23 diciembre, 2006

 

Entrega extra por la Navidad

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS VISITANTES DEL BLOG!

Sí, a todos, y también a los futuros, lectores.

Un beso grande a mis nuevos amigos.
Y un saludo, respetando el orden de aparición, a:

María Dolors ( la Mariloli de Barcelona),
Eduardo Ferreyra (de Córdoba, Argentina),
Patito,
David,
Marta,
Gloria (la chilenita),
Claudia,
Hokulom,
María Isabel (Maribel),
Lucía,
Guadalupe,
Elena,
Azul,
Carme,
María Carme,
Pilar (Pilarica),
Rebeca Revert,
Juan Carlos,
Soraya,
Mariluz (Marta),
Inma,
Adrián,
Erikena,
Azul,
La psicóloga (anónima),
Inés,
Belén,
Gabrielus (el cervecero santafesino -cap-),
Irene (de Badajoz),
Carmen (de Caballito),
Eduardo (el otro, no “el Ferreyra de Córdoba”),
Mariela,
Marypili,
Adrián,
Claudiafuegoazul,
Sanseacabó,
María Carme (de Mallorca).
Y a todos los “anónimos”, que ni siquiera me dieron un nombre diferente al propio.


¡Dios mío, cuántos son!
Y yo que pensaba que tan solo me comunicaría con tres o cuatro.

Nunca he de olvidarme del año 2006. Me ha deparado un montón de nuevos amigos (algunos a los que he aprendido a querer como si los conociese de años -ellos saben quienes son-), y todo gracias a mi hijo Marcelo, que fue quien me metió en esta quijotada.

Que el 2007 sea aún mejor que este 2006. Lo que me reconforta y me hace sentir feliz es que sé, positivamente, que para muchos lo será, porque han logrado encontrarse consigo mismo.
¡Que Dios los bendiga a todos!

El nuevo amigo de ustedes:
Dr. Cesáreo Rodríguez (Pa' lo que gusten mandar…)

20 diciembre, 2006

 

Entrega veinticinco

Índice general del blog

(éste es el momento de las dedicatorias, y luego del Epílogo. Pero no se han de librar tan fácilmente de mí: el blog seguirá. Hay más cosas de las que tenemos que conversar)

Dedico este trabajo a Marita, mi esposa, y a mis hijos Marcelo, Pablo y María Lelis, por haberme acompañado con su comprensión y sus críticas.
Su comprensión demostrada al disculparme el tiempo que al dedicarle primero al libro y luego a este blog, entre mis horas de consultorio, le resté a compartir con ellos.
Sus críticas, porque siendo los cuatro los obligados lectores anticipados de cada Hipótesis, supieron opinar acertadamente sobre los errores que encontraban en cada una.
Y porque, gracias a Dios, los siento siempre a mi lado.


A mis pacientes, porque me han perdonado que en la portada del blog, al lado del nombre del autor, no figure el tradicional “y col .”, ya que sin su colaboración este trabajo no hubiese sido posible. Quedaré siempre en deuda con ellos por esa omisión.
A todos los que leyeron el blog (y a los futuros lectores), dándoles gracias por sus comentarios y sus inquietudes.
Y una mención especial a María Dolors, de Barcelona, a la que tan solo puedo decirle gracias.


EN MEMORIA DE:

Tres de mis magníficos profesores. Tres de mis arquetipos:
El Dr. Profesor Juan Pedro Picena: porque me enseñó que un buen médico es el que ama a sus pacientes más que a la misma Medicina.
El Dr. Profesor Guillermo Ferrari del Sel: porque con él aprendí que un médico que piensa distinto de lo oficial, tiene terminantemente prohibido callarse la boca.
El Dr. Juan José Gianni: porque fue quien me introdujo en la mágica aventura de la “relación médico–paciente”.

Y en homenaje a alguien a quien no tuve la dicha de conocer, pero que de haberlo hecho, estoy seguro, nos hubiésemos transformado en entrañables amigos: el Dr. Carl Sagan. El me confirmó que mis viejas ideas sobre el escepticismo y en contra del dogma, no eran el producto de una simplemente fogosa imaginación juvenil, sino la más pura de las realidades.


EPILOGO

Después de observar durante largos años las actitudes de los pacientes gordos que luchan contra su gordura, y la de los profesionales que se dedican a esos menesteres, me sigue asombrando el descubrir que nada positivo se ha logrado a pesar de todos los intentos.
Que aquel milenario consejo “Primero no hagas daño”, tan solo ha sido respetado por muy pocos colegas, y esa escasez es algo muy grave. Pero más grave aún sería que se siga sin prestársele atención.

Es muy poco lo que hemos hecho hasta ahora por los obesos. Lo acepto.
Tampoco es mucho lo que estamos consiguiendo con los hemetómanos y los afágicos. También lo reconozco.
Pero todos debemos aceptar que es mucho lo que podemos intentar para no empeorar su estado. Y aunque tenemos todo el tiempo por delante para comenzar a hacer las cosas bien, debemos tomar conciencia de que, gracias a como va todo, el comenzar a hacerlas nos urge.

Mi utopía es que en la pared de enfrente de cada escritorio de los médicos que se dedican a tratar a pacientes gordos, esté escrito, en grandes y legibles letras, el PRIMUM NON NOCERE que nos enseñaron los Antiguos Maestros de la Medicina.

Los gordos no nos consultan porque les displace su gordura, sino porque sufren a causa de ella.

No se puede seguir estafando su ilusión con tratamientos contranaturales.
Es injusto que se trate de convencerlos de que están enfermos y así normalizar la actitud de medicarlos con fármacos que, TODOS SABEMOS, tienen más contraindicaciones y provocan más perjuicios que la mismísima gordura.
No es moral que se les dé a tomar medicamentos que ningún médico, en su sano juicio, le prescribiría a su esposa o a alguno de sus hijos.
Es inhumano que se les refuerce la culpa por su poca adhesión a las utópicas directivas que se les dan, sin siquiera tratar de averiguar el por qué oculto de ese “desacato”, máxime cuando las indicaciones no hayan sido en si mismas, incumplibles.
No está bien, a mi modo de ver las cosas, someterlos a tremendas y costosas cirugías pretendiendo que con ellas obviarán “su falta de fuerza de voluntad”.

Sería fantástico que dedicáramos mucho más tiempo a escucharlos, para ayudarlos... O, aunque más no fuese, para consolarlos.
Sería hermoso y reconfortante ver desaparecer delante de nuestros ojos, consulta a consulta, la culpa que los ha torturado hasta el día en que decidieron pedir nuestro consejo.
Sería heroico y casi mágico que, en el último de los extremos, pueda uno decirle, sincera y valientemente, sin ningún tipo de vergüenza ni apremio intelectual: –No puedo hacer nada por usted…, no sé como hacerlo. Le aconsejo consultar con alguien más experimentado que yo.

