27 enero, 2007
Mito cuatro
MITOS EN MEDICINA
(nunca creas ciegamente en todo lo que leas o en todo lo que escuches... ni aún en lo que está anotado en este blog)
4º MITO: EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIGASTRÍTICOS O LOS ANTIULCEROSOS
Aquí tendremos que volver a hacer una breve descripción elemental del funcionamiento gástrico.
Habíamos dicho que el estómago es la segunda porción de los “tubos digestivos”. Que está después del esófago y que es el tubo más ancho de todos. Que en él se realiza una importante función, a saber: los alimentos que ingerimos se mezclan allí, durante tiempos variables, según la calidad de ellos, con un humor extremadamente ácido que el mismo estómago produce, y que se denomina “jugo gástrico”. Con todo eso, luego de ese tiempo variable, se forma una papilla llamada quimo, que más tarde va pasando con mayor o menor velocidad, de acuerdo al contenido graso que el quimo tenga, al intestino delgado para su absorción (digestión).
Ese humor tan ácido lo elaboran células especiales que están en casi toda la superficie interna del estómago. Pero está todo tan bien pensado, que para que ese potente ácido no ataque a la propia pared que lo elabora, esa misma pared fabrica un moco que la tapiza íntegramente, y que es resistente a ese poderoso agente corrosivo. Si esa mucosidad protectora se altera de alguna manera (en su calidad o en su cantidad), el jugo gástrico ataca a su propia “fábrica”, por lo que se producen desde pequeñas a grandes inflamaciones (eso es la gastritis), o, directamente destrucciones de los elementos que forman esa pared (esas son la úlceras), en las que está implicada una bacteria llamada Helicobacter Pylori, que, según los últimos estudios y la evidencia, es la productora de ellas. Esa bacteria debe ser aniquilada con antibióticos y con un fuerte descenso de la acidez gástrica (si hace treinta años alguien hubiese augurado que en algún tiempo las úlceras gástricas serían “curadas con antibióticos”, hubiese ido a parar a un instituto psiquiátrico).
Desde siempre se sabe que el dolor o la “pirosis” (quemazón, acidez -Palabra derivada de Piro = fuego-), se combate ingiriendo cualquier alimento, especialmente lácteos, que al absorber gran parte deljugo gástrico
-especialmente los lácteos, que al ser “alcalinos” (lo contrario de ácido) lo
inhiben más rápidamente-, el problema se alivia.
Desde hace muchas décadas, los farmacólogos han estudiado substancias que evitaran esos síntomas (o que los eliminaran cuando estaban ya instalados).
Entonces descubrieron que los hidróxidos de calcio o magnesio, elaborados en cómodos comprimidos que se podían transportar en los bolsillos o en las carteras, inhibían rápidamente la acción del tan corrosivo ácido. Más adelante se les agregó el hidróxido de aluminio, que tiene la particularidad de casi reemplazar al “moco protector”. (Antiguamente se usaba el bicarbonato de sodio, que por ser alcalino anulaba la acción del ácido jugo gástrico. Pero como después se descubrió que el estómago, porfiadamente, trataba de conservar su acidez cuando se la inhibía con bicarbonato, y la compensaba redoblando la producción ácida, se lo proscribió. Lo mismo que pasa ahora con la leche, que, también por ser alcalina -aunque mucho menos que el bicarbonato-, produce la misma reacción gástrica que él).
A fines de la década del setenta, se produce una revolución: aparece un fármaco, la simetidina, que disminuye la producción de ácido clorhídrico (el principal componente del “jugo gástrico”). Unos años después, tratando de eliminar los efectos secundarios de ese medicamento, se crea la ranitidina (que aún se utiliza). Al finalizar los años ochenta salen a la luz los denominados “inhibidores de bomba de protones”, productos químicos que, actuando molecularmente, impiden la correcta formación del ácido clorhídrico. El primero fue el Omeprazol, al que siguieron los demás “Prazoles”, todos integrantes de la misma familia farmacológica, pretendiendo disminuir, cada vez más, los efectos secundarios (así funciona la ciencia de la farmacología).
Los laboratorios nos los presentaron, y empezamos a prescribirlos. Y es aquí en donde surge el motivo de esta charla: ¿Cómo prescribirlos?
Cuando recibía a cada visitador médico que me presentaba a su “nuevo y maravilloso prazol”, escuchaba de ellos que el paciente debía consumirlos a la mañana y en ayunas.
-¡¿Cómo en ayunas y a la mañana, están locos?!- les protestaba (Si habré discutido con ellos…).
Paso a explicarle el porqué de mi acalorada cuestión.
