la torpeza con que, quizá, he esgrimido mis argumentos.
A los que los han entendido les agradezco y admiro su capacidad de comprensión.

Muchos (tal vez la mayoría) de los que lean este trabajo, posiblemente al principio estén en un todo de acuerdo con sus conceptos, pero cuando vean, por ejemplo, que el adelgazamiento que obtienen (si es que realmente tienen grasas de depósito que poder perder) se hace más lento de lo que habían calculado, seguramente se pasarán "al otro bando".
Los menos (que, obviamente, a mi me gustaría fuesen "los más") entenderán y aprehenderán todo lo dicho, por lo que no tienen más opción que ponerse en una inflexible postura de obedientes seguidores de la idea, y jamás intentarán ser el segundo capitán. Por eso a ellos va dedicado lo que sigue.

El adelgazamiento fisiológico tiene tiempos diferentes al enflaquecimiento contra natura.
Si tiene usted experiencia en este último tipo de "logros" se sentirá un tanto confundido cuando advierta que las cosas no son "a su ritmo", pero estoy seguro que aceptará el ritmo propio de su fisiología. Al fin, si hace mucho tiempo que está gordo ¿qué le importa invertir mucho menos de la cuarta parte del que ha necesitado para engordar, y que, seguramente, no ha de ser más que una pequeña fracción de lo que aún le queda por vivir, para lograr algo que ha de ser definitivo? (Advierto que esto suena demasiado romántico, pero es que no encuentro otra forma de expresarme.)

Podría yo escribir aquí una larga lista de alimentos que pudiera consumir con el objeto de adelgazar, o de desengordar, según sean su estado y sus posibilidades, pero me ha parecido más coherente anotar una lista de lo que no debiera, para que sea tan solo usted quien maneje el modo de "cumplir las órdenes". (El capitán es quien dice que hay que hacer, el marinero es el que decide como hacerlo.)

A partir de ahora leerá los consejos, que pretendo acepte, con respecto a lo que creo deberá ser de aquí en más su forma de alimentarse. Al final de ellos hablaremos sobre la forma de controlar sus logros.
Todo lo que sigue no es más que el producto del razonamiento que he desarrollado, después de tantísimos años y pacientes, basándome en la evidencia cotidiana.

Esta HIPOTESIS se dividirá en tres etapas:


1– El adelgazamiento a partir de la gordura.
2– El adelgazamiento a partir de la flacura.
3– Cómo medir los logros obtenidos.

Primera parte
(Modo de adelgazar a partir de la gordura)


Como mi intención es que no cambie un conflicto, su gordura, por otro más cruel: el obsesionarse con el hipercuidado en su alimentación con el objeto de resolverla, le pido que trate de despojarse de todos sus preconceptos referentes al tema.
Que trate de imaginar que nunca ha hecho nada por adelgazar, y que esta es la primera vez en que hará algo al respecto. Que juegue a que éste es su primer intento (y espero que el último).


Cuando digo "el último intento", es porque anhelo que al finalizarlo ya no tenga necesidad de hacer nada más. Y si alguna vez claudica, la próxima vez que vuelva a intentarlo vuelva a imaginar que también ése es el primer intento de su vida.


Desde que era un niño muy pequeño, me ha disgustado el no por el no, o el sí por el sí. Siempre pedí explicaciones cuando se me negaba algo; o cuando debía hacer alguna cosa que me molestaba hacer o que no le parecía acertado a mí, por entonces, corto criterio.
Para mi suerte, mis padres siempre utilizaron la técnica del – ¡No!, porque.....–, y la del – ¡Sí!, para que.....–.
Naturalmente, es la técnica que adoptamos con mi esposa para educar a nuestros hijos, porque, gracias a Dios, ella fue educada de la misma manera. Y, por supuesto, la que utilizo con mis pacientes siempre que les recomiendo tomar alguna actitud o consumir algún medicamento. Les explico, adaptando el discurso a la cultura de cada uno, el por qué de esa actitud, o la acción del medicamento prescripto. La experiencia me ha enseñado que si el paciente conoce como funciona el fármaco que se le indica, o la actitud que se le recomienda, colabora mejor con la terapéutica, y los efectos de ella son más positivos (aparte, tiene todo el derecho de saber qué está ingiriendo o cuál es la razón del consejo que se le da, de qué manera se manifiestan los efectos indeseables, y cómo ha de notar que su acción benéfica está ocurriendo).

A partir de ahora usaré idéntico método con usted, en relación a los elementos que le aconsejaré consumir o evitar.

Todos los alimentos y bebidas que ingerimos para nutrirnos (o porque simplemente nos depara placer el hacerlo), si los vemos desde el punto de vista de su capacidad de engordarnos, se pueden dividir en tres grupos:

1– Los que no engordan ni dificultan el proceso de adelgazamiento. (Desde ahora: "ALIMENTOS o BEBIDAS DEL TIPO UNO").
Sin importar en qué cantidad o con qué frecuencia los consumamos, carecen de la capacidad de engordarnos. Lógicamente son los que no contienen carbohidratos; aquellos que tienen tan poco de ellos que sus porcentajes no influyen; o los que los tienen en importantes cantidades, pero que, a causa de su composición química, se le hace imposible de absorber a nuestro aparato digestivo.

2– Los poco engordantes y pueden entorpecer el camino a la delgadez. (A partir de ahora: "ALIMENTOS o BEBIDAS DEL TIPO DOS”).
Son los que deben ser consumidos con algún límite máximo diario, ya que si se abusa de ellos en cantidades o frecuencias, tienen en su composición un porcentaje de hidratos de carbono suficientes como para que superen nuestras necesidades básicas, por lo que comenzaremos a guardarlos en reserva en nuestro panículo adiposo.

3. – Los muy engordantes, que traban la consecución de los logros que se pretenden. (De ahora en más: "ALIMENTOS o BEBIDAS DEL TIPO TRES").
Llamaremos así a todos los que contengan una gran cantidad de carbohidratos por unidad de medida. Ellos, ya lo veremos, deben ser consumidos tan solo eventualmente.

Veámoslos más en detalle:

(Aclaración muy importante: el libro en que se basa este blog -“El secreto de la obesidad”- fue escrito y destinado, originalmente, a los habitantes de Argentina. Es por eso que ha de leer denominaciones que no han de serle familiares al modo de hablar de su país, por ejemplo: lo que nosotros llamamos “achuras”, para los españoles son “asaduras”; nuestro “dulce de leche” es el “manjar blanco” de los chilenos. Lamento que tenga necesidad de tener, quizá, un diccionario a mano para entender cabalmente todo lo que sigue, pero no hay otro método. Si encontrase alguna expresión incomprensible hágamelo saber con un comentario, y yo trataré de “traducirla”)


ALIMENTOS Y BEBIDAS DEL TIPO UNO:
Como prácticamente carecen de glúcidos (carbohidratos), pueden ser consumidos sin límites. Me refiero a todos los productos de origen animal (de cualquier animal), inclusive los que vienen enlatados en conserva, como por ejemplo el atún o los mariscos, aún en salsas o en aceite (al fin la salsa que pueden contener es muy pobre, y el aceite no contiene azúcares). También pueden consumirse hamburguesas de cualquier tipo de carne (vaca, pollo, pavo etc.), y cualquier tipo de achuras.
Debe exceptuarse a la leche y a algunos de los alimentos que a partir de ella se elaboran y que luego analizaremos mejor cuando hablemos de los otros dos tipos; y a algunas manufacturas de origen cárneo que se explicitarán al tratar los del TIPO TRES.
Los quesos también pertenecen al TIPO UNO, aparte de aclarar que son un importantísima fuente de proteínas, los gordos deciden (o se les recomienda) consumir los de “masa blanda” (los quesos se clasifican en “de masa blanda”, “semidura” y “dura”, según las características que les den los períodos de estacionamiento a que se los someta después de su fabricación, y antes de su venta). Los blandos son quesos muy jóvenes –salvo algunas excepciones muy especiales–, para su elaboración y venta no se requieren más que dos o tres días de añejamiento, es por eso que son tan baratos, pero en tan breve tiempo el azúcar que contienen –lactosa– no puede ser transformada en elemento no carbohidrato –ácido láctico–, por lo que no deben consumirse salvo en ocasiones muy especiales. Los de masa semidura o dura no contienen lactosa, por lo que su consumo ha de ser a voluntad.
El quesillo, requesón o cuajada, aunque algo de lactosa tiene, puede ser utilizado para reemplazar a la ricota (esta debe evitarse por su contenido en glúcidos). Claro que aquí hay “una dificultad”: debe elaborarlo usted. Pero es muy simple, coloque en una cacerola cuatro o cinco litros de leche entera -las descremadas contienen muy pocas sustancias sólidas que se les puedan extraer-, agréguele cuatro o cinco cucharadas soperas de vinagre de cualquier tipo y caliéntela en la hornalla. Cuando adquiera una cierta temperatura se “cortará”; retírela del fuego, ponga en un colador de pastas un trozo de tela de malla apretada (un trozo de sábana vieja es adecuado) y cuélela. Cuando el suero se halla escurrido –toda esta operación ha de ser realizada en una pileta– deje caer abundante agua sobre la pasta resultante y revuélvala con los dedos para quitarle los restos de vinagre y la lactosa que aún contenga. Deje escurrir un buen rato, exprima lo conseguido valiéndose del lienzo que utilizó como filtro y guárdelo en la heladera. Normalmente con cuatro o cinco litros de leche entera se obtiene alrededor de tres cuarto kilo de quesillo. Utilícelo como si fuese ricota (mis pacientes sostienen que es más sabroso que ella).

Los alimentos pertenecientes al reino vegetal también pueden ser consumidos irrestrictamente, salvo algunos que veremos un poco más adelante. Los de consumo ilimitado incluyen a casi todos los vegetales frescos, envasados, congelados o encurtidos (pikles), y a las legumbres frescas, desecadas o envasadas (las habas y los porotos, arvejas, garbanzos, lentejas y porotos de soja, contienen carbohidratos que son inabsorbibles para los humanos, ese es el motivo de su irrestricción).
Las frutas secas, como nueces, almendras, castañas, avellanas, pistachos y maníes, y las oleaginosas como las semillas de girasol, contienen, como las legumbres, glúcidos no absorbibles por los humanos, por lo que no ha de haber límites en su consumo.
Los hongos secos o champiñones no aportan, casi, ningún carbohidrato, por lo que no deben ser limitados. Pueden prepararse con ellos, usted lo sabe, exquisitas y delicadas salsas.
Los palmitos también son de consumo irrestricto. Lo mismo que los brotes de soja, bambú y alfalfa.
Con respecto al germen de trigo y a la levadura de cerveza, aunque creo que las propiedades que se les adjudican son irrelevantes, también pueden ser consumidos en las dosis habituales para usted.

Las bebidas que no contienen hidratos de carbono son, obviamente, el agua y la soda, y todas las infusiones que con agua se preparen: café, tés, mate (cocido o en bombilla) y tisanas (no recomiendo usar cotidianamente cafés instantáneos. Si se los consume en gran cantidad y con gran frecuencia, hemos advertido que contienen la suficiente cantidad de glúcidos absorbibles como para entorpecer el adelgazamiento). Tampoco contienen azucares las bebidas alcohólicas destiladas, como el wisky, el coñac, vodka, brandy, ginebra, pisco, tequila, shaque etc. Las bebidas fermentadas, como los vinos, la sidra, el champagne y las cervezas, contienen una importante cantidad de azúcares, cosa que los hace “consumibles” tan solo en ocasiones muy especiales.
Existen en el mercado bebidas gaseosas edulcoradas artificialmente, que también pueden ser consumidas sin límites, las hay con gusto a nuez de Cola y varias a lima–limón que están embotelladas con el rótulo de “Light”, “Diet” o algunos otros sinónimos que dan la idea de su “inocuidad”. Las con gustos frutales no lima–limón las hemos experimentado pero el resultado es que contienen la suficiente cantidad de glúcidos como para entorpecer el proceso de adelgazamiento, por lo que no las recomiendo, salvo eventualmente. Para hacer las cosas más fáciles, de todas las bebidas que se consideren “dietéticas” solo consuma las de color negro o las transparentes, ya que las que tienen aspecto turbio están adicionadas, casualmente, con enturbiantes artificiales, y las veces que las experimentamos las cetonas desaparecieron de la orina de los que las consumieron. Realmente no sé el porqué.
Los “Jugos concentrados” (líquidos o en polvo), aunque sean denominados “Diet” o “Light” o “Free”, también deben ser consumidos ocasionalmente. El jugo de limón también es bebida del TIPO UNO, aunque siempre recomiendo no beber mas que el de dos o tres de ellos (o su equivalente en jugo puro embotellado) por día. Es muy útil para aderezar comidas o preparar refrescos.

Los condimentos (pimienta, pimentón, azafrán, canela, comino, etc.) y aderezos de cualquier tipo pueden ser, cómodamente, incluidos en la categoría de ALIMENTOS DEL TIPO UNO, aunque en sus marquillas figure que contienen almidones o azúcares. Las mayonesas y salsas de mostaza son un buen ejemplo: en este rubro hay varias marcas que tratan de captar la atención del consumidor con los famosos rótulos Diet o Light. Realmente me parece impropio, ya que cualquier mayonesa o mostazas elaboradas pueden consumirse aunque en su composición figuren féculas o azúcar (al fin nadie ha de comer a cucharadas un kilogramo de ellas; de los supuestamente “dietéticos” se argumenta que lo son porque se les ha cambiado una buena parte del aceite que normalmente los componen por almidón, ya que éste contiene “menos calorías”).
Los extractos artificiales, como el de vainilla que se utiliza para aromatizar la Crema Chantilly, por ejemplo, pueden ser utilizados sin problemas. También puede usarse el cacao amargo en polvo tal como se lo expende en los comercios dedicados a la repostería. Y lo mismo digo para los colorantes artificiales.
Los edulcorantes artificiales son adecuados para incluir en esta primera clasificación, siempre que exceptuemos a los que se expenden en polvo: ellos contienen una buena porción de carbohidratos (generalmente maltodextrina), por lo que no deben ser usados más que en ocasiones muy especiales. Los que se venden líquidos o en comprimidos, no importa su marca, pueden ser consumidos sin límites.
Los vinagres, no importa cuál sea su origen, se pueden utilizar sin medida. (está incluido el Aceto Balsámico). También los aceites comestibles pueden ser usados sin ninguna restricción. Sin importar de donde se extraigan, ellos son unos de los pocos productos (junto con las mantecas y las margarinas) con 0 % de carbohidratos.

Los caldos concentrados que se expenden en cubos pueden consumirse sin problemas, no así los que vienen en sobres, ya que tienen una interesante cantidad de almidones. Los que se venden en polvo –empacados en sobres- con la denominación de dietéticos no son agradables, por lo menos al gusto de mis pacientes, pero si a usted le apetecen no creo que haya inconvenientes en que los consuma de vez en cuando.

Las gelatinas Diet sí lo son en realidad (siempre que convengamos que esta vez “Diet” quiere decir “sin carbohidratos”). Existen infinidad de “postres” que ostentan esa denominación sin serlos en realidad, por lo que debe evitarse el consumo cotidiano de ellos.

Las gomas de mascar “Diet” o “Light”, pueden ser consumidas sin restricciones. No así los caramelos o pastillas con esas denominaciones, o aquellos rotulados “Free” (free es palabra inglesa que quiere decir ‘libre de...’, pero que, en estos casos, literalmente debe interpretarse como ‘libres de azúcar de caña’, ya que contienen otros tipos de glúcidos engordantes (o “antiadelgazantes”). Y aquí es el lugar propicio para un comentario esclarecedor: los que nos dedicamos a las ciencias biológicas usamos la palabra AZÚCAR como sinónimo de carbohidrato (ej. “el almidón es un polisacárido, un azúcar de cadena muy larga; y la celulosa un azúcar de cadena tan larga que los humanos no podemos metabolizar”). Para el resto de los mortales Azúcar es la sacarosa, el hidrato de carbono que contienen la caña dulce y la remolacha, fundamentalmente, (es un disacárido compuesto por una molécula de glucosa y una de fructosa). El pensar de esa manera los hace caer en la trampa: “este caramelo es dietético porque no está hecho con azúcar (es free)”, lo que no se aclara es que su matriz es, generalmente, la dextrina, o azúcar de almidón (ya que de él se extrae), y que también es un carbohidrato.


ALIMENTOS Y BEBIDAS DEL TIPO DOS
No pueden incluirse en este rubro a ninguno del reino animal: ellos son del TIPO UNO o del TIPO TRES, exceptuando a la crema de leche.
La crema tiene muy poca cantidad de lactosa, por lo que si se consume menos de doscientos gramos diarios, su adelgazamiento no encontrará ninguna dificultad (reemplaza perfectamente a la leche en las infusiones, y se puede elaborar con ella Crema Chantilly y salsas de variados tipos). Si alguna vez sobrepasa esa medida no habrá problemas.

Los del reino vegetal incluyen al arroz pulido (que debe ser bien lavado, remojado un rato y vuelto a lavar antes de cocinar. Esto es para quitarle una gran porción del almidón que lo compone, tal como hacen los orientales). El “arroz integral” y los “Vaporizados” o “Parvolizados” (esos que por más que se los hierva no se “pasan”), no pueden ser despojados de sus excesos de almidones por más que se los lave o remoje, por lo que aconsejo no utilizar. Al fin, los amantes del arroz –como es mi caso–, solo amamos al milenario arroz pulido. (Advertencia: luego de lavado, remojado y vuelto a lavar, cocina muy rápidamente –siete u ocho minutos son suficientes–.) Trate de no consumirlo más de una o dos veces por semana, adicionándole los condimentos que se le ocurran, o combinándolo con lo que quiera.
A este grupo pertenecen también las frutas y los tomates.
Con respecto a las frutas no aconsejo consumir más de un cuarto kilo por día. Esa recomendación no pretende que se las pese cada vez, es bastante más simple: medio kilogramo debe alcanzar para dos días. Si alguien consume hoy medio kilo, mañana no debe consumirlas, porque las de mañana las ha comido hoy, ¿Se entiende?
Todas las frutas están permitidas, salvo las naranjas, uvas y bananas. Ellas contienen una gran proporción de azucares, o almidones, por unidad, aunque, otra vez, si se las consume muy de vez en cuando no han de entorpecer sus logros. Con respecto a la sandía melón y ananá, la cantidad diaria aconsejable no ha de superar el medio kilo.
Las deshidratadas deben prehidratarse antes de pesarlas. Una vez que sepa qué cantidad de ciruelas, duraznos, peras, etc. en forma de “pasa” entran en un cuarto kilo luego de remojarlas, puede comer la misma cantidad tal como las adquiera.
Existen en el mercado frutas envasadas en cuyas etiquetas se destaca “Bajas calorías”. Las hemos probado a todas, y no nos han resultado, por lo que aconsejo no adoptarlas.
Los tomates también pueden consumirse, respetando la porción de doscientos cincuenta gramos diarios como máximo. Pueden usarse frescos o envasados (estos últimos son los utilizados para elaborar salsas, por ejemplo). A los “frescos” puede darle el uso que desee. Si quiere rellenarlos, aparte del atún, puede utilizar picadillo de carne, paté de foie, jamón del diablo o corned beeff. Estos últimos vienen adicionados con bastante cantidad de almidones, pero como las porciones de cada uno suelen ser muy escasas, no creo conveniente ponerle límites.
El maíz, en forma de choclos, pisado, o molido, tiene una gran proporción de almidones, por lo que debe ser consumido muy eventualmente.
El pan rallado, si se utiliza modestamente y solo para rebozar, no debe ser obviado.