Muchos siguen, servilmente, las corrientes académicas porque no han tenido a un Ferrari del Sel que les haya enseñado que si piensan diferente deben recordar que ellos mismos son médicos, que si la medicina ha progresado ha sido gracias a los médicos que han gritado sus verdades sin importar a quienes hirieran o contra qué estructuras se enfrentasen, por lo que tienen prohibido callar sus opiniones... Me dan mucha pena.
La actitud servil hacia los maestros es mil veces peor que la rebeldía y la desobediencia; mucho peor que la falta de respeto que hacia ellos nos prohíbe el juramento hipocrático.
Y valernos de esa actitud con el solo objeto de ganar dinero, nos denigra más que la pobreza más indigna. Porque los hombres podemos adaptarnos a la pobreza material, pero la pobreza ética acabará por envilecernos. Y más viles seremos aquellos que teniendo riqueza intelectual, aceptemos la opinión general porque, simplemente, es más cómoda, redituable y poco comprometedora.

El dogma solo sirve a las religiones.
La medicina no es una religión: es tan solo una ciencia viva (quizá la más viva de todas las ciencias), que como todo lo vivo crece; pero que jamás morirá…, por lo menos no antes de que muera el último de los hombres.

Pobre del médico que sin saberlo hace daño.
Que Dios se apiade del médico que hace daño sabiendo que hace daño.
Y que ilumine a todo aquel que amparado en su triste condición de dogmático se resiste con todas sus fuerzas al tan bienhechor escepticismo.

Tengamos fe.

Próxima entrega:
"Decálogo del correcto tratamiento para adelgazar"

17 diciembre, 2006

 

Entrega veinticuatro

Índice general del blog

(-¿Hay alguien más mal alimentado que una mujer embarazada?
-Sí: …dos mujeres embarazadas)


MISCELÁNEAS

En esta entrega desarrollaremos el tema G


HIPOTESIS SOBRE LA ALIMENTACION DE LAS EMBARAZADAS


No son muchas las personas que se alimenten peor que las embarazadas. Desde siempre ha sido la cultura la que las ha inducido a la pésima alimentación a la que todas se someten (la cultura es quien nos da toda la sabiduría, pero también todas las malas costumbres).
El arcaico consejo de comer “el doble” porque se está creando un nuevo ser, aparentemente ha de ser atemporal, porque ahora como hace miles de años se sigue “a pié juntillas”.
El grave problema es que las embarazadas de ahora tienen a mano un sinnúmero de comestibles y bebidas non sanctas que hace algunos siglos no tenían.
La gran variedad de elementos en base a carbohidratos de que disponen hoy, transforma a su alimentación en un verdadero caos. Y el “antojo” colabora. Ese apetito extravagante que todas manifiestan, y que en medicina se llama pica, siempre se orienta, casualmente a ingerir hidratos de carbono.
Las “frutillas con Crema Chantillí” de todos los cuentos y gags de televisión y cine, son el ejemplo perfecto.
La necesidad de practicarles cesáreas, que va en aumento año a año, podría, a mi modo de ver, ser una de sus consecuencias.

Todo en la mujer está cuidadosamente preparado para engendrar y parir hijos, ya lo hemos mencionado. El trabajo de la evolución natural con respecto a la perpetuación de la especie humana ha sido magnífico. Pero el que le toca a “ellas” cuando están cumpliendo esa magnífica función...

Desde que era muy joven, las mujeres embarazadas me han conmovido, me han maravillado, me han llenado de ternura.
Mas desde hace veintiocho años, aparte de todo eso, me asustan.

Cuando comencé a ponerme en contacto con todo el conflicto de la alimentación humana, advertí que las embarazadas son, casi siempre, las pacientes más problemáticas.
No se decir cuántos cientos de ellas me han consultado pidiendo consejo y ayuda para que “en este embarazo no les pase lo mismo que en los anteriores”, en donde aumentaron de peso descomedidamente (por razones obvias, aquí es totalmente inútil hablar de medidas y esbelteces).
De todas ellas, apenas pasan de cincuenta las que transcurrieron toda la gestación concurriendo a mi consultorio cada dos semanas y cuidando su alimentación como siempre les recomiendo.
Podría usted pensar que algo más de cincuenta en algunos cientos es un muy alto porcentaje, pero debo recordarle que ellas han de concurrir tan solo por seis o siete meses; que son las únicas de mis pacientes que tienen fecha cierta de finalización de sus “cuidados alimentarios intensivos”; y que absolutamente todas tienen, en exclusividad, cuatro ojos que las “vigilan”: los de su obstetra y los míos. (El par correspondiente a los esposos no cuenta, ya que la mayoría de las veces son ellos quienes las proveen de las famosas “frutillas con crema”).

Pongámonos un poco más serios.
Muchas de ellas vienen a la primera consulta muy preocupadas. En general ya han pasado por la misma situación una o más veces, y no les ha ido muy bien con respecto a las pretensiones de sus obstetras referidas al peso máximo que les recomendaban (a pesar de que muchos de ellos son muy permisivos.)
Doce a quince kilos más al fin del embarazo no los espanta. Pobres, están tan acostumbrados a aumentos descomunales que han llegado a felicitar a algunas “porque tan solo han aumentado catorce”.

Hagamos cuentas partiendo de una mujer que al concebir es delgada.
¿Qué ha de tener de más unos minutos antes del parto con respecto a lo que tenía al momento de la concepción?


- Peso del bebé por nacer (Promedio): 3,200 Kg.

- Placenta (más o menos): 800 gr.

- Líquido amniótico (también más o menos): 1,000 Kg.

- Hipertrofia de mamas, que se preparan para la alimentación del nuevo hijo (aproximadamente): 1,000 Kg.


- Retención de agua en ambos miembros inferiores por la congestión venosa que produce la presión del feto en las venas cavas inferiores (semejante a lo que vimos en la octava Hipótesis). Esto se debe a que la mujer es la única hembra de la creación que transcurre toda su gestación caminando erguida, lo que provoca la estasia venosa y el edema consecuente (quizá exagerando un poco): 2,000 Kg.


La suma es muy simple, y el resultado nos da ocho kilos, por lo que más que eso no ha de ser “buena cosa” (permitámosle nueve, para no ser tan drásticos. ¡Pero no más!)
Un buen porcentaje de todo lo que aumente por encima de esos nueve kilos irá a parar al tejido adiposo de su bebé, y, digo yo, qué necesidad hay de someterlo a un stress, en el momento de su nacimiento, mucho mayor que al que ya está condenado, según lo conversamos oportunamente, obligándolo a nacer con un kilogramo de grasa extra que, seguramente, jamás ha de necesitar.
-¡Mi hijo al nacer pesaba cuatro kilos doscientos!- proclaman muchas madres, con “orgullo”.
¿Cuál es el beneficio de que lo hagan con semejante cantidad de grasa extra? Luego, cuál es el motivo de la alegría si ese exceso lo único que pudiese llegar a traerle son solo problemas: ante una diarrea, por ejemplo, se deshidratarán más rápidamente que si no lo tuvieran.