Supongamos que un padeciente de gastritis toma, por ejemplo, un comprimido de pantoprazol de 20 miligramos (es la dosis usual) a las siete de la mañana (es la hora en la que uno suele estar en ayunas). El organismo, lentamente, lo va metabolizando y eliminando, de tal suerte que cuando llegan las 23:00 hs. y se va a dormir, en su cuerpo no quedan más que 5 o 6 miligramos.
La comida, cualquiera, produce un efecto antiácido al absorber gran parte del jugo gástrico presente, para comenzar el primer gran paso de la digestión, como vimos más arriba. Obviamente ese efecto antiácido es más o menos duradero de acuerdo a la calidad del alimento o la bebida que se consuma. Eso lo saben bien los que padecen o han padecido gastritis o úlceras: cuando comienzan los síntomas molestos (dolor, ardor…), un bocado o un trago de algo son “la cura milagrosa” por un ratito (los síntomas desaparecen instantáneamente).
Pues en la noche, mientras estamos durmiendo, nuestro estómago estará vacío por siete u ocho horas, durante ese lapso no hay nada que mitigue la acción del tan corrosivo jugo gástrico. El Pantoprazól tiene esa acción, pero a esas horas hay tan poquito circulando por nuestra economía, que, prácticamente, el efecto que pueda causar es despreciable.
Por todo esto: LOS PRAZOLES DEBEN TOMARSE UN RATO ANTES DE IR A DORMIR.
Si alguien que lee esto está tomando, o conoce a alguien que consume estos medicamentos, en lugar de a la mañana tómenlos antes de ir a la cama. En tres o cuatro días notarán la enorme diferencia en los resultados terapéuticos.
Trigésimo primera entrega: "¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DA SÍNTOMAS? ¿CUÁLES?"
21 enero, 2007
Mito tres
MITOS EN MEDICINA
(no hay enfermo más intratable que el que tan solo "cree" que lo está)
3º MITO: LOS ATAQUES DE HÍGADO
¿Quién no ha tenido en varias oportunidades un “ataque de hígado”?
Pero cuando en la consulta uno pregunta detalles, resulta que tan solo algunos han tenido algo relacionado al complejo hepatobiliar: un cólico biliar (en algunas personas, se forman cálculos -pequeñas concresiones sólidas- dentro de su vesícula. En un determinado momento uno de esos cáculos se escapa del órgano en cuestión, y se mete en el "colédoco", que es el pequeño tubo que lleva la bilis hacia los grandes tubos digestivos. Ese cuerpo extraño dentro de tan pequeño conducto, hace que sus paredes se contraigan -se espasmodicen- produciendo un dolor casi insufrible), cólico, decíamos, pero eso no es “un ataque de hígado”. Lo que han sufrido no es sino un traspié que les ha dado su vesícula. Decir que un cólico biliar es un ataque de hígado, es como decir que una cistitis es un ataque de riñón. La vesícula, a diferencia de la vejiga, está “pegada” al hígado, pero fisiológicamente están igual de distantes las dos: la vejiga sirve para guardar la orina entre micción y micción, la vesícula para guardar la bilis entre digestión y digestión.
Uno, anoche, ha comido huevos fritos, y esta mañana se ha levantado con “molesto dolor en el hígado”, náuseas, vómitos y dolor de cabeza. Los que le rodean diagnostican, con la mayor de las certezas, “esto es un ataque de hígado” (es muy seguro que usted alguna vez lo sintió o lo diagnosticó, o, peor, algún médico hizo el diagnóstico). Pero están todos errados.
Veamos las causas del error, y perdonémoslos, lo hacen sin maldad.
Hablemos un poco de fisiología hépatobiliar elemental.
La bilis es un líquido (un humor) digestivo maravilloso, y el colesterol es su componente fundamental. Todo lo que los intestinos delgados absorben (eso es “la digestión”), ha de ser soluble en agua. Las grasas no podrían ser digeridas si no existiera la bilis (Vamos, que si no existiera la bilis, tampoco existiríamos nosotros). Ella, que contiene jabones, hace a las grasas de la ingesta solubles en agua (igual que los jabones que usamos para el aseo). Esa solubilidad hace que sean absorbibles, digeribles quiero decir.
El huevo, para seguir con el ejemplo conque iniciamos este discurso, es muy “COLAGOGO”, lo que quiere decir que exige que la vesícula le provea de mucha bilis, para que pueda ser asimilado al máximo.
Pero aquí entra la cultura. Es absolutamente usual que quien come huevos fritos lo haga acompañado de mucho pan (para sopar en la riquísima yema apenas coagulada -no son muchas las cosas más ricas que eso-).