ALIMENTOS Y BEBIDAS DEL TIPO TRES
Estos son las harinas de cualquier cereal, el azúcar (sacarosa), los dulces y la miel. Loas se han cantado a la miel, pero casi todo lo que se dice de ella es falso, y lo que es cierto es intrascendente: ¡Da energías!, sí, pero no más que una porción equivalente de azúcares o harinas; ¡Tiene vitaminas!, es cierto, pero no más de una porción equivalente de frutas...o de aceitunas, por ejemplo; ¡Aporta minerales!, también es verdad, pero todos los productos naturales los aportan; ¡Es mágica!, son mentiras, “eso es pensamiento mágico”: la miel no es más que jarabe de glucosa, y como es “glucosa” en lo que se transforman todos los hidratos de carbono que consumimos, la miel, que directamente lo es, ni siquiera necesita del tiempo y el gasto químico necesarios para la transformación. La miel se absorbe inmediatamente después de consumida: podríamos decir de ella que es uno de los alimentos “que engordan más rápido”.
Algunos vegetales como las papas, batatas, zapallo, calabaza, remolacha y mandioca contienen tanta proporción de hidratos de carbono, que deben ser consumidos muy espaciadamente.

La leche y los yogures también son alimentos de este tipo.
También se elogia a la leche por sus supuestas virtudes, pero esta es otra exageración producto del mercado de consumo. No tiene mas calcio que el huevo, y mucho menos que los quesos, ni más vitamina que los vegetales, pero tiene una cantidad de azúcar, llamada lactosa, que hace que si se consume en cantidades suficientes nos engorde o nos impida adelgazar; y, por el mismo motivo, que nuestros intestinos se llenen de gases en forma de espuma compacta o nos produzca diarrea. Somos mamíferos, aparentemente la leche ha de ser uno de nuestros alimentos básicos, pero eso solo sucede en los bebés, que elaboran en su intestino una enzima denominada “lactasa”, que tiene como función transformar la lactosa en glucosa. A medida que vamos creciendo la cantidad de lactasa que elaboramos va disminuyendo, por lo que la digestión de la lactosa cada vez se hace más difícil, y al no ser absorbida en nuestro intestino delgado, llega al grueso y allí se produce esa fermentación tan molesta. No es para nada normal que un mamífero adulto tome leche, al fin el ser humano es el único que lo hace, y recuerde: es el único mamífero de la creación que se “la roba” a otros. El que la tomemos cotidianamente es un acontecimiento simplemente usual, y no es para nada de sentido común “normalizar” lo que tan solo es usual.
Muchos médicos, especialmente los ginecólogos, recomiendan a sus pacientes que rondan la menopausia consumir leche en abundancia con el objeto de evitar, o retardar, la aparición de la tan temida osteoporosis. Realmente, como hablamos más arriba, no estoy de acuerdo con esa recomendación. Primero, porque según hemos visto sus efectos indeseables son más importantes que sus supuestas “virtudes terapéuticas”; segundo, porque existen muchos otros productos no tan ofensivos que tienen una mayor cantidad de calcio en su composición, es más: menos el agua y la sal, prácticamente todo lo que ingerimos contiene calcio. Al fin del día, una persona que se alimenta bien (o medianamente bien), aunque no pruebe ni gota de leche o yogurt, ha consumido tanto calcio que su organismo no lo puede absorber en su totalidad; tercero, porque en el último de los casos una tableta diaria de carbonato o citrato de calcio reemplaza perfectamente a una gran ración de leche, y son de muy bajo costo; cuarto, y finalmente, porque tan solo una de cada cuatro mujeres desarrollan esa patología, y la destinada a padecerla no puede remediarlo, simplemente, consumiendo cantidades extra de calcio. El metabolismo óseo es extremadamente complejo, pero, gracias a Dios, los farmacólogos han ideado compuestos que se conocen genéricamente como bifosfonatos, y resuelven el problema de la osteoporosis (su médico le explicará todo sobre el tema).

PARADOJA: la leche descremada, esa que todos los gordos consumen con el objeto de “ahorrar calorías”, es la que más engorda. Un litro de leche entera no tiene más que cincuenta gramos de lactosa, uno de descremada: ochenta.
Con respecto a los yogures, digamos que no son más que “leche espesa”, son muy ricos (a mi, personalmente, me encantan. Me hacen mucho daño, jamás los consumo, pero me encantan), mas no tienen ningún nutriente extra, y sí casi la misma cantidad de lactosa que la leche que les dio origen –y los descremados, como ella, mucha más–.

Existen embutidos que son exquisitos, por lo menos para mi gusto y el de mis pacientes, como la mortadela, el salchichón, las salchichas de Viena y similares, el salame de Milán y las morcillas. Debe saber que contienen almidones (algunos más del 50 %), por lo que han de consumirse muy de vez en cuando. Digamos: cuando el evento sea imposible de sortear... Usted me entiende, ¿Verdad?

Nota: seguramente en su cultura gastronómica se incluyan alimentos y bebidas que no están aquí explicitados, si es así comuníquemelo y lo analizamos.

Vamos al grano.

A partir de ahora, o del momento en que lo decida, siga lo más fielmente posible las simples indicaciones que detallo a continuación:

*Coma y beba lo que quiera.
*Cocinado como quiera.
*En las cantidades que considere necesarias para saciarse (las únicas dos cosas que prohíbo absolutamente a mis pacientes son: soportar el hambre –salvo que se la sienta en algún momento en donde no se le pueda eliminar- , y sentir culpas si, por cualquier motivo, se han consumido alimentos o bebidas inadecuadas).
*Con las frecuencias que desee o pueda.
*Menos ningún alimento ni bebida de TIPO TRES.
*Tan solo las cantidades máximas aconsejadas de alimentos
y bebidas del TIPO DOS.
*Haga esto cotidianamente.
*Eventualmente consuma cualquiera de los alimentos y
bebidas del TIPO TRES (pero tan solo EVENTUALMENTE).


Así de simple, así de fácil. Claro: así de simple y fácil si se tiene la paciencia suficiente como para esperar los resultados en el momento en que ellos ocurran (según su fisiología lo decida, quiero decir), no cuando usted lo desee.


ACLARACIONES IMPRESCINDIBLES

Coma y beba lo que quiera: significa que puede comer y beber cualquiera de los elementos del TIPO UNO. Como ellos prácticamente no aportan carbohidratos asimilables a su economía, no existe ninguna necesidad de excluir ninguno, salvo que no sean de su agrado o que le provoquen algún malestar (alergia, por ejemplo).
Con respecto a las bebidas alcohólicas que integran el TIPO UNO, por supuesto el límite lo ha de poner su conciencia.

Cocinado como quiera: quiere decir que como no hay ningún modo de cocción que agregue carbohidratos a sus alimentos, es lo mismo comerlos crudos que hervidos, asados que fritos. Por eso puede gozar de cualquier forma de cocinar de acuerdo a sus costumbres o a sus preferencias. (Atención: me refiero estrictamente al “modo de cocinar”, no al de preparar las cocciones.)

En las cantidades que considere necesarias para sentirse saciado: desde siempre sabemos que nada multiplicado por cualquier número da nada. Si los alimentos que se consumen prácticamente no contienen carbohidratos, o los contienen pero ellos son inabsorbibles, no importa por cuanto multipliquemos la ración diaria. Naturalmente, me refiero a los del TIPO UNO.
A los del TIPO DOS sí hay que ponerle límites, ya que como contienen algo más de hidratos de carbono asimilables, si se comieran en grandes cantidades y con mucha frecuencia se sobrepasarían las cantidades cotidianas necesarias, por lo que nuestro organismo comenzaría a ahorrarlas en forma de grasas. (Este error se comete corrientemente con las frutas: mucha gente consume más de un cuarto kilo diario, es por eso que las cosas les van mal).

Con la frecuencia que desee o pueda: uno escucha por allí, especialmente de boca de los coordinadores de los grupos de autoayuda, el consejo de “comer algo cada dos horas”.
Esta es otra de las recomendaciones que aparte de inútiles crean en sus seguidores (generalmente en la mayoría de ellos) la idea de su imposibilidad de ser cumplidas, por lo que deciden abandonar el intento. No son muchas las personas tan dueñas de su tiempo que puedan “parar” con no importa qué cosa estén haciendo para comer una salchicha de Viena, un huevo de codorniz hervido o una suculenta zanahoria (de las no muy grandes), cada ciento veinte minutos.

Menos ningún alimento o bebida del tipo tres: los que tienen una gran cantidad de carbohidratos por unidad de medida, salvo que lo haga eventualmente, como ya hemos visto.


Cuando concurre a mi consulta un paciente gordo con el objeto de adelgazar, le entrego una cartilla en donde figura el listado de todo lo que puede o podrá consumir.
Siempre le recomiendo comenzar con alimentos del TIPO UNO durante una o dos semanas. Esa indicación tiene por objeto que vea resultados a breve plazo, cosa que lo alentará a seguir concurriendo y me permitirá adentrarme en sus conflictos para tratar de imaginar, entre ambos, una estrategia para resolverlos.
Luego le aconsejo incluir poco a poco los del TIPO DOS, durante el lapso de tres o cuatro semanas. Después de ese tiempo convenimos en que se tome un “día libre” cada semana. Generalmente, esas veinticuatro horas de libertad transcurren entre las 18:00 del sábado y las 18:00 del domingo, pero esos horarios no son tan estrictos. Digamos, para ser más prácticos, entre la merienda del sábado y la del domingo (puede así aprovechar la merienda del sábado, la salida o la fiesta de esa noche, el desayuno, el almuerzo y la merienda del domingo. Lo que no es poca cosa para una persona que está en “plan de adelgazamiento”). Allí tiene permitido el consumo de cualquier alimento y bebida del TIPO TRES.
El fin secreto de ese día libre es que APRENDA A PARAR de consumir elementos engordantes. Después de siete u ocho días libres descubrirá, invariablemente, que no es para nada difícil volver al modo de comer cotidiano que hemos convenido, por lo que si alguna vez tiene un compromiso ineludible (o un antojo) en mitad de la semana, en lo que se consuma no sea lo pactado, no sentirá culpas por “infligir las reglas”, ya que ha aprendido, se ha entrenado, a detenerse y volver a consumir lo que le permita seguir adelgazando

Cuando sale de vacaciones, mi indicación es que durante el tiempo que duren consuma lo que le plazca (finalmente nadie está gordo por lo que ha comido o bebido en las vacaciones pasadas, sino por lo que consumió antes de ellas, y desde ellas hasta el momento en que decide consultarme). El consejo que le doy en esos casos es que deje en su lugar de descanso lo que en él coma o beba. Me refiero a que en ese tiempo, el más lindo del año, desarrolle actividades tales que hagan que los carbohidratos que consuma sean metabolizados en el mismo sitio en que los consuma (siempre les digo: –“Lo que coma y beba allí déjelo allí”–). Que camine mucho si va a la montaña, por ejemplo, o que nade la mayor parte del tiempo que pueda si va al mar. El agua de mar siempre está entre 15 y 20 grados más fría que el cuerpo. La temperatura interior es la constante más celosamente cuidada por nuestro organismo. Los 37ºC interiores siempre deben ser 37º (algunas décimas más o menos). Cuando uno se sumerge en aguas que están, digamos, a 18ºC, tiene que mantener, cueste lo que cueste, su temperatura interior a 37, lo que significa un formidable gasto energético (ese es el motivo por el que uno se siente tan agotado y hambriento luego de un día de playa o de pileta).
No importa, entonces, que tan mal coma en esos períodos, los excesos de hidratos de carbono los dejará allí.

A los deportistas que compiten siempre les recomiendo, aún desde la primera semana, consumir almidones antes de la competencia. Ejemplo: almorzar una buena porción de pastas si en la tarde han de participar en alguna partida (ajedrecistas, abstenerse). Al fin, lo que han almorzado lo han de dejar en la cancha. En esos casos conviene más comer carbohidratos de lenta absorción (por eso el consejo de consumir almidones) que los de rápida asimilación, como lo son los azúcares simples (miel, azúcar de caña, dulces, glucosa) ya que la absorción de estos se hace tan rápidamente que en las mitad de la contienda han de quedarse sin energías.

Cuando por cualquier motivo vaya a cometer transgresiones le recomiendo “cometerlas en grande”. Esto tiene una explicación: la capacidad de absorción de hidratos de carbono de nuestro intestino delgado no es “infinita”. Sobrepasada una cierta cantidad de glúcidos, nuestros intestinos se saturan y ya no pueden absorber más. Digamos, siguiendo con los ejemplos, que una porción de pizza es suficiente para saturar la capacidad de absorción intestinal, por lo que si en alguna oportunidad se ve en la “terrible situación” de tener que consumirla, no coma una sola porción, ¡Coma las suficientes para saciarse con ellas!, de tal manera que por muchos días sienta repugnancia al, tan solo, escuchar la palabra “pizza”. Después de todo, lo que supere a una porción irá a parar al inodoro (con perdón por la poca elegancia del razonamiento).
Lo que tiene que desterrar de sus costumbres es el “probar”. Todos creen que el probar algo es intrascendente, pero en realidad ocurre todo lo contrario. –Un poquito de esto no ha de engordarme–, piensan todos (cosa que es rigurosamente cierta). El problema es que al rato volverán a razonar –Un poquito de esto otro tampoco conspirará con mi gordura–. Allí está el problema: si uno suma un poco de esto más un poquitín de aquello, al fin del día habrá consumido una cantidad de azúcares o almidones que harán que su proceso de adelgazamiento se detenga. Es por eso que siempre les recomiendo a mis pacientes: –“pequeñas transgresiones, ¡jamás!. Grandes transgresiones, si no las realiza frecuentemente, no han de influir demasiado en sus logros"–

Si ha conseguido ya su delgadez o está conforme con el cuerpo que ha logrado (cosa que es casi imposible: nadie está conforme con el cuerpo que consiga..., ni con la fortuna que obtenga), puede incluir en su dieta cotidiana no más de un cuarto litro de leche entera o una porción de yogurt (que en lo posible no esté adicionado con carbohidratos endulzantes) por día. También puede consumir, eventualmente, algún fiambre que contenga féculas, como la mortadela, las salchichas de Viena, etc.
Con respecto a los quesos cremosos como la mozzarella o el Port Salut (que no quiere decir por la salud. En realidad, y muy astutamente, los publicistas le pusieron, seguramente a pedido de algún industrial lácteo, el “saludable parónimo” del nombre que le daban los monjes trapenses de la Bretaña francesa, en el siglo XIX, que habitaban el monasterio Port du Salut -puerto de salvación-. Ellos, para subsistir, desarrollaron un tipo muy especial de queso -costumbre muy francesa- al que, en honor a su monasterio, bautizaron de esa manera: puerto salvación), no ha de ocurrir nada malo si alguna vez los consume, aunque alguna gran empresa láctea le haya sacado la letra T a PORT y, quizá dentro de algún tiempo cambie la T por la D en SALUT.


Segunda parte
(Modo de adelgazar a partir de la flacura)


No es muy común, pero ocurre con cierta frecuencia, que me consulten personas delgadas magras, o directamente “flacas”, con el objeto de “engordar”, según me lo plantean.
Siempre les explico que en realidad no deben engordar sino adelgazar.
Menuda confusión cunde en ellos cuando escuchan esas palabras, pero se tranquilizan bastante cuando les explico que adelgazar significa, simplemente, transformarse en delgados.
Cuando un gordo se transforma en delgado uno dice “adelgazó”, y todo el mundo está de acuerdo con la expresión. Pues cuando una persona flaca se transforma en delgada, aunque al principio se le dificulte asimilarlo, acabará por convenir que “ha adelgazado”.

Los delgados magros lucen un cuerpo tan antiestético como el más gordo de los gordos. Pero peor, lo hemos considerado oportunamente, un gordo pudiera transformarse en delgado ni bien se lo permitiera, mas un delgado magro no podrá hacer nada para mejorar su apariencia.
En general creen que el conseguir “engordar” solucionará su problema. Para eso actúan, creyéndolo lógico, haciendo lo contrario de lo que hacen los gordos que pretenden su delgadez: comen cuanto carbohidrato encuentran (en realidad, se atosigan con ellos).
Lo que no advierten es que han nacido, por esas raras circunstancias de la genética, con una incapacidad de acumular grasas de reserva, luego, si consumen una gran cantidad de glúcidos lo han de hacer a expensas de una muy fuerte disminución del aporte proteico, por lo que las proteínas que no consumen, y que son vitales para la renovación casi trimestral de su organismo, han de sacarlas de sus generalmente escasos músculos, los que cada vez serán menos voluminosos, cosa que contribuirá a que su imagen sea cada día peor.
Como ya hemos comentado, los médicos a quienes consultan les indican lo que ellos esperan: – ¡Coma muchas cosas que engorden!–, por lo que al ver tan contrarios resultados se sienten cada vez más confundidos.

Cuando uno de ellos me consulta, le explico lo mismo que usted ha leído hasta ahora. Por lo que deberá, él también, consumir lo mismo que alguien que quiere adelgazar desde la gordura, pero esta vez las recomendaciones son más drásticas.
Generalmente ese tipo de pacientes son muy inapetentes. Y lo son por dos motivos:
Primero, porque su naturaleza es así.
Segundo, porque, invariablemente, su estómago está siempre lleno de carbohidratos.