Es probable que a estas alturas sienta usted alguna culpa por haber engordado demasiado en sus embarazos, o por estar en este momento muy gorda y engendrando un nuevo hijo.
Trataré, en lo posible, que esa culpa se desvanezca explicándole el porqué del, a veces desmesurado, aumento de peso en las embarazadas.

Todas se sienten culpables de su desmedida gordura en esa etapa de sus vidas. Es más, ellas defienden su derecho a sentir culpas. -¿Por qué como cosas que sé que me engordan, si soy consciente de que no solo me hacen daño a mi sino, peor, también a mi bebé? Me protestan. Mas eso tiene una explicación.
La mujer es la única hembra de toda la Creación que mantiene relaciones sexuales estando preñada. No hay ninguna otra excepción en todo el reino animal.
La naturaleza ha dotado a todas las hembras de artilugios especiales para evitar el contacto carnal durante la preñez, y los machos poseen el instinto necesario como para rehuir ese tipo de contactos en esas circunstancias.
Nuestra inteligencia se ha desarrollado a expensas de anular nuestros ancestrales instintos. Pero alguno, aunque más no sea un resabio de él, ha de quedarnos, supongo. Éste, por ejemplo, en las mujeres, el de evitar la cópula mientras estén embarazadas.
Pero la cultura nos dice que el embarazo no es impedimento para las relaciones sexuales. Y ni el hombre ni la mujer ven en la preñez un obstáculo como para llevarlas a cabo. Pero ese “resabio de instinto”, ese atavismo en la mujer, idea mecanismos totalmente inconscientes para eludirlas.
Y uno de ellos es engordar. Y otro disminuir la calidad y frecuencia de la higiene personal (en general, por supuesto. Siempre habrá excepciones). Por qué cree, si no, que a la mayoría de las mujeres se les carian los dientes durante el embarazo. ¿Acaso porque la sangre les lleva el calcio para fabricarle huesitos al feto? ¡No, mujer!, para que quiere el feto el poquito de calcio que tiene la dentina, que de paso le cuento está combinado formando compuestos insolubles y ni siquiera tiene vasos sanguíneos que pudiesen llevárselo, habiendo más de tres kilos en el resto de los huesos y consumiendo, durante los nueve meses, enormes cantidades de él.
Los dientes se carian porque se los lavan mucho menos, a pesar de comer muchos más carbohidratos que de costumbre, o los lavan con la misma frecuencia que antes, pero mal.
Y se bañan menos veces, y se arreglan menos (no todas, pero la mayoría...)

Y para qué todo esto.
Pues para algo muy simple: HACERSE SEXUALMENTE DESAPETECIBLES.
Ha de haber algo en el inconsciente de las mujeres que les trata de impedir los “contactos” en las épocas de gestación.
Muchísimas me han confesado, en la intimidad de la consulta, que a pesar de amar locamente a su esposo, en los tiempos de embarazo sentían por él un rechazo muy especial e inexplicable.
Usted podrá aducir que jamás sintió algún sentimiento parecido, es más, algunas pocas me han contado que en esos días su deseo sexual aumentó. Pero, mi amiga, eso a ocurrido en su consciente, qué diablos sabe sobre lo que en realidad pasaba en su inconsciente con el “primitivo instinto” de rechazar las relaciones en tiempos de gravidez.

Pero este conflicto también tiene solución.
Si está embarazada o piensa estarlo le ruego lea esta Hipótesis junto a su marido. Conversen ambos sobre el tema. Compartan la inquietud con su ginecólogo o su obstetra. Estoy seguro de que se pondrán de acuerdo en tan solo mantener relaciones tan solo cuando usted lo disponga. Es por el bien de los tres: usted, su esposo y el hijo que lleva en su vientre.
Mi experiencia me dice que cuando la pareja y yo discutimos este tema, las cosas comienzan a transcurrir más ordenadamente (a la compulsión por comer cosas engordantes, me refiero).

Y una buena noticia también producto de la famosa “Evidencia”.
La mayoría de las más de cincuenta embarazadas que concurrieron puntualmente a la consulta y que se cuidaron según lo habíamos pactado, me contaron con asombro (mayor en las que no eran primerizas) que su nuevo bebé ya no necesitaba comer cada dos o tres horas, como casi es la regla universal.
Este hecho, cuando comencé a advertir su frecuencia, me llamó la atención.
Le pedí a un amigo, que por ese entonces era Jefe de Control de Calidad de una usina pasteurizadora de leche de la ciudad, que hiciera analizar la leche de madres que no consumían carbohidratos y de las que lo hacían libremente, para lo que le procuré las muestras necesarias.
Los resultados fueron sorprendentes: las leches de las mamás que seguían sin consumir glúcidos tenían un 22 % menos de lactosa y alrededor de un 20 % menos de grasas (y, por supuesto, una mayor proporción de proteínas) que las de las que “comían de todo”. Eso hace que su poder alimenticio sea mayor; que se evacuen del estómago de sus hijitos más lentamente; y que estos no engorden tanto como los de las madres que no observan ningún cuidado.
Por todo eso, desaparecieron los cólicos tan molestos que aquejan a todos los bebés, y que son producidos por la espuma que forman en sus intestinos la semejante cantidad de lactosa que contienen las leches de madres que viven comiendo hidratos de carbono. Y, esto es lo más atractivo para todas las mamás, luego de la última mamada de la noche - algunos desde tan solo unos pocos días después del nacimiento-, dormían “de un solo tirón” entre cinco y siete horas, lo que para todas era una especie de bendición celestial.
Por el bien de su hijo, y por su paz nocturna, trate de no consumir alimentos del TIPO TRES mientras dure el período de amamantamiento; los del TIPO DOS en las medidas indicadas en la decimoquinta Hipótesis; y los del TIPO UNO las veces que lo desee. Si alguna vez consume algo más que un poco de carbohidratos concentrados, su hijo ha de reprochárselo con los llantos a causa de sus cólicos intestinales al día siguiente.
Si se alimenta de la manera que le aconsejé: ¡Todos felices!




13 diciembre, 2006

 

Entrega veintitres

Indice general del blog

("Sin embargo cave que me equivoque, y no sea más que un poco de cobre y vidrio lo que yo tomo por oro y diamantes". Renè Descartes)

Miscelaneas

En esta entrega desarrollaremos el tema F

OPINION SOBRE LOS ALIMENTOS Y BEBIDAS “DIET”, “LIGHT”, “BAJAS CALORIAS” O "DIETETICOS”


Desde que los consumidores tuvieron necesidad de alimentos “no engordantes”, una miríada de empresas alrededor del mundo, se impusieron la lucrativa tarea de elaborar alimentos y bebidas que ostentaran las denominaciones que figuran en el título de estos párrafos.