Y cuando uno come grasas y almidones, está exigiendo al máximo su capacidad digestiva (podría uno decir, sin pretender exagerar en las especulaciones, que “está abusando de ella”).
El comer muchas grasas (el huevo frito tiene muchas), hace que la vesícula provea de mucha bilis, que junto con mucho almidón hacen un desastre. Porque el almidón nunca se digiere en su totalidad, por lo que el sobrante llega al intestino grueso para luego ser eliminado. Pero ocurre que el intestino grueso está plagado de bacterias (no se asuste, son amigas, y hasta nos proveen de la fundamental vitamina K, entre otras cosas), plagado de bacterias, decía, para las que el almidón es el más sabroso de los postres. Entonces se lo “comen”, y a eso le llamamos fermentación; y esa fermentación (como todas las fermentaciones) produce gases. Y también ocurre que al colon llega la bilis sobrante, y, recordemos, la bilis tiene jabones. Y usted sabe qué ocurre cuando juntamos jabón diluido en agua y gases. Si señor: se produce espuma; y una espuma formada por burbujas muy pequeñas (parecida a la espuma de la cerveza), que, literalmente “infla” al intestino grueso, por lo que se produce el primer “síntoma de la mañana siguiente”: LA DISTENSIÓN ABDOMINAL.
El colon esta dividido en cuatro tramos: “el ascendente” (es la primera porción, comienza un poco por encima de la ingle derecha -de él esta colgadito “el apéndice”- y sube hasta la altura del hígado). Allí se dobla en un ángulo muy agudo (que en homenaje a su famoso vecino, se denomina “ángulo hepático”), y comienza el segundo tramo “el colon transverso”. Ésta es una porción más corta, y se dirige más o menos horizontalmente hacia la izquierda. Allí, a la altura del bazo, se forma otro ángulo, que esta vez, por la proximidad de ese órgano, se llama “ángulo esplénico” (del griego splen, que en castellano se traduce como “bazo”) y que casi nunca es tan agudo como el hepático. Allí se inicia el penúltimo tramo, “el descendente”, que termina en el cuarto, el “sigmoide”, llamado así porque su trayecto es muy parecido a la S griega llamada sigma (“oide” es un sufijo que significa: parecido a…).
Todo el colon está rodeado de ganglios nerviosos que coordinan perfectamente sus movimientos, a los que se denominan “movimientos peristálticos”, que tienen como función el transporte de su contenido desde el inicio del primer tramo hasta el final del cuarto, para que luego pueda ser evacuado.
Pero cuando el colon está lleno de una espuma muy apretada (como de la que hablábamos más arriba), el asunto se complica bastante, porque la espuma es plástica, entonces avanza cuando una porción del intestino la empuja hacia el final, pero retrocede cuando esa porción se relaja, y todo el trabajo vuelve a empezar. Y esa lucha constante produce dolor, dolor que se hará más manifiesto en donde más espuma se acumule: en el ángulo hepático (la espuma es más liviana que el agua, por eso se junta en ese ángulo, que es la parte más elevada del colon) Y aquí tenemos el segundo “síntoma de la mañana siguiente” EL DOLOR A LA ALTURA DEL HÍGADO, que todo el mundo, graciosamente, lo atribuye a esa noble víscera (pobre hígado).
Mucha gente padece de recurrentes dolores de cabeza (cefaleas), que suelen cursar, aparte de con intolerancia a la luz y a los ruidos, con náuseas y vómitos (y que en medicina se denomina “jaqueca”), que en la inmensa mayoría de los que la padecen se debe a una intolerancia a los fermentos del almidón. Entonces aquí quedan presentados el tercer y cuarto “síntomas de la mañana siguiente”: LA CEFALEA, y LAS NAUSEAS Y VÓMITOS.
Con todo esto tenemos perfectamente instalado “un ataque de hígado”, y espero haberlo convencido de que el pobre hígado NO HA TENIDO NADA QUE VER EN ESTE ASUNTO.
(Sé que el tema es muy difícil de explicar sin dibujos de por medio, por lo que pido perdón si no he encontrado una forma más simple de hacerlo).
Entonces entra en juego el “remedio para los ataques de hígado”: gotas o comprimidos compuestos con antiespasmódicos (generalmente “hioscina”, o “propinox”…) y analgésicos (casi siempre “dipirona”, “clonixinato de lisina”, o “paracetamol”…).
Y uno toma un compuesto de estos, y al poco tiempo los síntomas desaparecen.