Lo primero que tiene uno que hacer es convencerlo de la diferencia entre comer y alimentarse. Lo segundo es tratar de que entienda que si sigue con esa postura de comer cuanta cosa “engordante” encuentre, su silueta no tiene más camino que empeorar con el tiempo. Lo tercero es que sigan, ellos más que los gordos, al pié de la letra las indicaciones.
Y esta vez las indicaciones son un tanto más crueles.
Siempre le recomiendo que no consuma ningún alimento sólido (ni beba nada con azúcares) fuera del almuerzo y la cena.
Debe desayunar con tan solo una o dos tazas de cualquier infusión edulcorada artificialmente.
Desde ese momento y hasta el mediodía no debe consumir nada que mitigue el hambre que ha de sentir a media mañana. Eso logrará que al sentarse a consumir su almuerzo sienta tanta hambre que se verá obligado a incorporar una muy buena cantidad de nutrientes (generalmente le recomiendo muchos alimentos y bebidas del TIPO UNO, y tan solo algunos del TIPO DOS). A media tarde, igual que en el desayuno, una anodina infusión para “engañar al estómago” hasta la hora de la cena. Y en la cena ha de actuar igual que en el almuerzo.

También les aconsejo que realicen ejercicios vigorosos. Eso hará que sus músculos aumenten de volumen y su aspecto mejore. El concurrir a un gimnasio es una excelente indicación, haciendo la salvedad que ningún adolescente debe realizar ejercicios que requieran mucho esfuerzo, como el levantamiento de pesas, por ejemplo (los “cartílagos de crecimiento” de los huesos largos aún no se han osificado y pueden dañarse con sobreesfuerzos). Pero no debe preocuparse: si el instituto al que concurre es serio, el profesor de gimnasia está entrenado como para aconsejarle con exactitud qué cosas debe hacer según su edad, sexo y circunstancias. Ellos son profesionales, téngales confianza y deje que también esta vez “ellos sean el capitán”.

ATENCION: el proceso de adelgazamiento a partir de la flacura es muchísimo más lento que el que parte de la gordura. Ha de tener usted una paciencia mucho mayor que las que deben ostentar los gordos que quieren adelgazar.


Tercera parte
(Cómo medir los logros obtenidos)

l escribir en este blog me ha deparado mucho placer. En realidad me encanta escribir, y el tema, ha de haberlo notado, me apasiona. Tal como me apasionan las nuevas amistades que gracias a él se van forjando.
Pero también me ha dado dolores de cabeza. Las hipótesis sexta, undécima y duodécima me aterraron desde que comencé a bosquejarlas y hasta que las vi impresas en el monitor de la computadora, ya terminadas y a mi más entero gusto.
También sabía, desde el principio, que había otro tema muy espinoso, el que hablara sobre como medir los logros que usted obtenga si sigue mis consejos con respecto a la alimentación y al modo de enfrentarse a su conflicto. Este es el tema, y este es el momento de escribirlo.

En mi penúltimo libro (Pobres gordos...!), comentaba, a modo de broma, que cuando en los principios de nuestra Patria se quemaron en la Plaza de Mayo los elementos de tortura, se les olvidaron dos: las tablas de peso según la edad, el sexo y la altura,...y las balanzas.
A las dichosas tablas ni siquiera las tendré en cuenta, usted ha de comprender el porqué. Pero no tengo más remedio que referirme a las balanzas que, realmente, son formidables artefactos de tortura (o de autoflagelación, según se las vea). Y lo son por lo que hacen sufrir a quienes las utilizan, pero peor por el gratuito sufrimiento que les provocan.
Todo el mundo “controla” su gordura, su delgadez o su flacura recurriendo a ellas, cosa que a mi siempre me ha parecido la más errónea de las actitudes, y de lo que trataré de convencerlo una vez más (pero quédese tranquilo, juro solemnemente que esta es la última vez que lo intento).

Como siempre decía mi soberbio profesor de gastroenterología, el Dr. Guillermo Ferrari del Sel (quizá uno de los más grandes médicos que haya habitado esta ciudad): “vamos despacito”.
¿Qué importa cuánto pese una mujer que tiene 130 cm de busto, 150 de cintura y 145 de cadera, con 1,60 m de altura?
¿Qué importa cuánto pesa una jovencita de diecinueve años y 1,75 m de altura, que luzca las medidas 90-70-90? ¿A quién en su sano juicio puede importarle su peso? (Exceptuándola a ella misma, claro.)

“Adelgazar quiere decir AFINAR, no ALIVIANAR. No importa cuánto peso pierda una persona, sino qué tan delgada se la vea”.

La gordura y la flacura son problemas estéticos. El adelgazamiento es un mejoramiento de la estética, y no existe ni existirá, jamás, ninguna balanza que pueda decir si su estética está mejor o peor.
En el último de los casos es la cinta métrica de costura la que juzgará sus logros (o sus fracasos). Si su cadera era de 120 cm y ahora mide 95, es que está más delgada, sin importar cuánto peso haya perdido en la empresa.
En mi último trabajo les narraba una parábola que inventé hace muchos años, y que es muy didáctica a mí modo de ver:

Una noche un niño le comenta a su madre que no tiene ganas de cenar, que se siente mal y que se irá a acostar. Mamá advierte que sus ojos están demasiado brillantes y que su actitud es inusual, por lo que pone la palma de su mano en la frente del hijo. Tal como lo presentía la siente muy caliente, por lo que decide colocarle el termómetro en la axila. A los pocos minutos advierte que el mercurio marca 39ºC. Le da una dosis de antitérmico, y lo mete bien arropado en su camita.
A la hora escucha que su niño pide comida, salir del lecho y bajar a ver televisión.
Vuelve a poner su mano en la frente, la nota más fresca, y otra vez el termómetro que ahora marca 36,7ºC.
Esa actitud es la que tomamos todos ante casos semejantes: primero mano en la frente, luego termómetro en la axila.
Fin de la parábola.

La balanza es la mano en la frente. La cinta métrica el termómetro.

– ¡Bajé tres kilos!–. Correcto, pero ¿Cuánto ha adelgazado?

Siempre, y muy malintencionadamente, les pregunto a mis pacientes “balanzaadictos”:
–Si se realizara una réplica exacta, pero en madera de pino, de La Venus de Milo, ¿Cuál sería más gorda, el original de mármol o la réplica de madera?–. Todos contestan lo mismo, “La original, porque el mármol es más pesado”.
No importa cuánto tiempo demore en explicarles que si la réplica es exacta ambas serán igual de delgadas. Tienen tan internalizado que engordar es aumentar de peso que siguen defendiendo, porfiadamente, la mayor gordura de la Venus de piedra (aunque simulen haber comprendido mis razones y estar de acuerdo con ellas).
Es probable que sienta usted algo de compasión por gente tan tozuda, pero quisiera verlo en mi consultorio ante el mismo dilema.

Es muy fácil “alivianar” a la gente, démosles diuréticos y laxantes, tal como hacen los pseudohomeópatas, y al perder una buena cantidad de agua pesarán menos.
Póngase a correr alrededor de la plaza con ropa muy abrigada y, mejor, impermeable, y verá como al volver de la desatinada carrera pesa menos que al partir hacia ella.

En ambos casos no pesa menos “porque está más delgado”, sino porque está un tanto deshidratado.
Un litro de agua pesa un kilogramo, y si mediante el método que sea pierde un par de litros, ha de pesar dos kilos menos. Pero tan solo estará más liviano por un breve rato, ya que la sed hará que recupere el líquido perdido, en muy breve tiempo.

Si es usted mujer y está próxima a menstruar, notará que pesa entre uno y tres kilos más que la semana anterior (es lo usual), pero eso no significa que está más gorda, sino que su organismo está reteniendo agua con el objeto de diluir su sangre para no perder tantos glóbulos rojos en los días que dure su menstruación.

Naturalmente todos pesamos más en invierno que en verano, porque las ropas de los tiempos fríos son mucho más pesadas que las de los tiempos estivales.

Se pesa más, también, en los días en que la presión atmosférica es muy baja (ese fenómeno hace que retengamos líquidos), que en los tiempos de presiones muy altas (por el efecto contrario).

Es lógico que todos pesemos más a la noche que a la mañana y en ayunas. Una buena parte de lo que comemos y bebemos en el día, aún queda en nuestro organismo al momento de irnos a dormir, y, lógicamente, eso también pesa.

Por todo, y aunque le cueste un gran sacrificio, prométase no volver a subir a una balanza nunca jamás.
Lo más lógico, correcto y preciso es que se mida. El día en que decida comenzar a cuidarse en su alimentación, anote en una hoja de papel, debajo de la fecha, el contorno de busto, cintura, cadera y muslo (siempre el de un mismo lado, ya que entre los dos suelen haber diferencias de hasta dos o tres centímetros, el más grueso es el del lado diestro -pues utilice ése como referencia-). También, si lo desea, puede controlar el perímetro de su abdomen, a la altura del ombligo, o el de otra parte de su cuerpo que decida.
Luego, con no mucha frecuencia, vuelva a medirse una mañana al levantarse (haga esto siempre sin ropas y utilizando la misma cinta métrica de costura que usó la primera vez), y anótelas, debajo de la nueva fecha, al lado de los números de la primera medición.

El “cada cuánto” realizar los controles es un gran dilema. Todos quieren volver a medirse al tercer o cuarto día de comenzar a cuidarse. Es una actitud comprensible... pero descorazonadora. Siempre digo que el adelgazamiento es como los árboles: si uno los mira muy seguido parece que nunca crecieran.
La frecuencia ideal es una vez al mes. Ese lapso tan aparentemente largo tiene ventajas. Una es que en un mes habrá suficiente diferencia como para notarlo muy fácil y felizmente.
Otra es que, lentamente, irá dejando de obsesionarse por “ver los resultados”. Si estamos muy pendientes de algo, los logros aparentan ser muy lentos. Si dejamos de pensar en ello, parece que ocurrieran con gran velocidad.

A medida que transcurren los meses vaya alargando el período entre medidas: al principio cada treinta días, más adelante cada cuarenta....después cada cincuenta, etc.

Cuando descubra que sus medidas dejan de modificarse durante un tiempo prudencial (digamos dos o tres meses) y está usted seguro de alimentarse correctamente, es muy probable que haya llegado a su delgadez. Me refiero a la que le corresponde según su sexo, edad, circunstancias, actividad física y herencia.
Recuerde aquello de menos medidas de las que le corresponden no lo sueñe. Más, no se lo permita.
Si a pesar de todo no está conforme con lo logrado (son muy escasos los que se muestran conformes), aún queda la chance de modificar uno de los cinco ítems que definen su delgadez: incrementar su actividad física, pero de eso hablaremos en el próximo capítulo.

Y si después de haber leído todo, desde el prólogo hasta aquí, decide que la balanza ha de ser el modo elegido para controlarse, lo lamento muchísimo.





14 noviembre, 2006

 

Entrega quince

Índice general del blog

El 100% de las mujeres esbeltas son delgadas, pero tan solo el 5% de las mujeres delgadas son esbeltas.


(en donde entenderá que el cambio en su estructura corporal no siempre se debe a los “imperdonables” pecados de la mala comida, sino a los imponderables diseños genéticos, al implacable paso del tiempo y a las cosas… que suceden)


Decimocuarta Hipótesis
LA SILUETA FEMENINA


Todas las encuestas que se han publicado más o menos dicen lo mismo: el 80% de las personas que consultan a un médico para adelgazar pertenecen al sexo femenino.
Y eso no es porque ochenta de cada cien gordos sean mujeres, sino porque ese es el porcentaje de todos los gordos que están, parecen o creen estarlo.

Porque ha de saber que todas las personas que nos consultan pueden ser divididas en tres grupos:

1– Las que realmente están gordas.

2– Las que parecen estarlo.

3– Las que creen que lo están sin que ni siquiera lo aparenten.

Las primeras son un verdadero desafío.
Las segundas, un problema.
Las terceras un drama.

Si hiciésemos una estadística con un gran número de casos, los resultados serían más o menos así:

PRIMER GRUPO (Personas realmente gordas):

50% mujeres, 50% varones.

SEGUNDO GRUPO (Parecen gordas pero no lo están):
95% mujeres, 5% varones.

TERCER GRUPO (Creen que están gordas sin siquiera aparentarlo):
99.9% mujeres, 0,1% varones.

Con respecto al primer grupo no creo necesario hacer ningún comentario.
El conflicto es con los del segundo y tercero

A mediados de 1992 me consultó una maestra de cuarenta y cinco años y madre de tres adolescentes.
Por supuesto venía “a adelgazar”, pero mi ya suficientemente afinado ojo clínico me decía que no estaba gorda en lo absoluto, cosa que le manifesté esperando una encarnizada defensa de su ”estado de gordura”. Pero la defensa no ocurrió.
Se quedó mirándome insegura de su apreciación, y paso a contarme la anécdota que despertó su “necesidad de adelgazar”.
El sábado anterior toda la familia se aprestaba para concurrir a una fiesta de casamiento. A la hora del baño, su hija lo hacía primero. Cuando terminó de ducharse se dio cuenta de que no había llevado su toallón, por lo que se lo pidió a mamá. Mi nueva paciente retiró uno del placard, y al alcanzárselo vio, como no lo hacía desde hacía muchos años, a su hija de veintiún años desnuda de cuerpo entero.
–¡Qué grande está, y qué hermoso cuerpo tiene!–, me dijo que pensó en ese momento.
Como el turno de ella era inminente, se encerró en su habitación, se desnudó, y al verse en el espejo no pudo más que comparar su cuerpo con la perfecta figura de su joven hija que había visto hacía algunos segundos.
–¡Qué gorda estoy...Tengo que hacer algo por mi figura!–, fue su primera reacción.

Cualquiera hubiese pensado que tenía razón. Ella también, a los veintiún años, lucía un cuerpo como el de su hija.
Pero ahora, a pesar de estar correctamente alimentada, según surgió luego de las preguntas de rigor, de hacer gimnasia y practicar tenis casi a diario, sus medidas perimétricas habían aumentado en “forma alarmante”, y la turgencia y lisura de la superficie corporal de su juventud, se habían transformado en una imagen para ella desoladora en donde la “celulitis” y las flaccideces aparecían por todos lados.

Innumerable cantidad de veces la consulta femenina es por motivos semejantes al que acabo de relatarle.
Todas creen que el engrosamiento corporal que les ocurre con el paso de los años no es más que el producto de una vil relajación en las pautas alimentarias. Pero eso no es lo grave: lo peor es que todos los médicos a quienes escuchan o leen, no hacen más que echarles en cara la culpa de “haberse permitido llegar a ese estado”, y les prometen que sin importar que edad tengan ni cuál sea la combinación genética que les ha dado origen, si siguen los consejos de cada publicidad o las indicaciones que dan tan “prestigiosos especialistas” en las revistas femeninas, en los programas televisivos dedicados a ellas o en la consulta privada, podrán volver a tener el cuerpo de una adolescente modelo de tapa (o tenerlo por primera vez, si nunca gozaron de un cuerpo así).

Pero todos: mujeres, médicos, empresarios farmacéuticos, publicistas y editores "se olvidan" de un pequeño detalle: LA GRASA SEXUAL FEMENINA.

Perdonémosle el olvido. Es más, supongamos que muchos de ellos ni siquiera tienen idea del tema, y pasemos a explicárselo, pero con una condición: después que lo sepan, por favor, ya no lo hagan más.

Los varones y las mujeres nos diferenciamos en muchas cosas.
Las cosas que nos hacen diferentes se denominan “caracteres sexuales”, de los que hay dos grupos: los primarios y los secundarios.
Los caracteres sexuales primarios son los genitales, por supuesto.
Los caracteres sexuales secundarios son los que hacen que una mujer tenga aspecto de mujer, y un varón de varón, a pesar de que tengan ocultos sus genitales.
La voz grave del hombre versus la más aguda de la mujer, por ejemplo. La barba de nosotros a diferencia de la tersa y lampiña cara femenina. Nuestra “nuez de Adán”; el “collar de Venus” (esa arruga que circunda la base del cuello de todas las mujeres), y la distinta distribución del bello corporal, son las diferencias más notorias al saber de todos.
Lo curioso es que nadie habla ni escribe sobre el carácter sexual secundario más interesante y atractivo que diferencia a ellas de nosotros: LA GRASA SEXUAL FEMENINA.

Todos los humanos normales estamos rodeados por una capa de grasa que está alojada en la parte más profunda de la piel de casi toda la superficie corporal (y también poseemos una buena cantidad de ella en nuestro interior).
Ese tejido adiposo normal tiene una rara particularidad: ES HORMONO–DEPENDIENTE. Depende de las hormonas sexuales (por eso la denominación de GRASA SEXUAL...), pero no de las masculinas, sino de las femeninas (de allí lo de ...SEXUAL FEMENINA).
Si paramos a una niña de, digamos, nueve años al lado de un varoncito de la misma edad, ambos sin ropas, de espaldas y con el cabello cortado igual, nadie podrá asegurar quién es ella ni quién es él.
Si hacemos lo mismo con dos adolescentes de diecisiete o dieciocho años, observaremos que las diferencias son tan notables que cualquiera dirá, con un ciento por ciento de seguridad, cuál es cuál.
Es la "grasa sexual femenina"* la responsable de la diferencia tan notoria en los aspectos físicos de damas y caballeros.



*La grasa sexual tiene una superficie muy irregular. Para nada es como la de un vidrio, en realidad se asemeja mucho más a la de una esponja. La piel que la recubre no tiene más remedio que copiar las irregularidades de su superficie. De allí la tan famosa, criticada y UNIVERSAL "piel de naranja" que TODAS las mujeres normales mayores de quince o dieciseis años muestran (es un modo de decir, en realidad "ocultan"). Pingüe negocio para los cosmetólogos que se afanan inventando cremas y técnicas para lograr que se deshagan de esa "anomalía", a la que, comunmente, se denomina celulitis.
A los varones no nos interesa, juro que no nos fijamos en esos detalles, nos parecen normales. Es solamente a sus portadoras a quienes molesta, y uno las entiende: están acostumbradas a ver en televisión y revistas a modelos que lucen muslos y nalgas con una lisura perfecta, y ellas han de pensar que si las modelos tienen cuerpos tan tersos, cualquiera pudiese tenerlo igual. Lo que no advierten es que la inmensa mayoría de las chicas de las pasarelas que se muestran de esa manera son nada más que adolescentes muy jóvenes maquilladas tan hábilmente que muestran el aspecto de muchachas de alrededor de veinticinco años. Muchas de ellas ni siquiera han comenzado a menstruar, y otras tantas hace no más de uno o dos años que se han "desarrollado", por lo que no han tenido tiempo aún de elaborar la suficiente cantidad de hormonas femeninas como para que su capa de grasa sexual se engrose de tal forma que su superficie sea irregular.
En casi tres décadas de observar y conversar con mujeres, jamás me he enterado de nadie que conozca a alguien que sepa de alguna que tenía "celulitis" y "se curó". ¿Conoce usted a alguna mujer tan afortunada?