Sabían que el mercado era enorme y, fundamentalmente, muy lucrativo.
Hemos calculado, con un paciente abogado (y no creo que estemos muy errados), que alrededor de la gordura–obesidad se mueven en el mundo algo así como doscientos cincuenta mil millones de dólares al año (ese cálculo fue hecho en el año 1999, por lo que no están incluidas las cirugías).
Obviamente todos quieren recaudar algo de esa fabulosa fortuna.
Las “Empresas de Productos Dietéticos” no iban a quedar fuera del “negocio”, por supuesto.

Desde hace décadas se expenden alimentos y bebidas “bajas calorías” con el objeto de que sean consumidas por aquellos que están en plan de adelgazamiento, o de los que, espantados por su gordura, deciden no agravarla.
Millones de toneladas de ellos se han consumido en base a las atractivas publicidades que las recomendaron.
El de las leches, yogures y quesos descremados, es un ejemplo contundente.

Astutamente, los publicistas muestran, por ejemplo, los esculturales cuerpos de señoritas que consumen su “famoso Yogurt Light”. El metamensaje es: –Si usted los consume podrá adquirir la figura de esas agraciadas modelos adolescentes.
Es por eso que la inmensa mayoría los adquiere.
Pero otra vez (y van.....) estamos hablando de una falacia.

La Evidencia me dice que tan solo existen cuatro tipos de productos que en realidad cumplen con el precepto de “no engordar”, ni de entorpecer el proceso de adelgazamiento:

– Los edulcorantes artificiales no en polvo.
– Las gomas de mascar “Diet”, “Light” o “Free”.
– Las gelatinas sin carbohidratos, y
– Las gaseosas de empresas multinacionales con gusto a nuez de Cola, o a Lima–Limón, como ya le expliqué en la decimoquinta Hipótesis.

Todo lo demás no es cierto. Flanes, postres, gaseosas con sabores frutales; hasta fideos, pizzas y Panes Dulces, he visto expender con la denominación que acredita sus condiciones de “antiengordantes”.
Me he indignado con esa actitud de sus fabricantes, pero ¿Qué puede uno hacer?

Alguna vez a algún empresario muy astuto se le ocurrió anotar en las etiquetas de los aceites que fabricaba, el rótulo “SIN COLESTEROL”, por lo que todo el mundo comenzó a consumirlos en detrimento de las otras marcas. Sus competidores se vieron, entonces, en la obligación de incinerar millones de etiquetas ya impresas, para elaborar otras que también dijeran lo mismo. Pero ocurre que los aceites vegetales no pueden contener colesterol, ya que este es un producto de exclusivo origen animal.
Ante la pregunta del por qué de esa actitud ellos responderían con otra:
–¿Los aceites vegetales tienen colesterol?
–¡No!
–Entonces, ¿Cuál es el pecado si yo lo explicito en sus etiquetas?

Naturalmente no “hay pecado”. Decir, ejemplo, que una marca de agua mineral “no contiene glucosa”, es cierto, pero hace pensar a los que han de consumirla que las otras sí pudiesen llegar a tenerla, por lo que habrán de beber, preferentemente, a aquella que declare su ausencia. ¡Pero eso no es ético!
Viejo y remanido tema este del “Marketing”.

Los alimentos y bebidas de “bajas calorías” no son, en su inmensa mayoría, ni adelgazantes ni antiengordantes. Son tan solo un artilugio para que usted los adquiera.

Estos comentarios pudiesen traerme problemas, comentaron mi esposa y mis hijos cuando leyeron los borradores, pero los convencí de que lo que pretendo (otra de mis utopías) es que haya empresas que comiencen a elaborar elementos “Sin carbohidratos absorbibles para los seres humanos”, y que esto sea cierto. Sería un estupendo negocio
Por favor: Los que comercializan aguas minerales y sodas, abstenerse.

Debe tenerse una especial precaución con los productos de panificación que se rotulan “De salvado”, o “De gluten” (el gluten es la proteína que contienen el trigo, la avena, la cebada y el centeno, y la que tienen PROHIBIDA los celíacos). Esos productos no SON de..., sino CON... No se puede panificar ni el salvado ni el gluten si no se le incorpora almidón. En realidad nada se puede ”panificar” sin almidón. Luego, todo lo panificado lo contiene.
Y también muchísimo cuidado con los alimentos que en cuyos rótulos dice "sin azúcar". Para los que hacemos ciencias biológicas (médicos, veterinarios, bioquímicos, farmacéuticos...), la palabra "azúcar" es sinónimo de hidrato de carbono (como "glúcido" o "carbohidrato"), para el resto de la gente, es "el producto de la caña dulce o la remolacha". Entonces, astutamente, fabricantes de caramelos o pastillas, y muchas bebidas a las que denominan "dietéticas", anotan en sus marquillas y etiquetas "sin azucar", y es cierto, no contienen "sacarosa" (que es el nombre del azucar que se usa comunmente en todas las casas del mundo) pero sí otro tipo de glúcidos (azúcares) que en el intestino se absorben como "glucosa", tal cual como el mismísimo azucar de caña.

Próxima entrega: "Hipótesis sobre la alimentación de las embarazadas".


09 diciembre, 2006

 

Entrega veintidos

Índice general del blog

(en donde observará que la cultura muchas veces puede más que la lógica y el razonamiento)

MISCELANEAS

En esta entrega desarrollaremos el tema E

EL ETERNO PROBLEMA DEL DESAYUNO


Un buen porcentaje de las personas consume tan solo algún tipo de infusión como simple modo de “desayunar”, pero la mayoría hace de la primera ingesta del día una especie de “comida más”.
El problema es que el hábito de su composición ha sido heredado por nosotros de españoles e italianos, de los que la mayoría somos descendientes. Ellos acostumbraban, en sus tierras (y los demás europeos también), a consumir, en las primeras horas de la mañana, enormes tazas de café o té con leche, acompañadas de rodajas de pan fresco o tostado untadas con jaleas o mermeladas de frutas. (Sin saberlo, casi instintivamente, consumían glúcidos de digestión rápida que le servían para poner en marcha a todo su organismo –los azúcares de cadena corta–, y otros de digestión lenta –los almidones, que son azucares de cadena larga– que les proporcionaban energía para el resto de las actividades matinales.)
Con el correr de los años el pan fue parcialmente reemplazado por galletitas que sirven de soporte a los dulces, o, últimamente, por facturas de panadería (las medias lunas son las más usuales).
Moraleja: un desayuno tradicional está compuesto, fundamentalmente, por carbohidratos.