El razonamiento que pueda inferirse parece lógico: -Yo tenía esos síntomas, tomé un “remedio para el hígado”, y los síntomas desaparecieron. Luego yo tenía un ataque de hígado por haber comido huevos fritos anoche.
Y todo vuelve a estar mal, equivocado.
Los antiespasmódicos disminuyen (y hasta pueden llegar a paralizar) el movimiento de los músculos lisos que forman la parte fundamental de todos los tubos digestivos, por lo que el intestino deja de luchar, y, obviamente, de doler; y el estómago de hacer sentir náuseas o de provocar el vómito.
Los analgésicos calman el dolor de cabeza, y el pequeño dolor que pueda quedar en el ángulo hepático del colon.
Pero ocurre que el hígado no tiene músculos lisos, porque el hígado ES UNA GLÁNDULA MACIZA.
Los dolores abdominales pueden ser una sintomatología muy importante, vital. No podemos trivializarlos diagnosticando, muy sueltos de cuerpo, -¡Es un ataque de hígado!
Mi familia está formada por cinco integrantes: mis tres hijos, que hoy tienen 35, 32 y 31 años (los dos últimos ya están casados y viven en las suyas), mi esposa y yo. Y juro que en todos estos años, ninguno de los cinco dijo, jamás, “me duele la panza”. Es más, en esta casa jamás ha entrado un analgésico-antiespasmódico. No formó, no forma ni formará, nunca, parte de nuestro botiquín hogareño. El motivo es muy simple: aquí no se comen harinas, salvo en muy contadas ocasiones; aquí no se beben leches ni yogures, y la naranja nunca ha sido una fruta usual en nuestras costumbres (porque ha de saber que leche, yogurt y naranjas, llenan el intestino de una espuma igual que la harina de trigo y producen las famosas y molestas DISTENSIÓNES y cólicos intestinales).
PARADOJA: la mayoría de las veces en que el hígado se enferma realmente, los pacientes que nos consultan casi nunca sospechan que el enfermo es el hígado.
Y con esto termina el mito de los ataques de hígado (¿Terminará el mito?).
Trigésima entrega: “EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIGASTRÍTICOS O ANTIULCEROSOS”
13 enero, 2007
Mito dos
MITOS EN MEDICINA
(cada cosa en su momento y en su lugar, es lo que hace al mundo andar)
2º MITO: ¿EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIINFLAMATORIOS, ANALGÉSICOS Y ANTIFEBRILES?
Éste es un tema bien complejo (simple, pero complejo –valga la paradoja-)
Hablemos un poco de fisiología gástrica elemental.
Los tubos digestivos están compuestos por el esófago, estómago, duodeno, intestinos delgados (Yeyuno e Íleon), intestino grueso (Colon), sigmoide y recto.
El estómago es lo que sigue al esófago, es la primera porción de los tubos totalmente intraabdominal (el esófago transcurre su mayor parte por el tórax). Es un agrandamiento de esos tubos, el más grande en término de diámetros. Y tiene, en su última porción, una válvula, que se denomina píloro, que se cierra herméticamente en el momento de la digestión, para transformarlo en un saco en donde los alimentos consumidos se pondrán en contacto con el “jugo gástrico” (líquido extremadamente ácido que produce el mismo estómago), durante mucho tiempo, a fin de desnaturalizarlos y transformarlos en absorbibles (esa absorción se hará en los intestinos delgados), para, así, hacerlos digeribles, con lo que cumplirán su función de nutrientes.
Todo lo que comemos, gracias a esa fundamental función gástrica se transforma en “quimo” (masa semilíquida, homogénea cremosa o pastosa). Luego de esa formación del quimo, el píloro se abre, apenas, para dejar pasar una pequeña porción de esa masa con el objeto de que células especiales del duodeno la analicen. Si el quimo tiene mucha sustancia grasa, el píloro se abrirá muy poco, para que todo salga del estómago lentamente y así darle tiempo a la vesícula biliar para que envíe la bilis necesaria como para hacer solubles en agua a todas las grasas (nada atraviesa las paredes del intestino delgado si no es soluble en agua –hidrosoluble-). Si el quimo tiene muy poca, o nada, de grasas, la apertura se hace muy completa y rápidamente.
Creo que todo se ha expresado sencilla y acabadamente (no hay mucho más que decir).
Ahora viene el problema.
Todo el mundo “sabe” que los medicamentos antiinflamatorios, analgésicos y/o antifebriles, se han de tomar con “el estómago lleno”. Es más, en los prospectos de esos medicamentos, generalmente dice así. PERO ES INEXACTO, ES UN MITO.