Es esa grasa sexual la responsable de que las mujeres luzcan nalgas redondeadas, a diferencia de las más musculosas y menos suculentas de los varones. Es ella la causa de que las damas tengan eternamente frías las superficies de nalgas y muslos (su pareja le confirmará que tengo razón). Ocurre que la grasa sexual tiene el mismo poder aislante de la temperatura que el corcho (en realidad la "grasa de reserva" posee casi la misma característica), por lo que el calor de los músculos glúteos y el de los que conforman la anatomía de los muslos no llega en su totalidad a la piel de la zona, porque hay en medio una muy eficaz capa aislante.
Y es la responsable de que a cierta edad las mujeres luzcan el famoso "cuerpo de señora". Porque ha de saber que en realidad sí hay un cuerpo de señora. Cuando pensamos en "una señora", no se nos representa una veinteañera recién desposada, sino la imagen de una mujer que promedia su quinta década de vida y que es madre de tres o cuatro hijos. Ella ya ha menstruado unas trescientas cincuenta veces, y ha estado embarazada alrededor de tres años, sumando los períodos de todas sus gestaciones.
Todo eso significa que por su cuerpo ha pasado una enorme cantidad de hormonas sexuales. Y que al influjo de esa casi industrial cantidad de estrógenos y progesterona, la capa de grasa que a los nueve años (cuando sus ovarios prácticamente no funcionaban) tenía en sus nalgas un grosor de tres o cuatro milímetros, y no más de dos o tres en sus muslos –igual que el varoncito que hubiésemos puesto a su lado–, mida ahora, luego de semejante cantidad de hormonas elaboradas durante alrededor de treinta y tres años de actividad ovárica y decenas de meses de actividad placentaria (sin contar los anticonceptivos que pudiese haber consumido, o las hormonas sexuales que como terapéutica le pudiese haber prescripto su ginecólogo) alrededor de seis centímetros en su región glútea, cuatro a cinco de espesor en sus muslos, dos en la espalda, uno y medio en sus brazos y mamas, y de ocho a doce en su vientre.
Y todo, digámoslo otra vez, es normal y fisiológico. No es el resultado del pecado de gula, sino el de ser una hembra humana que ha estado preparada todos los meses para concebir, y que gracias a esa preparación ha podido dar vida a uno, dos, o tres o más nuevos seres humanos, lo que no es poca cosa.

Cuando le cuento esto a mis pacientes, todas protestan: "tener que menstruar todos los meses, engendrar y parir en varias oportunidades, y, encima, tener que soportar a la "antiestética grasa sexual..."
Mas la protesta baja los decibeles cuando les informo que sin grasa sexual no podrían menstruar ni parir, ni siquiera hablar y respirar. Vamos, que si las mujeres no gozaran del privilegio de estar rodeadas de tan magnífica protección, ni usted ni yo existiríamos. Es casi seguro.

La grasa sexual no es "un castigo de Dios", sino un formidable mecanismo de defensa que Él nos ha proporcionado a los humanos (igual que a todas las demás especies de animales vertebrados vivíparos). Y digo "nos" porque usted, mujer, "la soporta", PERO ES DE TODOS. Es una protección más para asegurar la perpetuación de las especies.
El cuerpo de la mujer, al igual que las de todas las demás hembras de la creación, está diseñado a la perfección para permitirle tener el privilegio de engendrar a nuestros descendientes. El Creador no ha olvidado nada. Hasta los más mínimos detalles están cuidadosamente planificados; todas las posibles contingencias están previstas.
Un embrión o un feto en el vientre de su madre soporta casi todo lo malo que pudiera ocurrirle, gracias a esa excelsa planificación. Aislado del resto del mundo (y hasta de su propia madre en muchos aspectos), tolera, por ejemplo, que su progenitora coma mal y mucho, o que no coma nada, durante mucho tiempo. Que sufra enfermedades y accidentes sin siquiera enterarse de que ella los ha padecido… Pero hay algo que no resistiría, algo que de ocurrir terminaría con su incipiente vida: que la temperatura interior de mamá baje a niveles de hipotermia. Es por eso que las mujeres han sido rodeadas por una capa de un óptimo material aislante de la temperatura, la poco famosa y para nada bien ponderada GRASA SEXUAL FEMENINA, para que si alguna vez, estando embarazadas, son obligadas por las circunstancias a exponerse a un frío muy intenso tengan tiempo de ir a buscar abrigo antes de que se les enfríe el medio interno y el hijo que están engendrando perezca.
Las mujeres, gracias a las propiedades de esa preciosa capa de grasa sexual, tienen el privilegio de ser más EUTERMICAS que los varones. Quiero decir que tienen muchísima más facilidad de mantener constante su temperatura interior sin importar demasiado la temperatura ambiente.
Es muy probable que alguna de nuestras antiguas ascendientes, mientras estaba embarazada, se haya enfrentado a la contingencia (un viaje accidentado, una acción de guerra o un desastre natural) de tener que pasar a la intemperie muchos días de crudo invierno. Si no hubiese estado rodeada de la térmica grasa, seguramente su hijo no hubiese nacido, y tampoco nosotros, por extensión.



Siempre me deleita pensar que es un verdadero milagro de coincidencias que pueda yo estar escribiendo esto y usted leyéndolo. Quiero decir: que ambos hayamos nacido. Que ninguno de nuestros ancestros haya muerto sin haber tenido la oportunidad de reproducir al que seguía en la línea de nuestros antecesores, que ninguno de nuestros ascendientes, millones y millones según veremos, haya muerto antes de procrear, y que todos hayan tenido capacidad y ocasión de hacerlo. Si tan solo uno de ellos hubiese faltado a la cita ni usted ni yo estaríamos hoy aquí. Para que tenga una pálida idea de cuántos nos han precedido, le comento que hace tan solo quinientos años vivían, seguramente la mayoría en Europa, Asia o Africa, los componentes de nuestra veinteava generación hacia atrás –a los que podríamos llamar, abusando un tanto del idioma, nuestros "dieciseisbistatarabuelos"–. Y no tiene usted la más remota idea, seguramente porque nunca se le ha ocurrido hacer el cálculo, de cuantos dieciseisbistatarabuelos ha tenido, pues sépalo: "UN MILLON CUARENTA Y OCHO MIL QUINIENTOS SETENTA Y SEIS". Y es así, como lo lee (saque las cuentas y verá: dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos…). Y si contamos a la inmensa cantidad de descendientes de esa formidable parentela, descubriremos que casi dos millones cien mil personas mezclaron sus genes en tan solo estos últimos quinientos años para que hoy estemos aquí, en este tiempo, con esta figura (me refiero a la que nos corresponde en relación a lo genético) y con este espíritu. Y estamos hablando de tan solo cinco centurias, que no son absolutamente nada si se piensa que hace más de cuarenta mil siglos que el hombre habita este planeta. Seguramente, de alguna manera, somos parientes.



Pero no solo para aislar a las mujeres de la baja temperatura ambiente sirve la grasa sexual, es también un estupendo acúmulo de seguras y excelentes reservas de energía por si, y a causa de una fuerza mayor, mientras transcurre la gestación tuviese alguna dificultad para obtener alimentos en forma cotidiana y suficiente.
En esos casos, en oportunidad de una hambruna, por ejemplo, el embarazo podrá seguir adelante gracias al banco de reservas que significa la formidable capa de grasas hormonodependientes.

Es muy probable que en estos momentos venga a su mente la imagen de esa amiga que ha tenido cuatro hijos y sigue manteniendo su cuerpo tan delgado como el día en que se casó hace veinticinco años.
Es cierto: mujeres así hay. No abundan, pero existen las suficientes como para que todos conozcamos a algunas.
Hay mujeres que a pesar de la edad y sin importar el número de hijos que hayan engendrado, siguen manteniendo las mismas medidas perimétricas que tenían al finalizar la segunda década de su vida. Y eso tiene una explicación. Habrá notado que, si conoce a más de una, todas se parecen en algo: son extremadamente magras. Es como si no tuviesen grasa debajo de la piel, y en realidad es eso lo que ocurre. Han nacido portando un error genético, como ya hemos visto. Carecen de la vital grasa sexual, y luego, también, de la capacidad de guardar grasas de reserva si llegasen a hiperconsumir (y la mayoría lo hace) hidratos de carbono.

En algunas otras el error genético es de otro tipo. Ellas padecen lo que los médicos llamamos LIPODISTROFIA, lo que quiere decir que en algunas partes de su cuerpo carecen de la tan bienhechora grasa hipodérmica. Comunmente son magras de la cintura hacia arriba, y normales o, generalmente, gruesas de la cintura hacia abajo (muy raramente la disposición es al revés), cosa que las hace estéticamente desafortunadas.

Por fin hay otras que tienen una grasa sexual más fina que lo usual, y al mismo tiempo una dificultad, por una discapacidad metabólica o genética que desconozco, para guardar grasas de reserva, lo que impide el engrosamiento normal de su panículo adiposo que ha de ser la consecuencia lógica del paso de los años.
Son esas mujeres "envidiables" que siendo ya abuelas ostentan un cuerpo "perfecto" apenas lo cuiden un poco, o más generalmente sin ningún cuidado especial. Muchas de ellas terminan dando consejos por televisión o en publicaciones femeninas, pretendiendo que crea que si usted los sigue logrará un cuerpo igual que el de ellas (y que si no lo logra es porque usted no es más que una estúpida inconstante).
Pero ellas son así, qué vamos a hacerle, no les preste atención.

Nunca podrá imaginar las discusiones que he tenido con tantas y tantas mujeres que parecen o creen estar gordas (o que habiendo adelgazado han puesto al descubierto un cuerpo no esbelto –que quizá ni siquiera lo fue ni en la etapa más esplendorosa de su juventud–, o, peor, esbelto pero que no les satisface, y siguen pensando que deberían "adelgazar otro poco").
Y ni le cuento cómo he discutido con las que parecen bastante gordas (que gracias a Dios no abundan), tratando de convencerlas de que son así, que ese es su cuerpo, que es el que les corresponde a causa de su mezcla genética, su edad, sus circunstancias y su actividad física. Que es el cuerpo que les ha tocado en suerte.
Les explico, las veces que haga falta, que si no han tenido la fortuna de tener un cuerpo agraciado, es seguro que alguna otra virtud han de poder mostrar como para que esa disarmonía corporal quede eclipsada. Que cuando una mujer llega a tener el cuerpo que le corresponde tiene el cuerpo OPTIMO para ella, y que, por definición, no se puede mejorar lo OPTIMO.
Que la seducción femenina jamás comienza por un cuerpo hermoso, sino por la simpatía, el sentido común, la cultura, la bondad, el humor, el espíritu de ayuda...Que dos ojos destellantes de picardía, inteligencia, comprensión y ternura, seguramente despertarán más pasión que el más contorneado cuerpo esbelto. Porque los que somos inteligentes sabemos que un cuerpo esbelto alguna vez dejará de serlo, pero que un par de ojos así jamás dejarán de reflejar lo que hoy reflejan.

Pero no hay caso: muy pocas veces logro convencerlas, y siguen (pobres mujeres) vagando de médico en médico, tratando de encontrar el que "dé en la tecla y solucione" el problema que las atormenta.



Sueño con que todos mis colegas que se dedican a orientar a las mujeres gordas (o a las que lo parece, o a las que creen que lo están) por los caminos de la delgadez, lean esta hipótesis (no pretendo todo el blog), y que luego de leerla recapaciten.
Que dejen de prometerles a las señoras, que si siguen sus consejos podrán lograr el cuerpo de "señoritas eternas". O a las señoritas de cuerpo grueso, no esbelto, que han de lograr la etérea esbeltez que nunca tuvieron, si siguen sus indicaciones.

Que tengan siempre presente que la armonía estética es el producto de una afortunada mezcla de genes, edad, actividad y circunstancias, nunca de la voluntad, el parecer ni la ciencia del más lúcido y dotado de los profesionales.





11 noviembre, 2006

 

Entrega catorce

Índice general del blog

(en donde, desgraciadamente, advertirá que ya nunca podrá usar esta expresión como excusa).



Decimotercera Hipótesis
LA FUERZA DE VOLUNTAD



Esa frase hecha ha de ser tan antigua como el mismo idioma.

Todo el mundo piensa que es la “voluntad” la hacedora de los logros humanos, ya que “un genio sin voluntad es un genio inope”.
La “voluntad” que tuvieron Andrés Vesalio y Luís Pasteur, por ejemplo, fue lo que se supone les permitió, contra todos los embates de sus adversarios científicos, romper, finalmente, con los dogmas anteriores. La voluntad escéptica, investigadora y aventurera de Charles Darwin, es la que, aparentemente, le permitió sobreponerse a sus detractores para legarnos el fantástico concepto evolucionista.
Pero eso también es falacia.
Ellos, y todos los demás que nos han hecho enorgullecer de ser parte de la raza humana, no obtuvieron nada gracias a su voluntad. Todo lo que gracias a su genialidad consiguieron fue a expensas de la necesidad: una poderosa necesidad interior que les permitió, luchando a brazo partido contra todos sus pares, lograr las cosas que nos legaron.

La “fuerza de voluntad” no es nada más, a mi modo de ver, que otro de los mitos del hombre.
Es un invento que nos permite justificar, sin mucho trabajo, nuestra imposibilidad de conseguir muchas de las cosas que nos proponemos, fuese cual fuese la causa de esa incapacidad de logros.
Es una expresión tranquilizadora, exculpante: –No logré, o no logro, lo que me propuse porque no tengo fuerza de voluntad– dice uno, y se siente excusado, comprendido, perdonado. ¿Habrá alguna persona que no haya sentido alguna vez que la ausencia de ella le impidió algún triunfo personal?
Desde que hace muchos años advertí de lo fútil de esa figura, me he preguntado qué necesidad hubo de crearla. ¿No sería más sincero y realista decir que a veces no logramos lo que queremos simplemente porque no tenemos necesidad real de conseguirlo? (–No obtuve lo que me hubiese gustado obtener porque, en el fondo, no lo necesitaba–).
Si la falta de necesidad reemplaza más cómoda y sinceramente a la “falta de fuerza de voluntad”, no entiendo cuál ha sido el motivo de crear esa fórmula.
No es más que un estúpido e improductivo modo de consolarnos.
Me parece muchísimo más sincero aducir un “no puedo”, o “no tengo ganas”, “no me animo”, “me da miedo”, o, simplemente, “no me parece necesario”.

Los humanos vivimos buscando excusas. Si no concurrimos a la cita inventamos una historia aceptable que justifique nuestra ausencia. Inútil gasto de energía imaginativa: para qué inventar situaciones muchas veces poco creíbles cuando es más fácil decir “me olvidé”, “me quedé dormido” o, simplemente, “no tuve ganas”(¿Quién nunca se olvido, se quedó dormido o no tuvo ganas de hacer algo?). Por qué cada uno de nosotros creemos que somos los únicos pecadores que ante tamañas confesiones quedaremos como energúmenos, si a todos nos pasa igual.


Todas estas disquisiciones no tienen por objetivo más que tratar de convencerlo de que quite de su mente (porque usted también, seguramente, lo ha creído) que es la falta de voluntad lo que le impide adelgazar.

Cuando utiliza esa excusa se siente, como el invidente que no puede leer porque no ve; o como el sordo que no puede aplaudir la sinfonía porque no escucha, automáticamente disculpado.
¿Cuál es la necesidad de disculparse?
Si aceptara valientemente que no hace nada para adelgazar porque no siente ninguna necesidad interior de hacerlo, ¿No le parece que podría caminar por la calle con la frente más alta? –¡Sí señor!...Estoy gordo...¡¿Y qué?!–
Eso es lo que pretendo de mis pacientes, que si no pueden lograr lo que aparentemente ansían, no busquen excusas baladíes. Que se enfrenten al mundo con la mejor de todas, con la más sincera, con la que no ha de tener posibilidad de réplica: “no soporto vivir sin el conflicto eclipsante de mi gordura”.
¿Quién podría recriminarle nada, si, como afirmaba aquella paciente veinteañera, ‘no ha de haber en el mundo nadie que no tenga algún conflicto eclipsante?.
Déjese de gastar energías inútilmente buscando excusas para disculparse ante todos o, peor, para disculparse ante usted mismo.
Si no puede hacer nada para mejorar su condición trate de que no empeore, pero asuma la situación tal cual es: obviamente no siente ninguna necesidad real de hacerlo. Tenga fe...Quizá más adelante...



Es el argumento de la “falta de fuerza de voluntad” el que da pié a muchos colegas con, digamos y sin querer ofender, pocos escrúpulos, para sostener su postura de utilizar “medicamentos que le ayuden a lograr su delgadez reemplazando a su ausente y famosa fuerza de...”, o con “fantásticas e incruentas cirugías” que harán que su fuerza de voluntad inexistente no sea un obstáculo para conseguir lo que anhela.

Ese es el peligro que encierra la doctrina de la fuerza de voluntad: el que cree carecer de ella, es proclive a caer en las tentadoras trampas de someterse a alguno de los métodos anorexígenos "que la reemplace”.

Si consiguiéramos cambiar en la mente de todos el falaz concepto de “falta de fuerza de voluntad” por el más racional, sincero y lógico “falta de necesidad”, dificulto que a alguien, por más inteligente y astuto que sea, se le ocurra inventar un artilugio que pretenda reemplazarla.

La necesidad es una de las pasiones irreemplazables, lo único que puede hacerla desaparecer es satisfacerla. Es imposible reemplazar su ausencia con algún fármaco, gracias a Dios... ni con ninguna sofisticada técnica quirúrgica.


Si no puede hacer nada por adelgazar, deje de torturarse. Si no puede hacer nada por mejorar su imagen deje de disculparse con el “es que no tengo fuerza de voluntad”.
Recuerde que el esfuerzo por mejorar ha de ser de usted, única y exclusivamente de usted. Si no tiene “real necesidad”, todo lo que intente será en vano.

La necesidad ha sido, es y será la promotora de todos los logros de la humanidad.
El crear el sentimiento de necesidad de adelgazar en el paciente que consulta, será la agotadora tarea del médico consultado. Pero, lo recalco, jamás ha de ser utilizado el terror para conseguirla.
Eso sería más iatrogénico que las mismísimas anfetaminas.

