19 febrero, 2007

 

Mito seis

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MITOS EN MEDICINA
(cuántas cosas perdemos de gozar porque la cultura popular dice que son dañinas)

6º MITO: ¿SE PUEDEN COMER VERDURAS DE HOJA Y ALIMENTOS QUE CONTENGAN SEMILLAS MUY PEQUEÑAS CUANDO SE TIENEN DIVERTÍCULOS EN EL INTESTINO GRUESO?


Si es usted uno de los portadores de tan universal patología, es harto probable que me conteste con un NOOO! Es más, es muy posible que me diga que varios médicos se lo prohibieron con el argumento de que la celulosa de las verduras de hoja y las semillitas de, por ejemplo, los tomates, pueden producirle una inflamación de uno o más divertículos (lo que en medicina llamamos “diverticulitis” -el tener el intestino grueso con divertículos se llama "diverticulosis"-), cosa que puede desencadenar un evento mucho más grave: la peritonitis.
Trataré de convencerlo de que esto no es más que otro mito.

Una pequeña lección de anatomopatología básica.


El intestino grueso (colon) es el penúltimo tubo del aparato digestivo (el último es el recto, que termina en el orificio anal).
Comienza en lo que llamamos “ciego” (porción de donde está colgado “el apéndice”) con diámetro de entre 8 y 9 cm., y termina en el “sigmoide”, inmediatamente antes del recto, que tiene un diámetro de entre 2 y 3 cm.
Su largo total es variable, y va, usual y normalmente, de los 90 a los 120 cm. (lo que lo nos pone a mitad de camino entre los herbívoros y los carnívoros estrictos -recuerde que los humanos somos herbívoros no estrictos-).
Su pared está formada por tres capas. La más interna es la que denominamos “mucosa”, en ella se realizan trabajos de absorción, fundamentalmente de agua y sales.
La capa media es la “muscular”, ya que está formada por músculos de estructura muy especial, que hacen los movimientos para los que está diseñado.
La capa más externa se denomina “serosa”, y es parte de lo que conocemos como “peritoneo”.
Obviamente toda esta pared recibe sangre, que le entrega sus nutrientes y el oxígeno necesario como para mantenerse viva y funcionar. Esa sangre llega por arterias (y vuelve al corazón por venas), que, juntas a nervios, forman un complejo de arteria, vena y nervios que se denomina “paquete vasculonervioso”.
Esos paquetes penetran en el colon por orificios que le permiten llegar hasta la mucosa.
La luz del colon (llamamos así al espacio interior que limita “la pared colónica”) se encuentra a una determinada presión (siempre mayor a la atmosférica) producida por los gases de la fermentación de los alimentos. Presión, que si es normal, la pared muscular soporta perfectamente. Pero cuando esa presión se hace mayor en forma permanente, la pared de él se ve sometida a esfuerzos que generalmente no puede soportar.
Por eso, lentamente (en el transcurso de años), esa presión aumentada continuamente, va empujando hacia fuera a la capa mucosa (la más interna), a través de los orificios que permiten la entrada de los “paquetes vasculonerviosos”, y también empuja a la capa serosa (la más externa), formando una bolsita que cuelga de la parte externa de la pared del colon, y con el que se comunica por un orificio (el que servía de entrada al paquete vasculonervioso) ahora dilatado. ESO ES UN “DIVERTÍCULO”. (Es una pena que no haya aprendido a dibujar en estos mensajes. Si lo hubiese hecho usted entendería todo mejor, pero trataré de arreglármelas solo con las palabras. Si hay algo que no entienda, le ruego me lo pregunte y se lo explicaré de otra forma).
En resumen: esa es la anatomopatología de los famosos divertículos.

Muchas veces, los divertículos son tantos en una pequeña porción del intestino, que los cirujanos deben operar para quitar esa porción, y así evitar el riesgo siempre presente de una diverticulitis.
Y cuando examinan la pieza operatoria descubren que dentro de cada uno hay pequeñas semillas (de tomates, uvas, kiwis…), y de fibras de celulosa de las hojas verdes (que los humanos no podemos metabolizar, por lo que tenemos que defecarlas, pero antes de eliminarlas se depositan en ellos. Normalmente esos elementos salen del divertículo al ser arrastrados por el moco que continuamente fabrica la mucosa) De allí el error: se pretende que son ellos los que producen la tan dolorosa y temida “diverticulitis”. De allí la prohibición de su consumo. Pero están equivocados.

La DIVERTICULITIS se produce cuando la presión intraintestinal es tan grande (recuerde que la pared de un divertículo tan solo está formada por mucosa y serosa), que “infla” a cada uno de ellos. Esa hipertensión intraluminal en cada divertículo, aplasta al paquete vasculonervioso, por lo que la pared mucoso-serosa comienza a sufrir “isquemia” (falta de oxígeno). Si esa isquemia se prolonga, se produce un “infarto” (muerte de los tejidos por falta grave de oxígeno), luego ruptura del divertículo; y, como consecuencia, salida hacia los espacios interintestinales de materias fecales de dentro del intestino grueso, lo que infecta al peritoneo, y son la causa de la famosa “peritonitis”.