Veamos el porqué:
Todos esos tipos de medicamentos son GASTROLESIVOS (hacen daño al estómago, producen gastritis, y a veces úlceras muy graves). Los que se llevan “todos los premios” son el piroxicam y la aspirina. Pero todos los demás también son culpables en mayor o menor medida.
Pero muchos son muy efectivos.
-A mi me calman mucho, pero “me destruyen el estómago”. ¿Qué hago?
-Es muy simple, tómelos con el estómago vacío, y acompañados de un vaso entero de agua, inmediatamente antes de las comidas.
Este simple consejo hace maravillas.
Veamos cómo.
Cuando el estómago está vacío, su válvula inferior (el píloro) se encuentra abierto, para que lo que bebamos, la saliva, y el mismo jugo gástrico no se acumulen en él.
Si en ese momento tomamos un comprimido antiinflamatorio, acompañado de un vaso entero de agua, no le daremos tiempo al píloro para que se cierre, por lo que pastilla y agua seguirán hasta el intestino delgado.
Allí será absorbido y se diluirá en cinco litros de sangre, por lo que cuando esa sangre pase a nutrir a la pared del estómago, la concentración del fármaco será tan ínfima que no podrá hacerle tanto daño.
En cambio, si lo tomamos con el estómago lleno, como la válvula está cerrada, el fármaco será absorbido por la pared gástrica, con lo cual se lesionará la capa mucosa que lo protege de su propia acidez, y allí se verán los “daños”.
En estos momentos los antiinflamatorio, antirreumáticos, que más utilizamos son el diclofenac, la nimesulida y el meloxicam (hay otros, pero no son de uso común). Todos son gastrolesivos, pero si se los toma en las dosis recomendadas, CON EL ESTÓMAGO VACIO, Y ACOMPAÑADOS CON UN VASO ENTERO DE AGUA, y, mejor, si se come detrás, le aseguro que su tolerancia se decuplicará. Haga la prueba y cuénteme los resultados. Es más, si la aspirina le hace mal al estómago, pero debe tomarla porque su cardiólogo o su neurólogo, o su clínico se la han recomendado, hágalo desde mañana en ayunas, disuelta, y acompañada de un vaso entero de cualquier líquido, y me refiero a la aspirina común, no a esas que “vienen recubiertas de una capa gastrorresistente”, que son mucho más caras y de cuya gastrorresistencia yo desconfío.
Luego hablamos.
Próxima entrega: (esta vez sí) “LOS ATAQUES DE HÍGADO”
07 enero, 2007
Mito uno
MITOS EN MEDICINA
(De chico, médico y loco, todos tenemos un poco)
Ese último aserto es una genialidad, y una genialidad universal, ya que no existe nadie que pueda estar definitivamente en contra.
Pero estoy seguro que de “médico” es de lo que todos tenemos un poquito más.
¿Quién no opina sobre el problema de salud que le cuenta su interlocutor? (inclusive hasta cuando el interlocutor es médico).
¿Quién no aconseja a alguien que sufra de algo, hacer alguna cosa que a él le ha hecho bien cuando sufrió de algo parecido?
¿Quién jamás no ha intentado disuadir a algún enfermo para que no tome lo que el médico le recetó, porque a él, o algún conocido, la misma medicación le ha hecho mal?
La medicina es tan antigua como la misma raza humana.
En el 99,9 % del tiempo transcurrido, “desde el primer día”, fue empírica. En el 0.01 % de ese tiempo, en los últimos siglos, se hizo científica (pero aún no hemos podido sacarnos el empirismo de la cabeza. Por lo que podría uno preguntar, haciendo de paso un mea culpa, ¿Qué médico no actúa, aunque sea una vez por día, empíricamente?
Todo esto podría parecer hasta simpático, si no fuese porque mucha de nuestras opiniones están erradas a causa de que muchas veces usamos un razonamiento basado en nuestra “experiencia” más que en la ciencia, y cuando hablo de experiencia no descarto a la de nuestra vida pre-médica (es que los médicos también somos humanos, y, después de todo, el haber estudiado para aprender a pensar como médicos, nos da esa licencia…).
El empirismo de siglos ha creado un sinfín de mitos, muchos de los cuales se han desterrado (ahora, por ejemplo, las mujeres se pueden bañar, y hasta en la piscina, mientras estén menstruando, cosa que era prácticamente un suicidio hasta hace no más de algunas décadas).
Pero muchos otros mitos siguen vivitos y coleando, y aún sostenido por los mismos médicos (incluyendo a especialistas en los temas a los que se refiere el mito -el de que el exceso de calorías produce gordura es un buen ejemplo, que ya hemos visto-).