08 noviembre, 2006

 

Entrega trece

Índice general del blog

(en donde entenderá, con amargura, quizá el porqué de sus fracasos, o quizá por qué la meta siempre se hace aparentemente inalcanzable -aunque ostensiblemente “al detenerse” su gordura sea indiscutible-. Mas no ha de sentirse culpable, recuerde que en estos menesteres “la culpa” está absolutamente prohibida)




Duodécima Hipótesis
LOS NEFASTOS ANOREXIGENOS



–Quitar el hambre..... ¡Esa es la solución!–, dijeron hace mucho tiempo los médicos que dedicaban su saber a “combatir la obesidad”.
Claro, pensaban que los gordos lo estaban porque comían mucho, como vimos en la quinta Hipótesis, y como a los que concurrían a pedir su ayuda para “sanar” se les daba simplemente la recomendación de comer poco y ellos no podían cumplir con semejante prescripción por más empeño que pusiesen en el intento al no poder soportar el hambre durante el largo tiempo que durase el tratamiento, se llegó a la conclusión que el único modo de arribar a buen destino era buscar alguna forma para que dejaran de sufrirla.

Y se idearon muchas cosas.
A esos artilugios se los denominó anorexígenos. ‘Anorexia’ es palabra derivada del griego y quiere decir, literalmente, “falta de hambre” (pero se la usa solamente para definir la falta de hambre en las situaciones en que sería lógico sentir esa sensación). ‘Geno’ también deriva del griego y quiere decir “yo engendro”. Se denomina “anorexígeno”, pues, a cualquier elemento que quite el hambre, sin que sea alimento normal (los alimentos normales, si son suficientes, también quitan el hambre, pero a nadie se le ocurriría llamar “anorexígeno” a dos suculentos platos de paella).
Más adelante se usaron técnicas quirúrgicas para “ayudarlos a adelgazar”, y últimamente se han puesto de moda los “disuasivos”, aunque las técnicas quirúrgicas, por estos días, son “lo último de lo último”.
Comenzaremos a explicar el funcionamiento de cada sistema dejando para el final a las anfetaminas, ya que gracias a la observación metódica de los que las han consumido, creo haber descubierto una nueva acción indeseable de ellas (aunque como la expresión “indeseable” se torna algo exigua para este caso, a mis pacientes les parece mejor reemplazarla por las palabras “terrible” o “espantosa”. Ya se verá que, desgraciadamente, no están equivocados).


1– Los anorexígenos físicos (Las anfetaminas son “anorexígenos químicos”, ya lo conversaremos):
Si fuese cierto que uno engorda porque come mucho, la idea sería ingeniosa. El asunto era buscar alguna substancia “con bajo contenido calórico” (condición muy importante si en realidad fuese el exceso en la ingesta calórica la causa de la gordura) que al ser ingerida llenase el estómago hasta tal punto que llegado el momento de comer verdaderos nutrientes, con muy poco de ellos se consiguiera la saciedad. Se probaron muchos: algas marinas, metilcelulosa, derivados de la caseina...
Aquí en Argentina, el primer producto comercial de “gran impacto” que yo recuerdo haber conocido apareció a principios de la década de los 80. Era un preparado que lanzó un prestigioso Laboratorio de Productos Farmacéuticos. –Eso me desconcertó mucho: que un Laboratorio tan prestigioso se lanzara a una aventura comercial tan, a mi modo de ver, sin sentido-
El “elixir de la silueta perfecta” era un polvo saborizado con vainilla o con chocolate (hasta la posibilidad de elegir gustos le daban a uno) que se disolvía en agua y se bebía antes de las principales comidas. Eso llenaría el estómago, digamos y para hacer cuentas redondas, hasta la mitad, por lo que comiendo luego la mitad de lo acostumbrado, se sentiría uno satisfecho.
Obviamente no funcionó a pesar de que gastaron fortunas en publicitarlo. Los asesores del Laboratorio, es lo que imagino, no han de haberse percatado que la mayoría de los potenciales candidatos a consumir la pócima, no soportarían ver desaparecer su conflicto eclipsante, por lo que dejarían de hacerlo con alguna excusa (el precio de cada dosis, por ejemplo) a pesar de sus aparentes “mágicos resultados”.
Por esas épocas aparecieron galletitas (curiosamente saborizadas igual: vainilla o chocolate) que producían el mismo efecto.

A principios de los 90 un conocido dietólogo de Buenos Aires retomó la idea y salió a publicitarla por televisión y la prensa escrita. Pero él fue un poco más lejos, directamente aseguraba que su producto (mismas características: polvo soluble en agua con riquísimo sabor a... vainilla o chocolate. –Nunca pude explicarme por qué todos eligen esos dos gustos, si se les podría haber dado, qué se yo, el de queso parmesano, o el de jamón ahumado, por decir algunos que por lo menos a mi me gustan mucho–) aseguraba que su producto, decía, “reemplazaba a dos comidas diarias”. Sí señor, como lo lee: aconsejaba reemplazar dos comidas por una dosis del producto cada vez. ¿Qué entiende usted por “comida”?. Absolutamente todos los pacientes que encuesté sobre esto me contestaron –El almuerzo y la cena, por supuesto-
El producto contenía menos de veinte gramos de proteína por porción, según recuerdo rezaba en la etiqueta, por lo que los clientes que consumieran dos raciones al día, según se aconsejaba, tan solo ingerirían alrededor de treinta y cinco gramos diarios (no nos engañemos, las proteínas que uno consume en el desayuno y la merienda, o en cualquier otro momento “entre comidas”, son prácticamente ninguna). La Organización Mundial de la Salud (con la que no estoy en un ciento por ciento en desacuerdo, debo aclararlo) aconseja como dosis mínima setenta gramos de proteínas diarias. Yo opino que la ración cotidiana debe ser mayor, uno no puede saber qué capacidad de absorción de ella tiene el intestino de cada ser humano de acuerdo a la idiosincrasia de su fisiología digestiva o a la fuente de donde las extraiga según sus posibilidades o sus costumbres. Si su capacidad de asimilación fuese del setenta por ciento, y come tan solo setenta gramos, a su economía solo ingresarán cuarenta y nueve, y eso es totalmente insuficiente, especialmente si es alguien que está aún en la etapa de desarrollo corporal. De todas maneras el consumir mucha mayor cantidad de proteínas que las que uno necesite no es dañino en ningún aspecto. El organismo solo incorporará las que esté necesitando, o sepa que va a necesitar en lo inmediato. Pongámonos de acuerdo de una vez por todas: la naturaleza nos ha provisto con una maravillosa “computadora de aprovechar alimentos”, con una casi mágica “máquina de subsistir”. Es totalmente inútil perder el tiempo queriendo desafiarla en estas lides. Todo lo que nosotros descubramos, ella ya lo había inventado antes, lógicamente.
Cuando en un programa de radio, aquí en Rosario, por esas épocas yo critiqué el emprendimiento, alguien que telefónicamente se dio a conocer como un representante del Laboratorio que fabricaba y comercializaba el producto me amenazó, de muy mala manera, con hacerme juicio si yo no me retractaba (?). Seguramente todo no era más que una broma de un oyente ocioso, pensé luego, pero ¡Qué bien actuaba como un gerente de laboratorio que, se suponía, me hablaba desde Buenos Aires! (Lástima que entonces aún no disponíamos como ahora de identificadores de llamadas. Eso me hubiese sacado la duda.)
Pero tampoco el nuevo invento dio resultados. Eso es obvio, si no aún se seguiría vendiendo. Más cuánto dinero habrán recaudado durante el tiempo en que la gente gorda, esperanzada, lo consumió como “segura forma de resolver su conflicto”, según lo anunciaban los muy creíbles avisos de la televisión y de la prensa escrita. Siempre digo lo mismo: “Estafar la ilusión no tiene pena legal, pero tampoco ha de tener perdón humano”. En fin...

2– Los anorexígenos mecánicos:
Otro anorexígeno que se ideó hace unas décadas, creo que en Inglaterra, fue meter dentro del estómago del gordo, mediante una sonda nasogástrica, un balón fabricado con algún material plástico resistente a los jugos digestivos, que se inflaba más o menos según la “severidad de la gordura de quien requería el servicio”. Al ocupar una buena porción del volumen gástrico, el estómago se “llenaría” muy pronto con poco alimento. La idea era que cuando el paciente estuviese “delgado”, se desinflaba y extraía el artefacto, y luego el “ex gordo” debía cuidarse para no volver a...
La única contraindicación que tenía el método es que a veces el globo se desinflaba solo y seguía curso por el tracto digestivo, por lo que había que operar al “desafortunado” y quitárselo de su intestino delgado, pero los porcentajes de esos eventos eran tan bajos que lo hacían “un método muy seguro”, según “la experiencia” de sus creadores. Para evitar esos desastres a alguien se le ocurrió llenar el balón con agua y azul de metileno, en lugar de con aire. De esa forma, si el balón se “pinchaba”, el portador comenzaría a orinar color azul, lo que era un inequívoco aviso del accidente, por lo que debía concurrir en forma urgente a la clínica para que se lo quitasen inmediatamente. Lo que se les pasó por alto es que un balón lleno con uno o dos litros de agua pesa uno o dos kilos, y que si apoyamos durante una o dos horas semejante peso en una de las paredes del estómago (en los momentos de sueño, por ejemplo) estamos impidiendo la circulación en la zona de apoyo, por lo que se producirá primero un infarto y luego una úlcera sangrante que puede llevar a la muerte a quien la padezca, como ya ha ocurrido, desgraciadamente.
¿Qué pasaba cuando le quitaban el balón al que ya había “adelgazado”?. No sé qué contestar, jamás encontré ninguna estadística que hablara al respecto. Es que estamos tan lejos de Europa…

3– Los anorexígenos quirúrgicos:
Los cirujanos también tomaron parte en estos problemas.
Ultimamente se ha puesto de moda en todo el mundo (“se ha puesto de moda” es una manera de decir: el tratamiento cuesta alrededor de quince mil dólares) operar a pacientes muy gordos (o a cualquiera que lo desee si puede pagar esa suma), mediante ‘técnicas muy poco invasivas’, para colocarles una especie de cinturón alrededor del estómago, con lo que este adquiere la forma de un reloj de arena. Cuando se come, se llena muy rápidamente la división superior, que es la más pequeña, y el operado se siente ahíto con muy poco alimento y deja de comer. Cuando enflaquecen lo suficiente se los reopera, se les saca la banda plástica que dividía en dos a su estómago durante todo el proceso, y luego él..... Ellos también imaginaron que si excluían una buena porción de intestino delgado mediante una muy ingeniosa técnica quirúrgica, al producirse de allí en adelante una gran dificultad en la absorción de nutrientes durante el resto de sus vidas, los que se sometieran a la experiencia no tendrían más remedio que “adelgazar”. Pero sobre esto, aunque imagino sus consecuencias, no puedo opinar, porque jamás he sabido de nadie que se haya sometido a semejante mutilación por lo menos más allá de cinco años (de hace poco tiempo sé de varios).

Pido perdón por todas las ironías, pero ante estas “soluciones que brinda la ciencia”, lo menos que puedo hacer es ironizar.

4– Los anorexígenos por disuación:
Hace poco tiempo han arribado al mercado los productos disuasivos.
Para el tratamiento del alcoholismo hace muchos años se empleó esa estrategia. Se les daba a tomar comprimidos de una droga llamada disulfirán, y mientras ella aún estaba en el cuerpo, si se bebía alcohol se producía una reacción tan terriblemente torturante que, se pensaba ingenuamente, los disuadiría de beber para siempre.
Todo terminaba cuando ellos descubrían que era la mezcla disulfirán–alcohol la causante de semejante reacción. ¿Qué hacían, entonces?: dejaban de tomar el comprimido y seguían, plácidamente, consumiendo alcohol.
Algunos farmacólogos idearon substancias que una vez ingeridas atrapan las grasas que se han consumido (cosa que desde el punto de vista de pretender adelgazarlos a partir de la inhibición en la absorción de ellas, es totalmente inoperante y antifisiológico, como ya vimos, en los herbívoros no estrictos, como somos nosotros). Si se consume un poco más que nada de grasas, se producen diarreas cataclísmicas. Habrán pensado entonces, igual que antes con el disulfirán, que tan invalidante diarrea haría que los gordos, por temor a padecerla, “dejarían de comer mucho” y “adelgazarían”. (Vuelvo a pedir disculpas por el abuso de las comillas, pero ¿Qué haría usted en mi lugar?).
¿Qué hacen los gordos que se atreven a consumir esos productos?...Lo mismo que los alcohólicos: dejan de consumirlos y ¡A otra cosa!
Otra vez: cuánto dinero han de ganar los laboratorios que comercializan esos mejunjes hasta que los consumidores adviertan que no les sirven para nada.

5– Los anorexígenos que vendrán (o los que sin ser anorexígenos prometan igual un adelgazamiento “envidiable”):
No sé qué van a inventar, pero algo diferente se les ha de ocurrir. Los gordos tienen una gran tendencia a pretender pagar con dinero la falsa culpa que sienten por haber engordado, y son muchos los que quieren recaudar, no importa cómo, parte de él (es por eso que todos estos raros productos son tan caros: -cuanto más pago, más rápido me deshago de mi culpa-)
Dios lo salve de los “fármacos antigordura” por venir.

6.– Los anorexígenos químicos:
Estos productos se hicieron populares en el mercado farmacéutico hace algo más de medio siglo, y son el ejemplo más perfecto de la iatrogenia. Los anorexígenos químicos son la negación total y absoluta de aquel hermoso y milenario consejo a los médicos: “primum non nocere” (primero no hacer daño).
Son fármacos que actúan a nivel del sistema nervioso central, más precisamente en una vital región de él que se denomina hipotálamo. Los investigadores que estudian el tema aún no se han puesto de acuerdo sobre su modo de funcionar. Algunos sostienen que deprimen el centro del hambre, otros aseguran que lo que logran es estimular el centro de la saciedad, y hay algunos que no están de acuerdo con estas hipótesis: G. W. Thorn, en Harrison, dice “...Los pacientes experimentan una sensación de bienestar al ingerir estos fármacos, y se cree que la disminución del apetito es consecuencia de la distracción” (sic).
Sea el que fuese el modo de actuar, lo cierto es que los efectos indeseables de las anfetaminas son realmente alarmantes. El pluralizar esa palabra se debe a que los derivados del primitivo sulfato de anfetamina son varios, pero con los mismos efectos más o menos pronunciados. Esos derivados se fueron ensayando tratando de minimizar, en cada compuesto nuevo, los efectos indeseables, o por lo menos algunos de ellos, del fármaco que le precedía en la línea de investigación.
Pero son todos lo mismo.
Los más drásticos, conocidos y usados aún en la actualidad son: fenmetracina, dextroanfetamina, mefentermina y dietilpropión. Además existen otros, como el mazindol y otros, que sin ser de la familia de los anteriores, se transforman, seguramente al pasar por el hígado, en compuestos de acciones, y contraindicaciones, similares.
El gravísimo peligro de utilizar cualquiera de estos productos está en los efectos secundarios que poseen (yo siempre he sostenido que las anfetaminas son los únicos raros fármacos cuyos efectos son todos secundarios). Los TRASTORNOS TOXICOS que producen SIEMPRE, son a nivel de los sistemas nervioso central, cardiovascular y digestivo.
Hay muchísimos para enumerar, pero si lo hiciera me sentiría usando el orden por el terror, y aunque me muero de ganas no debo. Aunque más no fuese en tan solo este tema, iría contra mis actualizados principios (ya lo hice en mi tercer trabajo “Adelgace para siempre”, y hoy me siento arrepentido de haberlo hecho).
Lo único que he de aconsejarle es que si con el objeto de adelgazar está tomando algún medicamento que disminuye sus sensaciones de hambre, le hace sentir un poco más que bien (eufórico, locuaz, verborrágico, incansable), si un día al no tomarlo, por cualquier motivo, se siente hecho una piltrafa, aunque quien se lo recetó le jure que no contiene anfetaminas, sí las contiene, o algún precursor de ellas, o algún producto de efectos adversos similares, por lo que debe, ya, ahora, arrojarlo a la basura. Y si mañana siente unos irrefrenables deseos de revolver los desperdicios para sacar de alguno de los frasquitos que tiró –por hoy solamente, por esta única vez, un solo comprimidito más y basta–, vaya corriendo a la consulta de un Psiquiatra a pedir su ayuda, está usted atravesando una verdadera emergencia. Se lo aseguro.

Es muy probable que ya las haya consumido en varias oportunidades, y siempre que se lo propuso las dejó de tomar. En realidad he visto a mucha gente que ha logrado hacer eso, pero cuando lea lo que sigue, seguramente sí las va a tirar, pero esta vez al inodoro.

Así como le contaba en la Hipótesis anterior que desde hace muchos años calificamos a muchos de los pacientes como “pacientes problema”, había muchos otros que presentaban otro trastorno tan incomprensible para nosotros que ni siquiera se nos ocurría una denominación para referirnos a ellos. Quizá “pacientes enigma” sea una calificación que los identifique perfectamente.

Me refiero a personas que haciendo las cosas muy bien, llegado un momento se detenían en un punto (que ostensiblemente no era el de su delgadez), y por mejor que se portaran dejaban de adelgazar.
No tenían forma de engañarnos, o de engañarse inconscientemente a si mismos, o de cometer errores, sin que lo advirtiéramos, ya que el análisis de cetonuria que le efectuábamos en cada visita siempre daba resultados correctos. Pero a pesar de eso no había avances.
Siempre nos conformábamos con la tranquilizadora hipótesis del “estancamiento temporario” que observamos en todos los pacientes, sin excepciones. Efectivamente, hasta los más exitosos atraviesan etapas más o menos largas sin notar resultados a pesar de seguir nuestros consejos al pié de la letra, como lo hacen siempre ellos. Luego, misteriosamente vuelven a otro período de desengorde hasta que, nuevamente, otra vez a frenarse por un tiempo, y así hasta el final (a este tan universal fenómeno aún no le he encontrado ninguna explicación lógica, no he logrado imaginar ninguna hipótesis que pudiera explicarlo).
Como era algo usual, la evidencia nos decía que el proceso seguía su curso normal a pesar de los odiosos períodos en donde todo quedaba igual por algunas semanas. Hasta llegó a servirme de argumento para advertir a todos los que hacen algún tipo de tratamiento non sancto, que si en su proceso de adelgazamiento no se presentan estas etapas de detención es que no están adelgazando, sino enflaqueciendo.
Pero en los “pacientes enigma” (no se me ocurre otro eufemismo para referirme a ellos) las cosas eran desconcertantes. Sus períodos de estancamiento, al hacerse tan largos, los descorazonaban de tal forma que dejaban de visitarnos (obviamente pensarían que el “método” que le proponíamos no daba resultado en ellos). La lógica del proceso del adelgazamiento fisiológico se veía trastocada: si una persona tiene grasas de reserva, lo que equivale a decir que tienen acumuladas energías por si su fuente de hidratos de carbono exógena escasea, al escasear en esta oportunidad de consumir muy poco de ellos, debería echar mano a sus depósitos, por lo que el tejido adiposo tendría que ir disminuyendo de grosor con lo que el adelgazamiento sería la consecuencia lógica.
Pero este hecho en ellos no ocurría. Se comportaban tal como las personas delgadas (las que no tienen excesos en sus depósitos), a las que se les restringe la ingesta de carbohidratos por otros motivos: diabetes, dislipidemias, problemas digestivos, etc. Ellos también presentan cetonas en orina, aunque sus medidas y su peso no desciendan.
Las cetonas, en este caso, son el producto de transformar en glucosa a las grasas y proteínas de la ingesta, ya que al carecer de grasa propia no pueden sacar glucosa de éstas (recuerde que ese sería el mecanismo más económico).