Los glúcidos, que son casi su único componente, son absorbidos como glucosa en nuestros intestinos, por lo que pasan a la sangre muy velozmente, especialmente los de cadena corta o disacáridos. Eso hace que el nivel de “glucemia” (glucosa contenida en la sangre) ascienda rápidamente después de esa primera comida.
Si una persona en ayunas tiene una cantidad, ejemplo, de 0,80 gramos por litro (lo normal es tener entre 0,70 y 1,10 en esas condiciones), antes de una hora después de haber desayunado, se eleva, digamos, a 1.20 gr./l, por lo que el páncreas, que entre otras cosas analiza el nivel de glucosa en sangre segundo a segundo, segregará una cantidad de insulina suficiente como para que el exceso de 0,40 que se ha producido en tan breve lapso, desaparezca de la sangre y se incorpore al metabolismo de las células de toda la economía.
Mas ocurre que la cantidad de insulina que el páncreas increta, no es micrográmicamente exacta para esa cantidad extra de glucosa post-desayuno, por lo que cuando el nivel de ella ha retornado a los 0,80 gr./l, aún existe insulina circulando en sangre, y ese nivel, idéntico al que se tenía en ayunas, sigue ahora descendiendo gracias a la acción de la insulina residual, por lo que dos o tres horas después de esa primera ingestión se encuentra en valores tan bajos que producen una molesta sensación de malestar, abatimiento y hambre que obligan a casi todos a la acostumbrada “comida de media mañana” (al ‘segundo desayuno’, como comúnmente se le denomina). Es a eso de las 10:00 o 10:30 hs. cuando en todos los lugares de trabajo, o en el hogar, la actividad se detiene durante unos quince minutos para el famoso “refrigerio de media mañana” (‘refrigerio’ es palabra que gracias a un complejo artilugio de derivaciones etimológicas, quiere decir “reponer fuerzas”), refrigerio que al igual que el desayuno también está compuesto casi en su totalidad por hidratos de carbono.
El ciclo se reinicia, entonces, y la segunda sensación de hambre se produce en horas del mediodía, pero como es habitual que todos tengamos hambre a esas horas, no llama la atención.

Generalmente al mediodía también se consume una buena proporción de glúcidos, por lo que a partir de él se reinicia un ciclo semejante al primero de la mañana. El nivel de los descensos de glucosa sanguínea se produce esta vez más lentamente, ya que los carbohidratos que forman parte de los almuerzos son, generalmente, almidones (de absorción más lenta –porque son azúcares de cadenas más largas-). Ese es el motivo que hace necesaria la “merienda” recién cuatro a cinco horas después de almorzar.
Después de ella, otra vez la misma secuencia: hiperglucemia, hiperinsulinemia, y luego la obligada hipoglucemia que se producirá alrededor de la hora de la cena.
Luego de la comida nocturna también se pone en marcha el obligado mecanismo, pero como uno está dormido no lo nota (sí lo hacen muchos que por cualquier motivo se despiertan en horas de la madrugada: van al baño a vaciar su vejiga, por ejemplo, pero antes de volver al dormitorio se sienten obligados a hacer una “corta visita a la heladera”).

Casi no existe ninguna actividad humana que pueda utilizar la semejante cantidad de carbohidratos que la mayoría consume, en total, con el desayuno, a la media mañana, almuerzo, merienda y cena, por lo que como ya hemos visto, el hígado transforma los excesos en grasas que se depositarán en el tejido adiposo, aumentando cada vez más su grosor, o en colesterol y triglicéridos. (Cosa que obliga a muchos a leer blogs como éste).

Cuando mis pacientes comienzan a cuidarse eliminando azúcares y harinas de su ingesta cotidiana, se encuentran casi todos con el formidable conflicto de todas las mañanas: el desayuno.
La pregunta casi universal es, pues, ¿Qué como a esa hora?
Al principio, un cambio tan radical de hábitos, debo reconocerlo, es muy molesto y para muchos casi intolerable, ya que la recomendación a una persona de, digamos, cuarenta y cinco años -que desde hace cuarenta y tres comienza su alimentación diaria como más arriba le comentaba-, de consumir desde ahora, como primera cosa, una infusión de café. té o mate cocido con crema de leche en lugar de leche (esto último en general es bien aceptado), y endulzado con edulcorantes artificiales, acompañado con rodajas de queso y jamón cocido (sería una opción), es, literalmente, contracultural.
Pero a medida que transcurren los días notan algo alentador –todos lo notan–: dejan de sentir hambre a mitad de la mañana. Es lógico, ya no se produce una hipersecresión de insulina, por lo que no bajarán más a esas horas los niveles de glucosa, que era lo que despertaba esa sensación, que a veces llegaba a hacerse muy molesta si el tipo de actividades que se desarrolla no permite todas las veces el consumo de aquel habitual refrigerio (le ocurre a los cajeros de banco, por ejemplo, o a muchos de los que desarrollan su trabajo atendiendo al público o viajando de un punto a otro de su geografía).
Inclusive llegada la hora del almuerzo o de la cena, notan, con asombro la mayor parte de las veces, que se sienten saciados con mucho menos de lo que necesitaban antes para lograrlo.
–Ahora como mucho menos–, me comentan todos. A lo que les respondo:
–Antes comía mucho más de lo que le era imprescindible, que no es lo mismo.

Algunos de mis pacientes, copiando costumbres que les muestran los medios de comunicación, han incorporado el huevo a su desayuno. Generalmente lo consumen revuelto y acompañado con fetas de queso y jamón, o en forma de homelet con rodajas de manzana, edulcorado artificialmente y con un "toque" de esencia de vainilla, lo que les significa la ventaja extra de poder soportar la ocasión de almuerzos muy tardíos. Todos los que tienen dificultades para almorzar a horas usuales me cuentan que ya no se sienten torturados por el hambre si alguna vez deben comer mucho después de las 13:00 o las 14:00 hs.

NOTA QUE VIENE AL CASO:

No ha de haber, por lo menos en todo el occidente, ningún alimento que tenga tan “mala prensa” como el huevo.
Como los químicos, hace muchos años, advirtieron que contiene una gran cantidad de colesterol (alrededor de 180 miligramos por unidad), desde que se descubrió que es el colesterol el principal elemento formador de las tan temidas placas de aterosclerosis en las paredes internas de las arterias, prácticamente se lo pretende excluir de la dieta humana. Si usted pone atención a los comunicadores científicos, advertirá que se habla casi peor de él que del cigarrillo o del alcohol. Haga la experiencia de tomar un buen número de revistas de interés general, y si cuenta qué cantidad de espacio se dedica a predicar en contra del huevo, y cuánto denostando al tabaco o a las bebidas alcohólicas, verá que tengo razón.
En realidad es un alimento precioso, casi mágico. La cantidad de nutrientes esenciales que posee una docena de ellos (me refiero a los de gallina, que son los de uso universal) equivale aproximadamente a la que contiene un kilogramo de carne de lomo vacuno, y, además, doce huevos cuestan un ochenta por ciento menos que un kg. de lomo.