Por todo esto, a partir de hoy, trataremos de razonar científicamente para erradicar la mayor parte que se pueda de los mitos que aún perduran. Ruego a los lectores del blog que cuando alguna aseveración sobre cuestiones médicas les parezca dudosa (o mítica) me la comuniquen. Así trataremos de hacer más abundante esta desmitificación. Y también pido a mis colegas su colaboración.
No vamos a crear “una nueva medicina”, pero si es seguro de que vamos a ayudar a mucha gente. A esa que cree en los mitos a pié juntillas (por ejemplo en el “empacho” y esas tonterías).
1º MITO: "EL CALOR SECO ES BUENO PARA EL REUMA, EL CALOR HÚMEDO ES MALO".
Quizá éste sea unos de los mitos más antiguos.
Desde tiempos inmemoriales el ser humano observó que en los días de humedad sus articulaciones enfermas estaban más doloridas que en los días secos. Y, efectivamente, así ocurre. Tanto es así que la vieja recomendación de tratar con calor a esas articulaciones más adoloridas que de costumbre, es a condición de que la fuente de ese calor sea seca:
-Bolsa con arena caliente, o secador de pelo, aconseja el médico.
-¿Y la bolsa de agua caliente?
-¡¡¡NOOO!!! eso es calor húmedo.
-Pero mi bolsa no está pinchada. Es nueva y permanece estanca.
-Pero esta llena de agua, y ¿conoce usted algo más húmedo que el agua?
-Bueno, pero… ¿Podré irme algunos días a meterme en las aguas termales?
-¡Eso estaría muy bien...!
Esta conversación, muy parecida a una “conversación de locos”, se desarrolla miles de veces por día entre los pacientes con patologías articulares y sus médicos, y muchos de los que están leyendo esto, o algunos de sus parientes, la habrán tenido en términos semejantes.
Expliquemos el origen del disparate (un clarísimo ejemplo de lo que es una “errónea interpretación de la evidencia”).
Como decíamos al principio, desde el inicio de los tiempos el hombre observó que en los días húmedos sus dolores articulares se hacían más intensos (o dolían sus antiguas fracturas, o sus viejas heridas, quirúrgicas o no). Es más, a muchos les llegó (y les llega) a servir de pronóstico del tiempo atmosférico:
-Va a llover, me está doliendo mucho el juanete… (Y lo más probable es que la lluvia acompañe a ese empeoramiento premonitorio).
Y todo, se verá, tiene su lógica.
En el hemisferio sur, cuando hay viento norte; y en el hemisferio norte, cuando hay viento sur; como el viento es cálido, la presión atmosférica desciende rápidamente. Y junto con ella aumenta la humedad relativa del ambiente, porque esos vientos, aparte de cálidos, son húmedos.
Lo que percibimos inmediatamente es la humedad. Nuestra economía carece de receptores barométricos (de presión de la atmósfera), SALVO QUE UNO TENGA UNA ARTICULACIÓN ENFERMA, O UNA VIEJA FRACTURA, O…
Exceptuando al tórax y al abdomen, el resto de nuestra anatomía tiene la misma presión que la atmosférica. Cuando hay un descenso brusco de ella, se produce una expansión de nuestros tejidos para igualarse a la nueva presión ambiental (cosa que ha de demorar entre dos y tres días), y es esa expansión brusca la que produce el agravamiento de los dolores, Y NO LA HUMEDAD QUE, GENERALMENTE, ACOMPAÑA A LOS DESCENSOS DE PRESIÓN.
El calor es bueno en si mismo porque es míorrelajante (relajante muscular). En los procesos reumáticos de la columna, el 90 % del componente “dolor”, es a causa de la contractura muscular que se produce para evitar que se mueva la, o las articulaciones comprometidas. Lo bueno es el calor, punto. No importa el origen de él (al fin y al cabo estamos rodeados de una capa de piel totalmente impermeable al agua ¿No?).
“Lo que mata es la humedad…”, es una voz popular en estas tierras rioplatenses. Y como los argentinos hablamos en octosílabos, encima queda más poético que decir:
“Lo que mata es el descenso brusco de la presión atmosférica…” (decididamente, ese último comentario no es elegante para nosotros: un nonodecasílabo es contracultural ). Pero al fin y al cabo: no será elegante, pero es muy cierto.
Próxima desmitificación: “LOS ATAQUES DE HÍGADO”
01 enero, 2007
Entrega veintiseis
(Este es el noveno capítulo de mi cuarto libro: “POBRES GORDOS…!”)
Hagamos las cosas bien, o no hagamos nada.