Pero aquellos enigmáticos pacientes sí tenían, era evidente, grasas de reserva, entonces ¿por qué no recurrían a ella ante la carencia en la ingesta?, ¿por qué sus organismos elegían el camino más caro: extraerla de los lípidos y proteínas que formaban parte de su alimentación cotidiana teniendo al alcance de la mano tan económica fuente?
Realmente era un enigma.

Todo comenzó a aclararse, curiosamente también a fines de l998.
Como el tema es tan difícil de exponer, por esta única vez hablaré de peso para que pueda entenderlo mejor, o para que no se me haga tan dificultoso el explicárselo.
Hilda M., me consultó por primera vez en l995. Estaba muy gorda. Para que tenga una idea de su gordura le comento que su estatura es un poco menor que la media para una mujer, y que pesaba 95 Kg. en su primera consulta. Me relató que había consumido siempre anfetaminas, desde los principios de su adolescencia y hasta hacía unas semanas atrás.
Comenzó a seguir mis indicaciones y los resultados eran buenos (es una paciente excelente) hasta que llegó a pesar 88 Kg. Allí se “estancó”. A pesar de seguir haciendo muy bien las cosas dejó de progresar. Le expliqué que era normal que eso ocurriera, pero luego de cuatro o cinco semanas más, abrumada por este inesperado “fracaso”, dejó de concurrir.
A los pocos meses volvió resignada, pero esta vez con 98 kilos a cuesta.
Nuevamente llegó sin problemas a los 88, y al volver a estancarse otra vez abandonó el intento.
A fines de 1996 retornó, pero esta vez pesando algo más de 100 kilogramos. Tuvimos una larga charla, escuchó mi “teoría de los dos capitanes” y accedió a someterse a los que yo le indicara sin pretender transformarse, alguna vez, en el segundo capitán.
En abril de 1997 ya había logrado sus famosos e históricos 88 Kg., que eran el límite y causa de sus anteriores abandonos
Le anticipé que comenzaría, seguramente, su “etapa de estancamiento”, por lo que debería armarse de paciencia hasta que esta terminara. Habíamos convenido, a instancias de ella, que concurriría a la consulta todos los viernes, ya que si dejaba de hacerlo, sostenía, no tenía confianza en su capacidad de seguir respetando las reglas de alimentación impuestas.
Cuando llegamos a mediados de 1998, su peso seguía siempre oscilando alrededor de los infranqueables 88.
–¿Hasta cuándo estaré estancada?–, me preguntó, mostrando una gran resignación. Yo no sabía que responderle, era para mi inédito que lo estuviese durante tanto tiempo, especialmente cuando su contracción a cuidarse era tanta (las cetonurias siempre de cuatro o cinco cruces me lo demostraban), y porque no tenía experiencia en que alguien que fuese tan “obediente” permaneciera concurriendo por tanto tiempo a pesar de no obtener resultados (por lo menos en lo referente al peso) -Esta última aclaración es muy importante. Cuando un paciente enigma, que aparte de su gordura padece diabetes, o alteraciones de los valores de sus lípidos en sangre o algún problema digestivo, al llegar al “peso tope” que las anfetaminas le han predestinado, si siguen cuidándose notamos que su diabetes, o su hipercolesterolemia, sus elevadas cifras de triglicéridos o sus trastornos digestivos, siguen mejorando mes a mes. Estos problemas, según lo conversamos en la octava Hipótesis, no tienen nada que ver con la gordura en sí misma-
Un viernes en que llovía a mares por lo que los pacientes que la sucedían estaban ausentes, tuvimos mucho tiempo para conversar de tan espinoso tema.
–No sé que pasa, Hilda, su orina demuestra que está elaborando glucosa, pero como su grasa no disminuye de volumen, no sé de donde la está consiguiendo.–
–Es mi destino, doctor, el 88 es mi número.....–
–¿Qué quiere usted decir con eso de “el 88 es mi número”?–
–Es que desde los catorce años siempre me permití llegar solamente hasta ese peso. Cuando lo alcanzaba recurría a algún médico que me daba anfetaminas, bajaba hasta sesenta y las dejaba de tomar. Luego volvía a engordar, y cuando llegaba nuevamente a los 88 consultaba con otro que volvía a recetármelas. Y así hasta algunas semanas antes de consultarlo por primera vez hace tres años–
La charla continuó en ese tenor, y yo estaba cada vez más alarmado por las ideas que venían a mi cabeza: ¿No será que estos malditos fármacos ejercen una acción tal que después de consumirlos durante un tiempo bloquean de alguna manera la capacidad que tienen las células grasas (adipocitos) de entregarlas cuando la ingesta de carbohidratos se restringe, como es lo normal y fisiológico?
Se lo comenté, y su esperado expresión fue: –¡No, por Dios! ¡Ojalá se equivoque!–.
Yo también pensé lo mismo. ¡Dios quiera que esta idea mía no sea más que una errónea interpretación de la evidencia!
Luego que nos despedimos hasta la próxima semana vinieron a mi mente los nombres de seis o siete “pacientes enigma”, mi secretaria, recordó el de otros tantos.

Ella buscó sus fichas y en todas encontramos los temidos factores comunes: habían consumido anfetaminas, y llegado un momento, lejano a su delgadez, se habían “estancado”.
Como los datos anotados en cada ficha nos eran muy escuetos e imprecisos, decidí llamar por teléfono a cada una (todas eran mujeres). Logré comunicarme con once, y para mi espanto todas me comentaron lo mismo: que alguna vez (o varias veces) habían tomado anfetaminas al llegar a un peso igual al en que, misteriosamente, se habían detenido en su proceso de adelgazamiento fisiológico cuando me consultaban.
Comencé a profundizar el interrogatorio a los pacientes que concurrían por esas épocas a mi consultorio (inclusive a muchos varones), y que habían consumido esos productos.
Cuando en total había encuestado a más de sesenta, tan solo una mujer estaba logrando menos peso que el que alguna vez tenía cuando se la prescribieron.
Con el correr de los meses iba aumentando el número de casos. Cuando llegamos a alrededor de ciento quince, tan solo tres pesaban menos que cuando empezaron a consumirlas. El resto se detenía en el peso que tenían en aquella desgraciada oportunidad en que algún profesional les dio algún producto “para ayudarlas a soportar el hambre”.
Consulté con anatomopatólogos y farmacólogos y nadie supo cómo explicarme el fenómeno.

HIPOTESIS PROVISORIA QUE NACE DE TODA LA EVIDENCIA:
Los que han consumido anfetaminas o similares por no menos de cuatro meses (no importa si lo hicieron en forma continuada, o discontinuada pero que en total sume ese lapso como mínimo. Es como si el efecto fuese acumulativo) tienen un altísimo porcentaje de probabilidad de que el peso mínimo a alcanzar, si utilizan un modo fisiológico de lograrlo, nunca será inferior al peso máximo que tenían cuando comenzaron a consumir esos nefastos fármacos.

Claro que si se someten a una alimentación muy carenciada bajarán de ese ahora peso mínimo posible, pero eso no ha de ser a causa de perder su grasa (que es lo único que los transforma en gordos), sino a una importante pérdida de masa muscular, volumen visceral, etc., tal como le explicaba en la quinta Hipótesis. Pérdida que ha de ser forzosamente transitoria ya que la precaria condición de salud que consigan por, literalmente, morirse de hambre durante un largo tiempo, les obligará a alimentarse en forma más correcta, por lo que recuperarán el volumen de su masa muscular y el de todo lo demás, con lo que su estado volverá a ser el del principio.

Es por todo esto que mis pacientes denominan “terrible” o “espantosa” a esta posible acción indeseable del consumo de anorexígenos químicos.
Ruego a Dios que esto no sea más que una desgraciada casualidad, que no sea más que un error de mi apreciación.

Hilda sigue viniendo a mi consulta cada viernes. Sigue en sus por ahora inamovibles 88 kilos, ambos tenemos esperanzas de que después de tanto insistir, el metabolismo de sus adipocitos se normalice. Sería fantástico.



¿Se da usted cuenta, también ahora, por qué tomé como lema aquellas palabras de Poincarè?. ¿De por qué le avisé en el prólogo que algunas cosas que iba a leer no iban a gustarle?

Si consumió esos fármacos, si ya no puede bajar más que el peso que tenía cuando se los prescribieron, esta podría ser una explicación de tan odioso fenómeno.
Cuando en la segunda Hipótesis definí a una persona delgada le decía que es aquella que mide (busto, cintura, cadera, muslos...) lo que le corresponde de acuerdo a su sexo, edad, actividad física, cultura, herencia y circunstancias. Y entre estas últimas estaba la de haber consumido o no anfetaminas. Si le ocurrió, y ya no baja más por más bien que se porte en su “correcto y fisiológico modo de alimentarse”, es muy probable que esta sea su nueva delgadez. Lo siento mucho. Hilda y yo tenemos la esperanza de que al insistir, todo se resuelva con el tiempo.
No haga nada disparatado por querer forzar este nuevo equilibrio, porque si lo fuerza mucho puede llegar a romperlo. Mas recuerde que si se abandona, las malditas anfetaminas no impiden, desgraciadamente, que sus células adiposas se sigan cargando con más de las traumatizantes grasas de reserva.

Si conoce a alguien que está a punto de consumir estos productos, o que hace poco comenzó con ellos, use todo el poder de convicción del que disponga para lograr que no los adopte, o que los abandone, según sea el caso. Si todos hicieran eso, en algunas generaciones los gordos de entonces por lo menos estarán liberados de esta pesadilla.
Cuando en la década de los cincuenta estalló el terrible problema de la talidomida, hizo falta sacrificar a parte de una generación para que dejara de usarse tan espantoso medicamento. Ahora, los efectos, aparentemente, no son tan desgraciados como los de aquella droga, pero cuántas generaciones harán falta para librar de sus efectos a los gordos del futuro.


Siempre me he preguntado, y lo invito a que usted se lo pregunte: Los médicos que recetan anfetaminas ¿Se las indicarán a su padre o a su madre, a su esposa, a sus hijos o a sus nietos si alguno de ellos está gordo? ¿Las consumirán ellos mismos si la gordura es su conflicto?

05 noviembre, 2006

 

Entrega doce

Índice general del blog

(si estás gordo podrás transformarte en “delgado para siempre” tan solo si entre tus dones figuran el de la paciencia y la perseverancia. Poseerlos te garantiza que son muchos los métodos que han de darte resultado. Pero si aparte gozas del don de la picardía, sabrás elegir, con total seguridad, el que tenga más sentido común.
Si no posees ninguno de los tres, deja de preocuparte: Dios te pondrá por delante otras metas que sí podrás lograr. Pon tu mente y tus esfuerzos en ellas, y deja de lado ese horrible sentimiento de culpa que te tortura.
Convéncete de que la vida sigue siendo bella… a pesar de no ser delgado ni esbelto).



Undécima Hipótesis
EL “PACIENTE PROBLEMA”



Cuando hace más o menos un año decidí que era el momento de escribir este libro, hice, como creo que lo hacemos todos, un esquema de los capítulos que lo conformarían.
El número de ellos, a los que al final me pareció más correcto y tranquilizador denominar HIPOTESIS, era mayor que el de mis trabajos anteriores.
Y en la lista había uno que, desde el principio, tuve intenciones de no escribir (ESTE).
Lo anoté “por las dudas”, por si alguna vez me animaba a hacerlo.
Lo consulté con un gran número de mis pacientes y con colegas que no se dedican a estos menesteres; lo discutimos a fondo con muchos de ellos, y la encuesta dio que sí, que a pesar de todo, costara lo que costara, debía incluirse.
El pensar que en algún momento debería hacerlo, fue la causa principal que me obligó a advertir en el prólogo:
“Ha de leer en esta obra muchos conceptos que no van a gustarle.
Estoy seguro de que muchos sentirán una primera sensación de enojo cuando lean ciertas cosas que en ella están anotadas...”
. Y la reflexión, ahora mi lema, de Henri Poincarè, sobre lo cruel de la verdad y lo consolador del engaño.

Desde hace muchos años acarreo un problema ético–intelectual. Miles de mis pacientes, en general extremadamente gordos, que lo estaban desde su infancia o desde hacía muchos años, fracasaban en la empresa de adelgazar a pesar de que ni el hambre ni la falta de variedad eran, esta vez, la excusa para el abandono.
A medida que discutíamos cada caso en particular con aquellos dos colegas de antaño, se fue forjando una expresión para referirnos a ellos: “Los pacientes problema”.
Desengordaban poco o mucho, y en el mejor de los momentos, en la etapa más interesante de sus progresos, nos abandonaban.

El famoso “ojo clínico” se va agudizando con la experiencia cotidiana, con la evidencia de todos los días, y a medida que pasaba el tiempo el nuestro lo hacía de tal manera que podíamos adivinar con mucha certeza durante cuánto tiempo habrían de seguir concurriendo a la consulta cada uno de los que lograban esa calificación.
Podíamos valorar nuestro día a día perfeccionado “ojo clínico” en base al porcentaje de aciertos en esas predicciones, que iban aumentando mes a mes, año a año.
Llegó un momento en que después de los primeros treinta o cuarenta minutos de transcurrida la primera entrevista, ya estábamos en condiciones de predecir que nuestro paciente problema seguiría visitándonos no más, ejemplo, de uno o dos meses; muchas veces “sabíamos” que ni siquiera vendrían al primer control, a pesar de mostrarse, inclusive, muy entusiasmados con la propuesta.
Muchas más veces, después de la segunda o tercera visita estábamos seguros de que ya no habría una próxima. Y, desgraciadamente, casi nunca nos equivocábamos.
Lo más curioso y desconcertante era que nuestras predicciones se hacían más exactas cuanto más rápido desengordaban.
En los principios no entendíamos nada.
¿Por qué nos abandonan más rápido cuanto más rápidamente bajan?
¿Por qué siguen consultándonos más tiempo cuando su proceso de adelgazamiento es más lento?
Debería ser al revés, el sentido común decía que tendría que ocurrir todo lo contrario de lo que en realidad sucedía: quien desengordara rápido permanecería más tiempo con nosotros, estaría conforme, se sentiría feliz con los buenos logros; quien lo hiciera muy lentamente se agotaría, se aburriría, se desilusionaría y acudiría en busca de algo “más efectivo”.
Pero la realidad, con todas sus paradójicas contradicciones, era tal cual como se la he relatado.

La primera hipótesis que se me ocurrió, y con la que todos estuvieron de acuerdo, para explicar tan desconcertantes actitudes, fue la de la “crisis de identidad”.
Suponía, aún sostengo esa idea y cada vez con mayor convicción, que notar en el espejo las rápidas modificaciones que iban sucediendo en su estética, les producía una crisis de identidad tal que, inconscientemente, les “obligaba” a abandonar el intento.
Los parangonábamos con los adolescentes. En el momento de la literal explosión del desarrollo que ocurre en esas edades, ellos se sienten desconcertados por tan ostensibles cambios. Ven modificar su cuerpo y su manera de pensar con tanta velocidad que, al no poder adaptarse a cada cambio, porque cuando lo están logrando sobreviene otro que vuelve a desconcertarlos, podría uno decir que enloquecen un poquito.
Por eso los médicos, que somos para algunas cosas relativamente pragmáticos, a esas alteraciones de la conducta y el humor, tan estereotipadas y universales en todos los que atraviesan esa etapa de la vida, le llamamos “locuela”. Y los psicólogos, que están mejor preparados que nosotros para ese tipo de conflictos, la llaman “crisis de identidad”. Es cierto: es su identidad la que está en crisis; una crisis producida por los cambios corporales y mentales que se hacen tan evidentes a causa de la rapidez con la que ocurren, que no pueden asimilarlos, y eso los enajena.
Los psicólogos tienen toda la razón.

Mas los adolescentes no tienen más remedio que soportarla.
Con el correr de los años los cambios se van haciendo cada vez más lentos, y llega un punto, una etapa, en que se desaceleran tanto que llegan a hacerse imperceptibles. En breve tiempo se adaptan a esta nueva y aparentemente “verdadera y definitiva” personalidad, con lo que la crisis se resuelve. Han llegado, por fin, a la “edad del juicio”.
Ellos no pueden hacer nada para evitar los cambios de su juventud. Este es un real conflicto del segundo tipo, y no tienen más remedio que adaptarse a él. La dificultad en lograr una adaptación a un nuevo cambio cuando aún no habían logrado hacerlo con el cambio anterior es la que provoca la famosa crisis.

Pero los gordos que adelgazan, si entran en “crisis de identidad” no están obligados a soportarla irremediablemente hasta que aflore su personalidad definitiva; muchos deciden (ellos pueden hacerlo y no los adolescentes) detenerse en un determinado momento de su cambio y permanecer allí todo el tiempo que lo deseen (o durante todo el tiempo que lo soporten). O pueden, es lo más usual, volver al principio: a la personalidad que sentían que tenían antes de comenzado el proceso de adelgazamiento, y con la cual “estaban tan protegidos” (errónea, falsamente protegidos... pero se sentían así: protegidos).

Por todo esto es que anoté, al comenzar esta HIPOTESIS, que desde hace mucho llevo conmigo un problema ético–intelectual.

Etico:
Porque cada vez que viene a consultarme alguien al que mi ojo clínico cree catalogar en pocos minutos como “paciente problema”, al sospechar que no logrará más que otra frustración en más o menos breve tiempo, siento que de alguna forma yo seré cómplice de esa frustración. El está lleno de anhelos y yo pretendiendo ayudarlo, de todo corazón y poniendo en la empresa todo lo que en estos años he aprendido, toda la paciencia con que Dios me ha dotado (que es mucha, juro que es mucha, mis pacientes son testigos), intuyo que no podremos encontrar una solución definitiva.
¿No estamos perdiendo el tiempo ambos?
Pero para él es peor, porque aparte de su ilusión está invirtiendo dinero en el intento, dinero que si los resultados son negativos viene uno a advertir que podría haber sido utilizado para algo más productivo, o por lo menos para cosas no tan decepcionantes. Y no acaba de meterse en mi cabeza que sea del todo ético percibir dinero por un trabajo que, de antemano, sospecho que no ha de solucionar el problema por el que vino a buscar mi consejo.