Es cierto que contienen mucho colesterol, pero los humanos, por ser herbívoros no estrictos, recordémoslo, no podemos absorberlo. Vamos, nuestro colesterol sanguíneo no puede aumentar por consumir alimentos que lo contengan, aunque sea en gran cantidad como en el caso del huevo (ya lo hemos conversado).
El colesterol que circula por nuestra sangre, y en la de todos los otros animales que también pertenecen al grupo de los herbívoros,
lo elaboramos nosotros a partir de los carbohidratos que se encuentran primordialmente en la materia orgánica de origen vegetal. (ATENCION: volvamos a decir que debe uno cuidarse fundamentalmente de los alimentos de origen vegetal que los contienen en gran cantidad por unidad de medida: cereales, harinas y azúcar, y relativamente de los que contienen muchas féculas o azúcares de cadena larga en su estructura, como por ejemplo las papas, batatas, zapallos, calabazas, remolacha y frutas. Los productos de origen animal de los que debemos cuidarnos son muchos menos: miel, leches, quesos muy jóvenes y yogurt.)

No existe, que yo conozca, ningún estudio hecho en humanos que pueda asegurar, con indiscutible certeza, que el consumir grandes cantidades de huevos haga elevar los niveles de colesterol de nuestra sangre (Es más, el 10 de 0ctubre de 2003 la Organización Mundial de la Salud lo ha desincriminado). De hecho, a mis pacientes a los que no se les prohibe y los consumen con libertad, jamás el colesterol se les ha elevado (basándome siempre en análisis de laboratorios bioquímicos que usan reactivos de alta sensibilidad y confiabilidad). Muy por el contrario, al abandonar el uso abusivo de hidratos de carbono, las cifras les descienden, a veces en forma tal que a ellos y a mí nos cuesta creer.
El error de esas aseveraciones proviene, ya lo hemos conversado, de utilizar como modelos de investigación a animales supuestamente “omnívoros como nosotros”, pero que en realidad son carnívoros no estrictos, como las ratas y los ratones.

Como geriatra, esa mala publicidad que se le hace a tan estupendo alimento me crea problemas mayúsculos. Las personas mayores, a causa de una reducción en la absorción intestinal de proteínas que es normal para su edad, y que se va acentuando con el correr de los años, deben comer mayor cantidad de ellas que los jóvenes (salvo que alguna enfermedad en particular las desaconseje, cosa que, gracias a Dios, es muy poco frecuente).
Como la fuente usual de los principales prótidos son las carnes, al tener carencias en sus dentaduras, poco a poco las van excluyendo de su dieta habitual, por lo que el huevo pasa a ser para ellos una fuente importantísima, fundamental, de proteínas.
Pero cuando uno les dice que deben consumir no menos de media docena diaria, se sienten, y se les nota, como si se les estuviese prescribiendo algún veneno infalible. Es tanto y tan malo lo que escuchan de los huevos que algunos llegan a pensar que comer tan solo uno, acabaría con su vida mucho tiempo antes de que termine la digestión de él.

NO ES LA EVIDENCIA LA QUE DICE QUE CONSUMIR MUCHO HUEVO AUMENTA EL COLESTEROL SANGUINEO, Y COMO CONSECUENCIA, LA POSIBILIDAD DE PADECER ATEROSCLEROSIS. Eso tan solo lo dicen las pruebas de laboratorio hechas con animales que están genéticamente tan alejados de nosotros como las hormigas de los elefantes.

Pero: –El dogma dice que... ¡Y el dogma es nuestra guía, nuestra brújula...!–
¿Hasta cuándo?



Próxima entrega: Opinión sobre los alimentos y bebidas “diet”, “Light”, “bajas calorías” o “dietéticos”.

06 diciembre, 2006

 

Entrega veintiuna

Índice general del blog

(en donde seguirá observando que la etimología sigue siendo un problema)

MISCELANEAS

EN ESTA ENTREGA DESARROLLAREMOS EL TEMA D

HIPOTESIS SOBRES LOS PUNTOS DE VISTA REFERIDOS A LA “BULIMIA”

Este término comenzó a utilizarse alrededor de 1884, y fue tomado del griego id. Bulimia, compuesto de bóus, ‘buey’, y limós, ‘hambre’. Literalmente significa “hambre exagerada” (por eso la figura “hambre de buey”), y su sinónimo médico es ‘polifagia’. Pero el uso en las últimas décadas ha hecho que tan solo sirva para definir a personas que se atosigan con cualquier tipo de alimento y luego toman extremas actitudes pretendiendo que lo que han comido no los engorde: vomitando después de la ingesta y/o consumiendo laxantes y diuréticos en dosis abusivas.

Para complicar aún más las cosas, en los últimos años se ha creado un supuesto “tercer estado”. Una mezcla de “anorexia” y “bulimia”, al que ha dado en llamarse “bulianorexia” o “bulinorexia”, que es el que, se supone, padecen los portadores de "anorexia", a la que alternan con períodos de incontrolable compulsión por comer ‘cualquier cosa’.
Opino que los ataques de irrefrenable apremio por ingerir “cualquier tipo de cosa en cantidades desmesuradas”, que se ve normalmente en las afágicas y en muchas de las hipofágicas, no es más que un auténtico mecanismo de defensa de un organismo que se encuentra en la grave emergencia de estar fuertemente carenciado de vitales nutrientes (a veces es tan ciega esa compulsión por devorar, que llegan a ingerir elementos que no son considerados por ninguna cultura como alimentos verdaderos).
Recuerdo dos casos que me impresionaron, uno el de una muchacha que, desfalleciente de hambre por haberse negado a comer durante algunos días, encontró en el freezer de su heladera una docena de tapas para empanadas y se las comió en bloque sin siquiera esperar a que se descongelaran; y el de otra que, me relató, hurgó en el tarro de desperdicios y se engulló las cáscaras de papas que su madre había arrojado en él al mediodía).

Es exactamente igual a la sed incontrolable de las personas que por desgraciadas circunstancias se han visto en la horrible situación de estar varios días sin contar con nada para beber, por lo que han llegado al colmo de tomarse su propia orina (para los defensores de la “bulimia”, al acto antinatural de beber cosas tan inusuales como la propia orina sería un acto de “budipsia”, ‘sed de buey’).

Cuando uno conversa con supuestas “bulímicas” no tiene más que caer en la conclusión que su ingesta incontrolada no es más que una excusa para poder provocarse el vómito.
Propongo que a estos pacientes se los llame EMETOMANOS, palabra también derivada del griego: emétõ, ‘yo vomito’, y de manía, ‘locura’, lo que en este caso debe interpretarse como ‘compulsión incontenible’.

El reflejo de vómito hace que nuestro cerebro libere unas substancias denominadas “endorfinas”, que tienen estructuras químicas y acciones similares que la morfina: elevan el umbral de dolor y producen una extraña sensación de falso bienestar, como ella.
Esa producción de endorfinas es la que nos hace sentir tan plácidos luego de un vómito ocasional (a causa de una indigestión, por ejemplo). Pero que es casi tan adictiva como su similar: “la morfina”.
Los EMETOMANOS (bulímicos) se provocan el vómito a causa de su inconsciente necesidad de sentir esa pseudorreconfortante acción de las endorfinas.
El gravísimo problema es que con el correr de los días se hacen adictos a esos neuroproductos puestos a funcionar a partir de la acción de vomitar, motivo por el que se hace tan difícil eliminar ese hábito. Diciéndolo crudamente: se hacen adictos a su propia droga.