Más atrás le he comentado que el adelgazamiento, incluida la perpetuación de ese estado, ha de ser el producto de un cambio de hábitos alimentarios, jamás el de un razonamiento terapéutico.
Es muy probable que en este momento, o en un tiempo más, esté usted comiendo bajo ciertas reglas impuestas, seguramente por algún profesional o por un libro de moda que ha adquirido para tal fin (Dios quiera que sea por lo que ha leído en este blog).
Hay, o habrá, un cambio en sus costumbres, pero ¿cómo saber si ese cambio es o será el correcto?
Los médicos, ante cada enfermedad actuamos en forma más o menos estereotipadas. Tanto aquí como en Turquía se trata a la insuficiencia cardiaca o a la hipertensión; la gastritis o a la artritis reumatoide, por decir algunas, con los mismos medicamentos e iguales consejos higiénico-dietéticos. Los congresos y publicaciones tienen como meta final el perfeccionamiento o las modificaciones de esos estereotipos.
Esto trata de explicar mejor lo que más atrás le decía: la causa de que no haya un tratamiento uniforme y universal para la gordura, es que NO ES UNA ENFERMEDAD.
Creo que ahora es el momento de algo imprescindible: poner a su consideración lo que para mí es el DECÁLOGO de un método correcto para adelgazar, para que juzgue si lo que le están haciendo hacer (o va a hacer) es lo acertado…
O para contribuir a la confusión general (al fin y al cabo uno no es menos que los otros).
Por eso déjeme presentarle mí
DECÁLOGO DE UN CORRECTO MÉTODO PARA ADELGAZAR
1- “HA DE SER UNIVERSAL”
Este es un ítem muy importante (aunque verá que ninguno de los otros nueve tiene desperdicio).
Debe servir para todos, sin importar que quien decida someterse a él sea joven o anciano, sano o enfermo de cualquier enfermedad. Deportista o de hábitos sedentarios, y si es mujer que esté o no embarazada, o amamantando.
Vamos: NO DEBE TENER NINGUNA CONTRAINDICACIÓN. Los que tienen contraindicaciones son los medicamentos (o la comida, cuando se la usa a dosis de medicamento), y como la gordura NO ES UNA ENFERMEDAD, no se le puede ofrecer al gordo algo que tenga visos de medicación (contraindicaciones, digo).
2- “SERÁ VARIADÍSIMO EN LA CALIDAD DE LOS ALIMENTOS Y EN SU MODO DE PREPARACIÓN, Y CASI SIN LÍMITES EN LAS CANTIDADES PERMITIDAS”
En realidad, un método adelgazante que se base exclusivamente en la alimentación, y que tenga como ambiciosa meta “ser el último”, no debe prohibir definitivamente nada que sea comestible o bebible, y las cantidades serán lo suficientemente abundantes, y sin frecuencia reglamentada de ingestas, como para que todos puedan saciar su hambre (o su apetito) en el momento que sea. Porque si uno no limita las cantidades pero establece horario, también está “prescribiendo”, y los médicos prescribimos para tratar enfermedades y LA GORDURA NO ES UNA ENFERMEDAD. (Verá como de tanto leer esta sentencia, poco a poco se irá convenciendo).
3- “DEBERÁ RESPETAR LAS COSTUMBRES CULINARIAS DE CADA UNO”
Esto es fundamental. Si uno pretende que sea universal ha de servir a todos, diría Perogrullo. Eso de “cambiar hábitos” está bien, pero que a nadie se le ocurra cambiar ABSOLUTAMENTE TODAS las costumbres que les han transmitido sus ascendientes. Que un judío pueda comer como comen los judíos, y un romano como los romanos. Tonto el que pretenda que un norteamericano coma como un argentino, …y un argentino como un pajarito.
4- “NADA DE LO QUE PERMITA DEBE SER OBLIGATORIO”
Algo desagradable está bien si es algo transitorio (un jarabe agrio y amargo para calmar la tos, por ejemplo), pero si uno pretende una reeducación alimentaria, no puede obligar a consumir a su congénere lo que quizá sea para él peor que un jarabe agrio y amargo, y, encima, para siempre. Eso podría ser utilizado, y en la práctica es la excusa perfecta en la mayoría de los casos, para abandonar todo. Y hasta el más tirano de los médicos deberá admitir: -Tiene razón…
5- “ESTARÁ AL ALCANCE DE TODO PRESUPUESTO”
Esto es fundamental, máxime en las épocas que estamos atravesando (Nota del autor: el libro del cual se ha extraído este capítulo para adicionar al blog, fue escrito en 1992). Muchas veces me he reído, con perdón por la descortesía, de tratamientos que necesitan de una posición económica elevadísima para poder ser llevados a cabo. Siempre recuerdo “La dieta del Champagne”, que se explicaba en una revista semanal de hace algunos años, y que se panegirizaba diciendo que era la que hacía una famosa estrella de cine de EE.UU. (sinceramente no recuerdo quién). ¡Pobres tontos embaucadores!, o ¡Pobres ilusos embaucadores!, elija usted lo que le parezca mejor.