Intelectual:
Porque a pesar de mi mucha o poca inteligencia y de las sí muchas oportunidades que he tenido para aprender a utilizarla en estas situaciones (me refiero a la enorme cantidad de “pacientes problema” que han venido a pedir mi auxilio) no consigo arribar a la solución final del conflicto que perturba a tantos (en realidad no debiera sentirme tan contrariado, al fin en todo el mundo nadie ha encontrado aún esa solución, y como van las cosas...).
Mas no se sienta usted mal, siga leyendo, no está todo dicho. (no viene mucho al caso, pero tengo necesidad de contarle que he caído en la conclusión que las personas brillantes no son “las inteligentes”, sino aquellas que saben aprovechar al máximo la mucha o poca inteligencia con la que están dotados. El éxito en la vida de los humanos surge de una ecuación: inteligencia multiplicada por la capacidad de saber utilizarla. Si se es muy dotado y se tiene poca capacidad de saber usar las dotes, se ha de tener menos éxito que el que alcanzan aquellos que tienen poca inteligencia pero gran capacidad para saber aprovecharla al máximo.)
La situación es extremadamente compleja, difícil, pero no imposible de solucionar. Ya lo verá, mas lamento anticiparle que todo ha de depender exclusivamente de usted.

A fines de octubre de 1998, concurrió a mi consulta un hombre muy gordo, joven y, según la charla preliminar, una persona, que aparte de muy culta y extremadamente inteligente, mostraba, a mi modesto juicio, todos los francos indicios de saber utilizar óptimamente la inteligencia que Dios le dio.


La charla comenzó distendida, y como él también al igual que la muchacha de la que le hablaba en la sexta Hipótesis, era el último paciente de la noche, teníamos por delante todo el tiempo del mundo para enlazarnos en cualquier tema.
Desde que nació el concepto “pacientes problema”, en mi interior surgió un eufemismo calificatorio, una idea casi obsesiva que siempre quería apartar de mi mente: la de los “gordos intratables”.


Era obsesiva porque estaba seguro de que si alguna vez me animara a decírselo a alguien a quien mi buen sentido tipificara como tal, mi conflicto ético–intelectual comenzaría a resolverse.
Obviamente presuponía que no se lo podría decir a cualquier paciente, no a cualquiera puede uno decirle: –Usted es un gordo intratable... Nadie puede hacer nada por usted... Yo no puedo hacer nada por usted.

El receptor, por lo menos el de la primera vez que intentara semejante comentario, debería ser una persona muy especial: joven, con capacidad de diálogo (y por eso con la aptitud de escuchar), y, por sobre todo, que demostrara tener un sentido común, un pragmatismo tal como para soportar semejante opinión sin salir disparado del consultorio.
La persona que tenía enfrente, esa, para mi, memorable noche, mi ojo clínico me lo decía, reunía todas las condiciones como para afrontar la experiencia con esperanzas.
Ese era el día, ese era el paciente, ese era el momento de liberar mi conciencia de aquel formidable conflicto.

Y se lo dije.

Después de una amena charla sobre los pormenores de nuestras identidades, después de un silencio en donde un cúmulo de ideas llenaron mi cerebro, haciéndome sentir como aquel que por primera vez va a zambullirse en las aguas de un mar helado y no se decide a dar el salto, se lo dije.
No recuerdo textualmente las palabras que usé, nótese que estaba obnubilado por el temor a semejante actitud, pero ahora me suena que fueron más o menos así:
–Es usted un gordo intratable... Yo no puedo hacer nada para ayudarlo... Nadie puede hacer nada...
Me sentí exactamente igual que si me hubiese arrojado a aquel mar helado: ya estaba en el agua, ahora había que sobrevivir a la situación.

A este comentario se sucedió otro silencio que para mi duró horas, pero que en realidad fue de no más de algunos segundos.
Su expresión distendida del principio cambió, se acomodó en la silla, hizo mohines (todo eso mientras yo me preguntaba –¡Por Dios, ¿qué hice?!–).

A partir de ese momento se suscitó una charla que duró un poco más de dos horas. Siempre me lamenté de no contar con algún aparatejo que me hubiese posibilitado grabar esa conversación. Creo que es irrepetible.
Todo giraba en torno al hecho de que yo no me resignaba simplemente a ponerle un mote, una calificación, a los pacientes de su tipo. Que tampoco me resignaba a que entre los miles de pacientes “intratables” que en todos estos años habían concurrido a consultarme, no hubiese ni siquiera uno que hubiese podido llegar a la meta que soñaba (o, por lo menos, acercarse a ella). Y le aseguro, querido lector, que he ensayado todas las tácticas imaginables (por lo menos todas las que yo pudiese haber imaginado).
Intenté todo tipo de abordaje dialéctico. Ideé docenas de parábolas y metáforas para tratar que cada uno me entendiera mejor
Pero no había resultados.
La única solución que veía posible era la de una vez por todas poner sobre la mesa el nudo del intríngulis, la piedra angular de sus anteriores, actuales y futuros fracasos: enfrentarlo a la verdad. Era una actitud heroica, pero cruel y turbadora. No imaginaba otra forma mejor que involucrar al paciente en la búsqueda y el hallazgo de una solución para él. Que deje de sentir de una buena vez que simplemente todo lo que necesita es que algún médico le enseñe la fórmula mágica para alimentarse, y se pase la vida buscando a quien pueda ofrecerle esa fórmula. Que ni remotamente crea que la encontrará viniendo a mi consulta.
Que algo más debíamos hacer. Que entre él y yo debíamos planear una estrategia para solucionar el problema que le había motivado a pedir mi auxilio, y que si al fin lo lográbamos habríamos hallado el modo de ayudar a miles como él.
Se me ocurrió, y se lo comenté, que como primera medida debería escuchar mi vieja “teoría de los dos capitanes”, que dice más o menos así:

“Cuando el mar se encuentra en calma chicha, el barco puede ser piloteado, sin ningún inconveniente, por el último de los polizones. Pero si la nave se enfrenta con un violento temporal y tiene dos capitanes: se hunde”.

Esta parábola que uso muy a menudo para muchas circunstancias de mi vida, de la de los que me rodean, y de las de mis pacientes, surtió un agradable efecto.
El planteo era simple:
–“Imagine que está usted no en un consultorio médico, sino en el puente de un barco cuyo destino es transportarlo al país de los delgados. Sabiendo que la travesía estará signada por terribles temporales, si uno de los dos no toma el mando absoluto, si el navío es conducido por ambos con el mismo grado de autoridad, jamás llegaremos a puerto: o nos hundiremos o deberemos emprender el regreso mucho antes de arribar a la meta.”–

La idea era que si no se sometía a un verticalismo absoluto no arribaríamos jamás a un final feliz.
Yo dirigiría la nave y él no sería más que un subordinado que acataría todas mis indicaciones sin siquiera opinar (salvo que yo pidiera su opinión). Actitud muy tiránica, lo reconozco, pero la única que creía podría funcionar en estos tan complejos casos.

Sería yo el que decidiera si los logros alcanzados en cada control fuesen correctos o no.
El no debería preguntarme –¿Cuánto bajé?–, sino –¿Cómo voy?–. Si yo le contestara –¡Va usted muy bien!– él debería aceptar mi opinión. Como también debería aceptarla si le comentara que va muy mal, aunque él pensara lo contrario. Por ejemplo: si bajase mucho en poco tiempo yo le diría que la cosa no está bien (por aquello de la “crisis de identidad”, cosa de la que también hablamos), y él, a pesar de ponerse contento por creer que está logrando rápidamente lo que se había propuesto, aceptaría mi opinión, y mi recomendación de ingerir algún tipo de alimento extra que frenara su veloz “adelgazamiento” con el objeto de evitarle entrar en crisis.

Le comenté mi parecer sobre el erróneo e improductivo uso del lenguaje: él “vino a adelgazar”, y yo le expliqué que esa meta significaba para él una utopía (usando esa palabra en la más negativa de las acepciones).
Adelgazar, transformarse en delgado a partir de semejante gordura, era una meta tan lejana que, estaba seguro, podía jurárselo, después de unos meses, pensando que aún faltaría tantísimo tiempo para conseguirla, le haría desistir del intento (tal como le comentaba más arriba ha ocurrido con los otros de igual condición).

Mi planteo fue que usáramos el otro término: desengordar. La estrategia era introducirlo en una primera etapa de “desengorde”. Luego de lograda, comenzar una especie de “período de mantenimiento” que duraría el tiempo necesario como para que se adaptara a las nueva personalidad que le devolvía el espejo. (Todo el mundo tiene dos personalidades: las que todos advierten en uno, y la que uno piensa de sí mismo. Si uno le pregunta a Juan sobre la personalidad de Luís, Juan comentará que es simpático, alegre, gran amigo, fiel esposo, celoso padre, no muy alto y gordo.
Si se le preguntara a Luís sobre su personalidad, invariablemente contestaría: “soy” gordo, creo que alegre, fiel esposo...
Cuando uno inquiere a alguien sobre la personalidad de otro, la descripción siempre comienza por el contenido y termina con el “envase”.
Cuando se le pregunta a un gordo sobre su personalidad invariablemente comenzará describiendo el envase, y recién después hablará del contenido -muchas veces su autovaloración termina luego de describir el envase-.
Esa actitud es absolutamente lógica. Uno tiene la más acabada conciencia de sí mismo a través de la imagen. Y la imagen que le devuelven el espejo y las vidrieras a cada momento, es la de un señor gordo...que internamente es buen amigo, celoso padre...)

Luego de su adaptación, iniciar otro período igual al anterior (desengordar otro poco y volver al mantenimiento para otra nueva adaptación). Y así sucesivamente hasta lograr la meta anhelada por ambos.
Le advertí que todo el proceso no podría durar menos de cinco años. Y lo aceptó.
Me contó de sus fracasos anteriores.
Le puse en evidencia que él tan solo conocía profundamente a un solo gordo (él mismo), pero que yo sabía de las intimidades de miles. Le aconsejé que aprovechara mi experiencia, que “se dejara llevar”. Y también aceptó.
El pacto se cerró cuando me dijo:
–De acuerdo, ...usted sabe de esto mucho más que yo, ...haré lo que me diga, ...me dejaré llevar. Será usted quien capitanee esta nave.

Temí durante toda la semana que ya no regresara. Mi temor era lógico, jamás le había pintado a ninguno de mis pacientes su realidad en forma tan descarnada, máxime que todo fue dicho en la primera consulta y tan solo algunos pocos momentos después de conocernos. Pero el jueves siguiente estaba allí, a la hora en que habíamos acordado.
–¿Cómo voy?–, me preguntó después de realizar los controles de rutina: estaba cumpliendo con lo pactado.
Siguió concurriendo a todas las citas puntualmente. Todo marchaba muy bien. Nos hicimos amigos.

Pero al sexto mes, sin aviso previo, dejó de venir. Como no era su costumbre ese tipo de ausencia, me alarmé y le pedí a mi secretaria que le llamase por teléfono. La excusa que esgrimió era totalmente comprensible y hasta disculpaba el que ni siquiera nos hubiese comunicado su imposibilidad de concurrir: había enfermado de parotiditis que le había contagiado uno de sus hijos. Cuando el médico que lo trataba le diera el alta, retornaría a las consultas.
Pero no vino más.
Muchos meses después me habló pidiendo un nuevo turno. Me puso muy feliz su decisión de retomar el tratamiento. Pero tampoco concurrió esa vez, y no nos hemos vuelto a ver.

Durante más o menos seis meses había concurrido con la frecuencia acordada (es muy raro que un paciente de su condición permanezca cuidándose correctamente durante tanto tiempo, máxime cuando los logros alcanzados eran tan notorios, según lo conversamos algunas páginas atrás).
Como por esos tiempos creía que la estrategia estaba dando resultados, me entusiasmé y comencé a utilizarla con otros de características similares, aunque no me animé a hacerlo con más de ocho o nueve de ellos.

Tarde o temprano todos dejaron de venir.
Algunos retornaron varios meses después; las excusas que me daban por haber abandonado el primer intento a veces eran valederas, y otras veces muy peregrinas. Pero siempre, también, volvieron a claudicar.
Siempre siguieron el mismo paradójico patrón: desaparecían más rápidamente cuanto con más velocidad desengordaban. Pero lo más malo fue que nadie, por más que lo hubiese prometido, dejó de actuar como “el otro capitán”. Siempre opinaban a favor o en contra de lo que iban logrando, y peor, actuaban en consecuencia según ellos lo decidían. Ninguno se subordinó totalmente a mis directivas por más laxas y alentadoras que estas fuesen (a pesar de haber hecho, con todos, aparentemente sólidos pactos).

Lo único positivo es que de todos los que pude averiguar, ninguno se embarcó después en “otro intento diferente”, y menos con nada que pudiese tildarse de “mágico”.
Algo he conseguido: quizá ya no desengorden más, pero tengo fe (quiero tener fe) que ya nadie los podrá estafar con alguna “propuesta milagrosa”. Seguramente en todos ellos quedo la idea, cosa que de ser cierta me haría muy feliz, de hacer las cosas bien o no hacer nada...hasta que decidan intentar otra vez lo que ahora, seguramente, consideran que es lo correcto.



Quizá usted se identifique con este tipo tan especial de gordos.
Si lo hace, seguramente no ha de sentirse muy bien a estas alturas.
Tal vez se pregunte cuál es el espíritu que encierra el escribir todas estas cosas.
Cuando algunas veces cavilaba cobre cómo darle forma a esta hipótesis, mi pensamiento dejaba de funcionar, automáticamente, cada vez que pretendía imaginar cómo darle fin.
Es voz popular que no es difícil montar a un tigre, lo realmente peligroso es apearse de él. Me siento como si estuviera en los lomos de la fiera y que ha llegado el momento de bajarme, cosa que en realidad me atemoriza.

Lo haré dándole algunos consejos y poniendo en claro algunas cosas.

Si está usted muy gordo y lo ha estado por mucho tiempo, si nunca ha conseguido más que frustraciones cada vez que ha querido cambiar su condición. Si se siente íntimamente desilusionado, sin esperanzas de encontrar alguna solución:
* Como primera medida trate ya de no engordar más, de no seguir aumentando su gordura.
* Convénzase que en realidad, como le explicaba en la octava Hipótesis, no es tan malo estar gordo.
* Mejore su modo de alimentarse. (Se lo explicaré en la decimoquinta Hipótesis.)
* Si alguna vez siente la imperiosa necesidad de consumir algo engordante porque en su vida ha aparecido un nuevo conflicto, o porque se ha agravado alguno preexistente, consúmalo sin culpas, pero antes de hacerlo tómese unos minutos para razonar: –“En qué me beneficia engordar un poco más”–. Si no encuentra la respuesta, luego de comer lo que le apetecía, tómese otros minutos (esta vez un poco más de tiempo) para volver a razonar: “¿Qué gano haciendo todo lo posible para aumentar mi ‘conflicto eclipsante’, si el nuevo, o el agravamiento del anterior, por más que esté eclipsado sigue existiendo.”
* Cambie ahora su manera de referirse al problema. Habrá notado que siempre que usé el verbo ser lo puse entre comillas (“soy” gordo). También recordará que pedí perdón por abusar de los encomillados y que más adelante le explicaría el por qué de ese abuso.
Ahora es el momento de comunicarle el motivo por el cual destaqué siempre esa palabra.
Todos usamos el verbo ser cuando nos referimos a cosas que tienen que ver con la identidad: “soy médico”, “soy argentino”, “soy padre”...Lo usamos cuando la condición que explicitamos con él es permanente (siempre seré médico, argentino y padre, por ejemplo).
El verbo estar, al que nunca encomillé, lo utilizamos para lo que es transitorio, para lo que dejará, tarde o temprano, de suceder: “estoy cansado”, “estoy confundido”, “estoy alegre”. Esas expresiones tienen en nuestra mente un concepto implícito de transitoriedad.
En Medicina, igual que en el lenguaje cotidiano, usamos “ser” para cuando algún trastorno de la salud, o algún conflicto, acompañará para siempre a quien lo padezca: “es insuficiente cardíaco”, “es hipertenso”, “es celíaco”... Y el “estar” para cuando sabemos que el problema que aqueja a alguien, forzosamente ha de ser transitorio, pasajero: “está deprimido”, “está resfriado”, “está contracturado”...
Nadie dice “soy engripado”, como tampoco “estoy diabético”. Todos saben que la gripe ha de pasar; y que la diabetes quedará para siempre, aunque se la domine, se la estabilice, aunque las cifras de glucosa en sangre se logren mantener acotadas toda la vida. El portador de ese padecimiento dice “soy diabético” porque en realidad lo es y lo será por siempre, es ahora, de alguna forma, parte de su identidad.
Los gordos, curiosamente, usan los verbos al revés. “Soy gordo”, dicen, como si estuviesen resignados a la perpetuidad de su estado. Y cuando logran adelgazar: “estoy delgado”, porque en su interior, inconscientemente, están seguros de que el logro obtenido, irremediablemente para su pesar, ha de ser transitorio (intuyen de alguna forma que más adelante volverán a “ser gordos”).
Cambie ya mismo su modo de expresarse. No diga nunca más –“soy gordo”–, califíquese con el “estoy”. Si se equivoca en la charla, corríjase inmediatamente:
–Soy gordo... ¡No!, quiero decir: estoy gordo–. Esta tan simple actitud, cuando se hace hábito, suele producir muy interesantes beneficios.
* No busque soluciones mágicas. Si no se hace uso del sentido común nada resulta, y “resultar”, en estos casos, significa únicamente perpetuar los logros alcanzados. Entonces:
* Métase en la cabeza que lo que usted “necesita” no es adelgazar, sino no volver a engordar nunca más después de haber adelgazado (o, aunque más no sea, después de haber desengordado).
* No se deje engañar por las publicidades que muy hábilmente realizadas se basan, tan solo, en la rapidez de los resultados de algún método. ¿Qué pretende?, ¿Entrar en una furibunda crisis de identidad, no soportarla, volver a engordar y embarcarse en otra torturante frustración? (Ya vimos que el proceso de adelgazamiento tiene tiempos máximos de progreso que nadie puede acelerar con métodos lógicos, racionales, exceptuando el aumento del gasto energético, con ejercicios o caminatas.)
* Si alguna vez concurre a algún médico que le inspire confianza, cuya propuesta le atrae por lo lógica, por el sentido común que muestra, “déjese llevar”, no pretenda ser un segundo capitán. No llegará a puerto si decide cogobernar la travesía.
* Si se siente identificado como alguien que utiliza su gordura como un “conflicto eclipsante”, no trate de resolver usted solo su incapacidad de adaptarse a los conflictos del segundo tipo. Pida ayuda a alguien especializado, un psicólogo por ejemplo, planteándole su problema así, simple y llanamente: “No sé adaptarme a vivir con los conflictos de mi vida cuyas causas desencadenantes no pueden ser eliminadas. Quiero que me diga si puede usted ayudarme, entrenarme, para que pueda adaptarme a convivir con ellos y así resolverlos”.
* Jamás se compare con otras personas de su entorno. Así como no es para nada gratificante y consolador que su hermano esté más gordo que usted, no ha de ser peyorativo que su amiga esté más delgada (en realidad “menos gorda”), o que quizá sea delgada.
* Si decide cuidar su alimentación NO SE LO CUENTE A NADIE. Por lo menos a las personas que pueda evitar contárselo, no se lo diga.
* Esto va a parecerle muy absurdo: TRATE DE DISIMULAR LOS LOGROS QUE VA OBTENIENDO, usando ropas que le ajusten, por ejemplo. Eso evitará comentarios como –¡Qué delgada estas...!– que aunque resulten muy halagadores, no son más que formidables puntapiés a su inconsciente. Porque a estas alturas ya se habrá convencido que es él, su inconsciente, el verdadero dueño de su grasa.
La mayoría de las veces en que un gordo acude en busca de ayuda a algún profesional, no es porque su inconsciente “lo envía”, sino porque, simplemente, “lo deja ir”, él sabe que lo que logre no ha de durarle mucho. Contra “semejante enemigo” es que hay que luchar. Perdóneseme la crudeza de todos estos comentarios, pero no estoy exponiendo más que la evidencia. Es la verdad, usted sabe que es la verdad.....y la verdad muchas veces es cruel (por eso el éxito del engaño).
* El más importante de los consejos: JAMAS TOME NINGUN MEDICAMENTO QUE TENGA POR OBJETO QUITAR EL HAMBRE. En la próxima entrega le contaré algo con respecto a las anfetaminas (esos son los medicamentos que producen tan deleznable efecto) que seguramente hará, eso espero, que jamás decida consumirlas, ni le permita a nadie que ame que lo haga. Y si ya las ha consumido habrá de espantarlo. Pero, qué quiere que yo haga: sabemos que cruel es a menudo la verdad...
* Y el último: siga leyendo, por favor no abandone aquí este blog. Vuelvo a pedirle: téngame paciencia, vuelvo a asegurarle: verá como al final nos hacemos amigos.