He visto y conocido muchos casos de hemetómanos, pero relataré uno que es muy ejemplificador.

Anécdota de consultorio:


N. era, hace algún tiempo, una mujer de cuarenta y cuatro años. Vino a pedirme ayuda, desesperada, porque quería dejar de vomitar.
Siendo una adolescente, una amiga le preguntó por qué se cuidaba tanto en su alimentación, por lo que le explicó que a causa de su miedo a engordar. La amiga, entonces, le confió una “táctica” que usaba con el mismo objeto: –Yo como lo que quiero, y cuando me siento harta, voy y vomito lo que comí.
Mi paciente (tenía quince años por aquellas épocas) reconoció a esa actitud como “salvadora”. Ahora podía engullir lo que quisiese, si, total, luego lo vomitaba. ¡Ya no engordaría más sin privarse de nada...!
Al principio la cosa parecía andar bien: comía lo que le apetecía y no engordaba, ya que lo arrojaba después de haberse saciado.
Pero cuando pasaron algunos meses notó, asustada, que ya no podía dejar de producirse el vómito (aunque hubiese comido muy poco, o, peor, aunque por alguna causa, un fuerte estado gripal, por ejemplo, algún día no hubiera consumido nada). Se avergonzaba de eso, por lo que ideó mil estratagemas para que nadie descubriera su hábito secreto.
Se casó, tuvo hijos. Sus dientes se habían empequeñecido a causa del contacto diario con el ácido clorhídrico de su jugo gástrico.
Cuando su esposo descubrió, accidentalmente, su incontrolable manía, apeló a mil recursos, inclusive a un grupo de autoayuda. Pero no hubo resultados.

Me consultó una tarde de jueves en la primavera de 1992. –¡Quiero dejar de vomitar!–, fue su súplica.
No estaba gorda, tampoco flaca (al fin uno vomita tan solo la mitad de lo que contiene su estómago). Era una mujer delgada; sus hábitos alimentarios eran normales. Solo sus pequeños dientes y su expresión triste y atormentada, melancólica, denotaban en ella algún grave padecimiento.
Desde hacía muchos años jamás consumía grandes cantidades de nada, pero su compulsión era totalmente incontrolable.
–¿Ha estado un solo día sin vomitar en estos veintinueve años?– le pregunté.
–¡No!...Jamás, ni uno solo dejé de hacerlo...Y suelo vomitar varias veces en cada jornada– me respondió.
–Creo que sería muy interesante intentar estar veinticuatro horas sin provocar su vómito...Aunque más no sea, eso (le comenté inocentemente). Quiero que me cuente que ha sentido al estar un día sin hacerlo... Le propongo que esta noche (hasta ese momento no había vomitado) no llene mucho su estómago, tome luego de cenar cuarenta gotas de este medicamento (que era metoclopramida, un evacuante gástrico y potente antivomitivo), y que luego salga a caminar con su esposo no menos de una hora. Al volver a casa su estómago estará completamente vacío, por lo que no tendrá ya nada que expulsar de él.
A la semana siguiente concurrió a la consulta según lo habíamos pactado.
–¡¿Cómo le fue?!–, le pregunté expectante.
–Mal.....– ... –Hice lo que me indicó... Cuando llegamos de caminar estaba agotada y con languidez, por lo que nos fuimos inmediatamente a la cama... Ni bien noté que mi esposo se había dormido, me levanté en puntillas, fui al baño, vomité un poco de espuma y luego me acosté... Me dormí profundamente.
Fin de la anécdota.


¿Qué hacer con los emetómanos?, es la pregunta obligada.

A mi modo de ver necesitan, urgentemente, la consulta con equipos interdisciplinarios especializados en adicciones.

Pero lo más importante es actuar rápidamente: lo antes posible luego de detectado el cuadro, y desacreditar, de todas las formas que puedan imaginarse, la errónea idea de que el escaso consumo de nutrientes es la manera de impedir que se instale la gordura, o de combatirla si es que ésta ya se ha instalado.

Siempre caemos en lo mismo:

La Evidencia ha demostrado que las dietas hipocalóricas, por carencientes son contranaturales: no dan resultados, y sumergen a quienes las practican en la peligrosa idea de que tan solo comiendo poco (o eliminando la mitad de lo ingerido por medio del vómito, por ejemplo) puede conseguirse un cuerpo envidiable.

La Evidencia también ha demostrado que ningún tipo de anorexígeno químico, físico, quirúrgico, mecánico o por disuasión, tampoco da resultados. Pero crean, entre quien los han consumido, la falsa idea de que si no pueden hacerlo porque no los toleran, o porque no pueden pagar el tratamiento, el vómito podría ser un buen reemplazante.

Y es la Evidencia la que nos dice que a pesar de haber insistido durante más de un siglo con lo mismo, las cosas como van, no van.

Que a las próximas generaciones no les pase lo que a ésta y a las que le precedieron.


Próxima entrega: “El eterno problema del desayuno”

02 diciembre, 2006

 

Entrega veinte

Índice general del Blog

(en donde descubrirá que hasta la etimología tiene mucho que ver en las cuestiones de salud)

MISCELANEAS

EN ESTA ENTREGA DESARROLLAREMOS EL TEMA C

HIPÓTESIS SOBRE LA “ANOREXIA NERVIOSA”

En un blog como este no podían faltar las opiniones del autor, referentes a un problema que se ha extendido por todo el mundo occidental con una velocidad alucinante.

Antes que nada quiero a darle a conocer mi opinión con respecto al término que se utiliza para denominarlo: ANOREXIA.
Creo que es erróneo.

Anorexia es palabra derivada del griego, que, literalmente, significa ‘falta de hambre’ (an, prefijo negativo por `sin´ o `falta´, y orexia, `hambre´), y eso no es cierto para nada en el caso que nos preocupa.
Para diferenciarla de la real anorexia –síntoma muy común en determinadas patologías, desde muy simples como los comunes y variados estados infecciosos, y por ende de corta duración (vencida la enfermedad viral o bacteriana, el hambre retorna lenta pero seguramente a ser el mismo que corrientemente sentía antes de la infección), hasta la anorexia muy severa que se presenta en muchas enfermedades terminales, y acompaña a sus portadores hasta el fin de sus días, cuando no es ella la causa de ese fin–, para diferenciarla, decía, se denomina a la que aparece en forma espontánea, sin ninguna explicación anátomopatologica, generalmente en adolescentes jóvenes: anorexia nerviosa.

Cuando uno conversa con una portadora de ese tipo de “anorexia” (me refiero al sexo femenino porque es en él en donde se ven la mayoría de los casos) viene a descubrir, con asombro, que no es que no se alimentan porque no tienen hambre, sino porque, simplemente, se niegan a comer.