6- “EL BALANCE DE NUTRIENTES DEBE SER HECHO POR EL MISMO ORGANISMO”
Este es un punto muy especial.
Estamos dotados los animales de una maravillosa computadora para subsistir. Nuestro casi mágico organismo se encarga de incorporar o desechar los alimentos que nos hagan o no nos hagan falta. Inclusive, recuerde, la incorporación de más carbohidratos que los necesarios para la subsistencia cotidiana, se transformarán en grasa de reserva para eventuales épocas de escasez, gracias a un mecanismo fisiológico y normal (del que los gordos reniegan, y se les comprende). Pero los humanos, por una incapacidad fisiológica de la especie, no podemos guardar reservas de las proteínas y grasas que comemos, para futuras posibles épocas de carencias.
Si alguno cree y afirma que comiendo muchas grasas y proteínas, los humanos podemos guardarlas para cuando falten, le ruego me explique el mecanismo íntimo de ese atesoramiento. Agradeceré infinitamente (y los lectores del blog también, por supuesto) esa colaboración..
7- “DEBE PERMITIR, CON ALGUNA FRECUENCIA, ERRORES Y TRANSGRESIONES”
Nadie está libre del “pecado” de las tentaciones; ni del compromiso social “ineludible”, en donde todo lo que se ofrece para comer y beber no es lo santo que debiera.
Un buen método para adelgazar y mantenerse así definitivamente, podrá eliminar el goce, pero jamás el placer que depara la comida. Nadie está gordo porque comió mucho pan dulce en la navidad del 98. Ni siquiera existe gordo que lo esté porque en sus vacaciones “se comió todo”. Recuérdelo, por favor, ha sido LO COTIDIANO y no LO EVENTUAL lo que lo ha engordado.
8- “PROMOVERÁ UN LENTO ADELGAZAMIENTO”
Siento que esto no le va a gustar nada, pero qué puede uno hacer.
Un lento adelgazamiento es fundamental para permitir su adaptación a una nueva estructura física, a una nueva forma de su cuerpo, lo que evitará un brusco cambio en su personalidad que, como ya vimos, es insoportable, y la causa número uno de los abandonos, aunque parezca mentira.
9- “PERMITIRÁ QUE CADA CUERPO LLEGUE, NATURAL Y FISIOLÓGICAMENTE A SUS MEDIDAS ÓPTIMAS”
Esto hará posible dejar de lado a las peligrosas tablas de ”pesos y alturas”, que deberían ser desterradas por totalmente anticientíficas, y de las que ya hemos hablado suficientemente en la Décima entrega (Novena Hipótesis), aunque, me corrijo: nunca es suficiente.
10- “DEBERÁ PREDISPONER A PERPETUAR LOS LOGROS”
Usted ya lo sabe, pero conviene recordarlo cada vez que se pueda, que otro de los motivos principales de los fracasos es el “error de metas” que los gordos tienen: Ellos no quieren adelgazar, sino no volver a engordar después de haber adelgazado.
El fin de un buen método nutricional es lograr que el “comer bien” sea un hábito.
Si lo que usted está haciendo concuerda con todos los ítems de este decálogo, ¡adelante!, todo irá bien si tiene paciencia. Y si sospecha que NO TIENE NECESIDAD, no se preocupe, creársela ha de ser el trabajo del buen médico a quien está consultando o va a consultar. Tenga confianza.
Si no coincide con todos, pero sí con la mayoría, siempre hay una posibilidad de que todo salga como usted espera.
Si no concuerda con casi ninguno, le sugiero abandonar el intento (aunque usted crea que le está dando grandes resultados), y esperar la ocasión de encontrar un nuevo camino.
Ya vendrán tiempos mejores.
Más abajo, he anotado en forma destacada, el decálogo completo.
Imprímalo, enmárquelo y cuélguelo en el lugar más visible de su casa.
DECÁLOGO DEL CORRECTO MÉTODO PARA ADELGAZAR
1. DEBE SER UNIVERSAL.
Próxima entrega: “Mitos en la medicina”
¡¡FELIZ AÑO NUEVO PARA TODOS!!