¿Se ha dado cuenta que hay muchas cosas que puede hacer usted por usted?

Siempre le digo a mis pacientes que estoy de acuerdo conque la gordura es mala, pero que estoy convencido de que lo malo de ella no está en sí misma, sino en que obliga a quienes la llevan a someterse a torturantes tratamientos, la mayoría de los cuales son mucho más nefastos que la propia gordura; y que ninguno ha de tener un resultado feliz si previamente no está preparado para el cambio.

01 noviembre, 2006

 

Entrega once

Índice general del blog

(los niños padecen un conflicto: creen que la niñez dura para siempre.
Los adolescentes padecen un conflicto, ellos también creen que la adolescencia dura para siempre.
Los adultos padecemos un gravísimo conflicto: creemos que siempre fuimos adultos).


Décima Hipótesis
LA GORDURA EN LA ADOLESCENCIA



He notado que para muchos de mis colegas la palabra gordo es poco elegante, y, si vamos al origen etimológico de ella, tienen razón.
Ese ha de ser otro de los motivos por el que casi invariablemente utilizan como su sinónimo obeso, que como ya hemos visto tiene una historia gramatical para nada peyorativa.
Ocurre con estos términos exactamente lo mismo que con las palabras viejo y anciano. Es más elegante anotar en un tratado, en cualquier publicación que hable de la gente mayor, el vocablo “anciano”, pero curiosamente, “viejo”, que es palabra más basta, tiene en el fondo un sentimiento de cariño, de amor, de intimidad. Así nos referimos a nuestros padres (aunque sean muy jóvenes). Así llamamos afectuosamente a nuestros abuelos. Usan esa palabra, o algún diminutivo, para llamarse con amor entre sí los esposos o los amigos.
Pero el adjetivo “anciano”, a pesar de ser más elegante y refinado, de tener un aparente significado de gran respeto, a sus destinatarios les suena extremadamente hiriente. Pregúntesele a cualquiera de ellos cómo les cae el que se los denomine así, y se verá que tengo razón (muchas veces anciano es utilizado también como el superlativo de viejo).
Igualmente, la palabra “gordo” es más coloquial y también está por todo el mundo asociada al trato afectuoso. Es muy usual que amigos, parientes, novios o esposos se nombren así unos a otros, aunque el cuerpo de ninguno ni siquiera muestre la menor apariencia de gordura. Es decididamente una palabra de uso íntimo, igual que “viejo”.
“Obeso”, igual que “anciano”, tiene una connotación altamente ofensiva.

Para la ciencia y por ende para la cultura popular, ya lo hemos visto, “obesidad” generalmente es el superlativo de “gordura”, por lo que si en estos tiempos es malo estar gordo, “ser” obeso es peor.
Cuántas veces he escuchado en mis consultas comentarios como este:
–¡Qué voy a estar gordo!...........¡¡¡Soy OBESO!!!–.
Realmente me disgusta mucho esa especie de autoflagelación, pero los entiendo. Se sienten tan culpables de haber llegado a estar gordos, que declararse, denominarse –¡¡¡OBESO!!!– es una especie de autocastigo por el “error” cometido.
Es por eso que de la boca de mis pacientes añosos (recuerde que soy Geriatra) jamás, ahora que lo pienso, he escuchado: –¡Qué voy a estar viejo!............¡¡¡Soy ANCIANO!!!–. Claro, simple, comprensible: no sienten ninguna culpa por haber vivido mucho. Por eso es más ofensivo para ellos “anciano”, que para los muy gordos “obeso”. Los gordos a quienes se los llama así han de pensar, resignadamente: –¡Me lo merezco!

Por todo lo que ha leído desde el Prólogo hasta aquí, creo que si tiene usted algún sentimiento de culpa por su gordura, este ha de estar diluyéndose. Cuando llegue al fin del libro, tengo fe, estoy seguro, habrá desaparecido (es lo que anhelo).


Así como le contaba en la hipótesis anterior que estoy en contra de adjetivar a los niños gordos, aún a los extremadamente gordos, como “obesos” –espero haberlo convencido de por qué tengo razón de oponerme al uso de ese término–, me ocurre lo mismo con los adolescentes que tienen ese problema, mas esta vez no estoy “radicalmente” en contra. El adolescente tiene ya mejor estructurada su psiquis como para utilizar algún mecanismo de defensa (la gordura, por ejemplo), con algo más de efectividad que los niños.
Aparte, los adolescentes, especialmente los que están en la segunda mitad de esa maravillosa etapa de la vida, tienen legítima capacidad de decisión para muchas cosas: comer lo que quieran, podría ser una, sin necesidad de que nadie les ofrezca o sin siquiera pensar que algún mayor podría prohibírselo. Cuando uno tiene esas edades ya ha ganado mucha libertad. Sigue siendo un subordinado en muchos aspectos, pero ya se siente auténticamente libre para un sinnúmero de otros. Comer lo que se le antoje es uno de ellos, como hemos visto.

Para casi todos, la palabra “adolescente” es un derivado de adolecer. Pero eso no es más que el resultado de una trampa del idioma.
Adoleciente y adolescente son parónimos, pero tan solo de forma y sonido, no tienen nada que ver desde el punto de vista etimológico.

Adoleciente es el que sufre una dolencia, palabra que, lógicamente, deriva de doler, que proviene del latín dolére

Adolescente es quien transcurre la adolescencia. Literalmente: etapa de la vida que sucede a la niñez y termina cuando el cuerpo llega al fin de su desarrollo.
La palabra aparece por primera vez a principios de la Edad Moderna, y fue tomada del latín adolescens ‘hombre joven’, participio activo de adolescére ‘crecer’.

Mas es cierto que los adolescentes adolecen de muchas cosas: crisis de identidad; falta de experiencia de vida; desorden en la fijación de los límites que les impiden vivir en forma totalmente satisfactoria su gregariedad; inmadurez psíquica..., y de muchas cosas más que les duelen, pero que se irán resolviendo con el tiempo, con el transcurrir de los años. Aquel chascarrillo: “La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”, siempre me ha parecido de lo más ingenioso. Todos la hemos padecido , y todos nos lamentamos de habernos curado.
A pesar de todo adolescente no es más que un parónimo de adoleciente.

Es, casualmente, su forzosa inmadurez psíquica la que impide tipificarlos de obesos, aún estando muy gordos. A pesar de que su ya interesante desarrollo psicológico les permita utilizar su gordura, aunque tibiamente, como un endeble mecanismo de defensa.
Propongo que los llamemos pre–obesos (simplemente porque son pre–adultos).


Los adolescentes pueden estar gordos desde su infancia o haber adquirido su gordura en el transcurso de la adolescencia.
Si llegan al comienzo de ella delgados, habiendo transcurrido toda su infancia o mucho tiempo de la última parte de su niñez en esa condición, y es en esa segunda etapa de la vida cuando comienzan a engordar, tenemos que actuar rápidamente, ni bien notemos los primeros cambios, en ese sentido, de su estructura corporal.
Por definición, si estuvieron delgados hasta hace poco tiempo, su nueva gordura se debe, por lo menos eso ocurre en la mayoría de ellos, a los cambios en su actividad física, en sus hábitos alimentarios, o en ambos. Por lo tanto no son más que “gordos accidentales”. Y ellos, los gordos accidentales son, siempre, 100 % recuperables con solo reeducación alimentaria.
El comenzar los estudios secundarios, que ahora les insumirán mucho más tiempo que el que les demandaba el colegio primario, quizá los obligue a abandonar los deportes o a disminuir en forma muy importante el tiempo que dedicaban a su práctica. El menor consumo de energía de este cambio tan brusco de actividades, muy pocas veces se acompaña de una disminución acorde de la ingesta de alimentos energéticos (carbohidratos). En general siguen manteniendo la misma cuota diaria que antes, por eso ahora, ya lo conversamos, si tienen mayor o menor tendencia a acumular reservas (cosa que le recalco, es fisiológica y normal) comenzarán a aumentar el grosor de su tejido graso.
El forzoso cambio de su cotidiano estilo de alimentación: alteración de los acostumbrados ritmos de comidas con una obligada modificación en la calidad de ellos, debido a los cambios de horarios o a la necesidad de comer ahora, por ejemplo, todos los mediodías fuera de casa, son una frecuente causa del desbalance. Si llegaron hasta aquí siendo delgados es porque, obviamente, su consumo de nutrientes estaba bien balanceado. Y cada vez que se cambia la combinación de los alimentos cotidianos, la tendencia hace que se inclinen hacia los que contienen una mayor cantidad de hidratos de carbono: porque son más baratos, se ingieren sin la necesidad de sentarse a una mesa y en cualquier momento, y son, todos lo sabemos, muchísimo más fáciles de conseguir en cualquier lugar.


Creo que este es el momento de aclarar una confusión universal: comer no es lo mismo que alimentarse. Comer es ingerir cualquier cosa que nos permita sentirnos saciados; aquí, es muy importante aclararlo, no importa si la necesidad surge del hambre o del apetito. Alimentarse es incorporar los elementos químicos, plásticos y energéticos que necesitamos para vivir en salud (esta necesidad solo se manifiesta con la sensación de hambre. Aunque, debo reconocerlo, a veces es muy difícil discernir si lo que sentimos es hambre o tan solo apetito).


Otro factor a tener en cuenta en estos casos, es muy importante: los chicos entran en la adolescencia al mismo tiempo que lo hacen, con decisiones propias, en el mercado de consumo.
Cuando niños, dependen de las decisiones de los encargados de su crianza para obtener el permiso de consumir servicios, elementos de uso, vestimenta y alimentos.
Ahora, ya más liberados, han adquirido la facultad de decidir, por sus propios medios, la posibilidad de obtener casi cualquiera de esos elementos, y es en el rubro alimentación en donde esa facultad puede desarrollarse más plenamente.
Los usos y tendencias en esa rama del mercado se ven muy influenciados en los jóvenes (muchísimo más que en los adultos, por supuesto) por los mensajes publicitarios, muy inteligentemente planificados, que los tienen como los destinatarios principales de su consumo.
Los refrescos con grandes cantidades de azúcar, las comidas rápidas y la inmensa cantidad de golosinas que vemos publicitadas por todos los medios (fundamentalmente en la televisión a la que la mayoría de ellos son adictos) les va creando la idea de que el consumo de todas esas cosas es una actitud progresista, por lo que se sienten casi obligados a consumirlas. Y como, realmente, todas son muy agradables al paladar, se aficionan a ellas rápida y tenazmente.

El último de los factores, seguramente el más trágico, es el que la vida los obligue a enfrentarse a circunstancias altamente traumatizantes.
Muchas veces sus destinos les ponen por delante, en una época en donde la lógica dice que todo ha de ser dicha y felicidad, situaciones extremadamente dolorosas, todos conflictos del segundo tipo que los obligan, a pesar de su aún no madura psiquis, a “embrollarse” en un conflicto que las eclipse.
Es en estos desgraciados momentos cuando se vuelcan al alcohol, o a la droga, a la “anorexia”, a la emetomanía (más adelante le explicaré a que me refiero con este término, y por qué encomillé la palabra anorexia)... o a la gordura.
Es en estos extremos cuando precisan una ayuda altamente especializada. Ya no estamos hablando de “una urgencia”, ahora estamos ante una urgencia mayor, una emergencia.
Desagraciadamente, el entorno, que ha sido el promotor (activa o pasivamente) de semejantes dramas, generalmente no está en las mejores condiciones de prestar esa ayuda, ni siquiera la de aconsejarlos a acudir a alguien especializado que pueda ayudarlos.
Perdóneseme la crudeza, pero en mucho de estos casos la única opción que queda es rezar por ellos.

Si están gordos desde su infancia “tenemos que redoblar los esfuerzos”, decíamos en la novena Hipótesis, porque han entrado en la segunda etapa de su existencia sin la preparación necesaria como para resolver conflictos forzosamente cada vez más importantes.
La gordura es para ellos un conflicto de gran trascendencia, entonces se encuentran literalmente inermes para atacarlo o para defenderse de él, sin entrenamiento previo.
Tenemos que ayudarlos a resolverlo. Pero nuestra ayuda deberá ser inteligente, pensada, planificada.
No es cuestión, simplemente, de llevarlos (o aconsejarlos que consulten) a un médico especializado en estos trastornos.
La colaboración debe ser total (y aquí también cuando digo total, debe leerse total).
Siempre les comento a mis pacientes que si en una familia hay un solo componente que está gordo, la familia está gorda. Todos sus integrantes deben trabajar para resolver lo que en una familia bien constituida ha de ser un problema en común.
Están todos obligados a colaborar para resolver el problema de un miembro de ella (esta actitud debiera extenderse a todos los conflictos, no solamente al de la gordura).
Esto permitirá que una “familia gorda” se transforme en una “familia delgada”, con lo que se lograría un conflicto menos (y en estas épocas, un conflicto menos no es poca cosa).

Como ya conversamos, en los adolescentes gordos que lo están desde su niñez el tiempo urge. La urgencia se debe a que es en la adolescencia cuando el tiempo pasa más rápido; cuando la adultez está al alcance de la mano. Tengamos presente que muchos de ellos deben “hacerse adultos”, por desgraciadas circunstancias, mucho antes de lo que el tiempo cronológico marca...Y uno nunca sabe...
Debemos, por todos los medios, tratar que vivan la mayor parte de ella sin su “conflicto eclipsante”. Tenemos que lograr que se enfrenten a la mayor cantidad posible de “conflictos de entrenamiento” necesarios –pero nunca suficientes– como para que puedan luego resolver con felicidad los más importantes que han de sobrevenir en su futura larga, y siempre complicada, vida de adultos.

Más atrás le aconsejaba: “Nunca le digas a un gordo que lo está, él ya lo sabe”, pero esta no debe ser una actitud absoluta.
La gordura, las más de las veces, se va desarrollando tan lentamente que su portador no nota los cambios.
Es como el crecimiento. Es tan paulatino que uno no se da cuenta de que está creciendo. Es por eso que cuando nos visitaba una tía a la que hacía ocho meses que no veíamos y mostraba su asombro por nuestro cambio con un –¡Qué alto estás!–, nos sentíamos desconcertados: –Si estoy tan alto como ayer...y ayer lo estaba como antes de ayer...¡esta tía está loca!–. No nos habíamos dado cuenta, pero en esos ocho meses habíamos crecido tanto como para que Tía lo notara.
Nadie se levanta a la mañana y advierte que está más gordo que anoche. Engordar es un proceso lento, y por lento: imperceptible.
Así como todos “crecemos sin darnos cuenta”, la mayoría de las veces se engorda sin percibirlo. Por eso creo que es lícito y de buen sentido que los padres, o la gente más emocionalmente allegada, en una charla seria, reposada, tranquila, pacífica, en un momento adecuado al coloquio y a la reflexión, deben, dulcemente, sin ningún tipo de apasionamiento, advertir al joven gordo sobre su condición.
Pueden ocurrir muchas cosas en una conversación de ese tipo, desde que surja que en él existen importantes conflictos ocultos, hasta, simplemente, una cuestión de lo más simple: que ha engordado porque le encanta consumir cosas que engordan (¿y a quién no?), y siempre se lo han permitido. Mas luego de esa apacible y esclarecedora charla, en donde quizá afloraron conflictos de los que uno ni siquiera tenía sospechas, no debe tocarse el tema por mucho tiempo (vuelvo aquí a hablar de meses).
Creo que no sería mala idea recomendarle que lea todo lo escrito en este blog. Yo, personalmente, le aconsejaría comenzar con la sexta Hipótesis, quizá eso le despierte curiosidad por enterarse del resto. Y si lo hace, si lo lee de cabo a rabo, descubrirá que “adelgazar”, desde el estricto punto de vista nutricional, no tiene nada que ver con las hambrunas de las que ha escuchado (o que, quizá, alguna vez haya sufrido); de los retrocesos y frustraciones que ha observado en si mismo, o entre sus amigos y conocidos gordos que han intentado, alguna vez, “morirse de hambre” con dietas fuertemente carenciadas, o peor: se transformaron en “otras personas” por el consumo de anfetaminas que les recetaron los pseudohomeópatas, o algún que otro alópata, a los que consultaron con la esperanza de “curar su enfermedad”.

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