El término adecuado sería, entonces, AFAGIA (palabra también de origen griego que significa renuncia a deglutir. De a, prefino negativo, y fagos, `tragar´,` deglutir´).
Estas disquisiciones podrían tomarse, a primera vista, como un simple prurito idiomático del autor, pero trataré de convencerlo de que no es para nada así.

Si hablamos de “afagia”, se nos facilita el razonamiento para comprender los cuadros de otras muchachas, que no pueden denominarse literalmente así, ya que no es que ‘no comen’ porque se niegan a deglutir, sino que ‘comen muy poco’, por lo que el apelativo de afágicas sería impropio. A ellas debe denominárselas HIPOFÁGICAS u OLIGOFÁGICAS (“hipo” es prefijo griego que significa ‘deficiencia’, y “oligo” también quiere decir ‘escaso’, ‘deficiente’).
Es extremadamente importante esa diferenciación, porque las medidas terapéuticas a tomar ante una “afágica” o ante una “hipofágica”, son muy diferentes. Tan diferentes como las causas por las cuales han llegado a uno u otro estado.

Se cree, inocentemente y como un hecho indiscutible, que la “culpa” de la “anorexia” la tienen las imágenes que por estos tiempos nos muestran los medios de comunicación: mujeres muy bonitas y de cuerpos superlativamente afinados.
“Todas las adolescentes quieren parecerse a ellas”, se piensa. “Esa es la causa de tan universal trastorno”.
Pero ese pensamiento es absolutamente erróneo, a mi modo de ver.

Las afágicas se someten a tan terribles privaciones porque a causa de graves trastornos psiquiátricos sienten un patológico miedo a crecer, y han creído descubrir (peor, con tanta imprudente difusión del tema SE LO HAN ENSEÑADO) que no comiendo se puede dejar de seguir creciendo. Sienten un miedo morboso a transformarse en adultas.
Antes hemos hablado de la crisis de identidad de los adolescentes. Del gran drama que soportan al tener que dejar atrás la dependiente pero cómoda niñez para ir rumbo a una adultez forzosamente responsable que les exigirá el autoabastecimiento, proceso que es naturalmente irreversible.
Una inmensa cantidad de muchachas, y algunos varones (las mujeres son muchísimo más abundantes que los varones en estos problemas simplemente porque en ellas se notan muy rápidamente los cambios corporales que las alejan de la infancia), han descubierto que para “prolongar la niñez” con dejar de comer es suficiente. El Peter Pan que todos llevamos dentro, aparentemente puede cumplir con su ilusión: –Ya no crezco más.
Si conoce usted a alguna afágica habrá notado que su cuerpo es igual al de una niña, tan pero tan niña que ni siquiera menstrúa (como las niñas de verdad).

La solución de este problema es terriblemente complejo.
Hasta ahora los resultados obtenidos con los casi torturantes métodos de los grupos de autoayuda han sido menos frustrantes que los tratamientos psiquiátricos, y estos algo menos decepcionantes que las terapias psicológicas.
A pesar de toda esa ayuda, los padecientes de afagia llegan, en gran número, desgraciadamente, a la muerte por inanición.

Las hipo u oligofágicas sufren un trastorno con muchas mejores expectativas. Ellas, simplemente, quieren lucir “un cuerpo a la moda”. Les han enseñado otra manera diferente de poner de manifiesto las naturales rebeldías adolescentes: no comen para poder parecerse a las esqueléticas modelos que ven en las revistas y en la televisión.
Gracias a Dios, algunos países, como Inglaterra y España, por ejemplo, ya han legislado para poner coto a la exhibición de modelos con cuerpos tan magros. Sería fantástico que esa actitud se universalizara.
Si fuese yo legislador propondría que cada vez que aparezca la imagen de una modelo luciendo algún tipo de ropa, se ponga al pié la edad de ella. Es de uso común el maquillar a niñas, inclusive a algunas que aún no se han desarrollado, para que tengan el aspecto de señoritas de veinte a veinticinco años. Lo que se consigue es que adolescentes de esas edades quieran lucir el cuerpo de las que ven en las pasarelas (-Si ellas tienen mi edad-, creen, -por qué yo no puedo tener un cuerpo igual que el de ellas-). Pero a causa de la grasa sexual que han desarrollado, solo lo pueden conseguir si se carencian tanto en su alimentación como para reducir su masa muscular, y, luego, su grasa sexual femenina.

La solución de este problema es bastante más simple, a mi juicio. Una firme y vigorosa actitud de los padres o de los encargados de su crianza ante un problema que no pasa de ser, con perdón de los psicólogos y psiquiatras por la simpleza de mis razonamientos, más que un furibundo capricho adolescente, podría solucionarse en breve tiempo.
Claro que al principio es muy difícil diferenciar a una hipofágica de una legítima afágica, pero, afortunadamente, hay suficiente tiempo como para distinguir unas de otras.
Si poniendo límites estrictos, como el prohibirles desarrollar sus actividades juveniles si no aceptan alimentarse correctamente, no se consigue nada, o, peor, el cuadro empeora, es que se está en presencia de una afágica, por lo que las actitudes a tomar han de ser más drásticas, severas y urgentes: llevarlas a un grupo de autoayuda, por ejemplo.

He conocido el caso de muchas hipofágicas que cambiaron su actitud ante la férrea actitud de sus padres: –¿No quieres comer?, está bien... Pero no saldrás de esta casa hasta que lo hagas.
Casi invariablemente, en esos casos, después de dos o tres días de claustro, la situación comienza a revertir. En casos un tanto más complejos, luego de una terapia psicológica breve el problema empezó a solucionarse.

También, desgraciadamente, me he enterado de otros en que sin importar el tiempo de encierro ni privaciones, la actitud de ellas es inconmovible. Es como si hubiesen decidido el suicidio por inanición. Es allí en donde hay que tomar actitudes heroicas.

El problema de tipificar a afágicas e hipofágicas bajo el común denominador de ANOREXICAS, es que se deciden las mismas actitudes para unas que para otras; y como la inmensa mayoría no son mas que rebeldes adolescentes del grupo de las hipofágicas, se las somete, exageradamente, a los torturantes pero necesarios tratamientos que sí debe darse a las afágicas con el objeto de salvarles la vida.

He escuchado y leído infinidad de veces que alrededor de un veinte por ciento de las anoréxicas muere a causa de su problema (estos porcentajes hace unos años eran mayores, y están descendiendo a medida que pasa el tiempo, gracias a Dios). Pues estoy convencido que todas las que mueren son afágicas, y las que sobreviven son en su inmensa mayoría hipofágicas.
Es por todo esto que creo conveniente que cambiemos los sustantivos que las denominan.
Si cambiamos el modo de expresarnos, forzosamente cambiará nuestra actitud terapéutica (y estoy convencido que cambiará para mejor).


Próxima entrega: “HIPÓTESIS SOBRE LOS PUNTOS DE VISTA REFERIDOS A LA BULIMIA”

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