Entonces, lo que produce esas isquemias y esos infartos, no son las semillitas o las fibras de celulosa, sino la hiperpresión intraluminal del colon.
La pregunta del millón es ¿Qué es lo que produce esa hipertensión intracolónica?
Y la respuesta es muy simple: los alimentos que en el colon producen espuma (ya lo hemos visto):
leche, yogures, quesos blandos, naranjas y mandarinas, y la harina de trigo.
Siendo realistas, las harinas no pueden suprimirse totalmente de la dieta de cada uno, pero si disminuimos su consumo al mínimo indispensable a que obligan “las circunstancias”, y eliminamos de nuestra mente que en el mundo existen la leche (que puede ser reemplazada por crema de leche, ya que esta casi no contiene lactosa, que es el azúcar de la leche que produce, al fermentarse, la dichosa espuma), los yogures y los cítricos mencionados, les aseguro que el tener divertículos no ha de ser muy diferente a tener ojos verdes.

Próxima entrega: ¿EL “EMPACHO” ES ALGO REAL O ES FANTASÍA POPULAR?

11 febrero, 2007

 

Mito cinco (2da parte)

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MITOS EN MEDICINA
(a cada cosa que sintamos, tenemos el hábito de buscarle una explicación. Eso está bien. Pero si erramos, estamos condenando a un inocente. Y como el verdadero culpable sigue estando libre, puede seguir haciéndonos daño)

5º MITO (2da parte): ¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUALES? (Segunda parte)


En la entrega anterior decíamos que el hipertenso tiene un miedo morboso a que su presión se eleve por encima de ciertos límites, ya que si lo hace, piensa, podría tener “un ataque de presión”, que paralizando la mitad de su cuerpo, podría dejarlo inválido por largo tiempo, o para siempre.
Eso ha hecho que con el correr de los años se hayan adjudicado a la hipertensión “síntomas de alarma” que “avisan” a su portador que la cosa no está bien, por lo que necesita urgentemente ayuda.
Y, pobre hipertensión, los síntomas de alarma que se le atribuyen son legión, pero pura fantasía.
El más común de todo es la cefalea (dolor de cabeza).
No es un misterio el encontrar el origen de este mito.
Antiguamente, cuando no existían los modernos medicamentos antihipertensivos de los que disponemos, en la clasificación de HIPERTENSIÓN, la más grave se denominaba “Hipertensión Maligna”, y el nombre era bastante acertado, ya que por esas épocas, al que se le diagnosticaba ese tipo, moriría nunca después de dos años de efectuado el diagnóstico.
El portador de ese mal, solía tener un síntoma muy desagradable (no estaría mal si escribiéramos “torturante”).


En la entrega anterior decíamos que el cerebro controla la presión de sus arterias. Pero eso deja de ocurrir durante el sueño. Cuando uno se duerme, lentamente, esa magnífica protección va desapareciendo, hasta que más o menos luego de una hora después de habernos dormido, las arterias cerebrales tienen la misma tensión que las del resto del cuerpo. Eso hacía que, en los hipertensos malignos, comenzara a doler su cabeza. Dolor que se iba incrementando con el correr de las horas, hasta que más o menos a la tercera, se hacía tan terebrante que despertaba al enfermo a la madrugada. Él no encontraba forma de acomodar su cabeza en la almohada (“es como si la tuviera apoyada en un tronco”, me comentaban hace treinta años), lo que los obligaba a levantarse, y, misteriosamente, el dolor desaparecía, sin tomar ningún tipo de calmante, en menos de una hora y media (es que los reguladores de la tensión de las arterias intracerebrales comenzaron a funcionar en la vigilia, haciéndola descender).
Ese síntoma, que en realidad era muy raro de encontrar (yo tan solo recuerdo cinco casos en mis primeros años de médico -luego vinieron los modernos medicamentos antihipertensivos, que son tan eficaces como para haber hecho eliminar de la clasificación a la “hipertensión maligna”-).
Pero como la “cefalea de la hipertensión” fue un síntoma que duró siglos, en la actualidad, por esas cosas de los atavismos, cualquier dolor de cabeza en un hipertenso, se atribuye a un descontrol en sus cifras tensionales. Y allí va el pobre hipertenso al que le duele la cabeza, muerto de miedo, a tomarse la presión en donde primero encuentre alguien que la mida (que no quiere decir “que sepa medirla”).
Seguramente la encontrará más elevada de lo usual, porque el paciente está asustado y recién llega. La deducción lógica, basada en esas erróneas evidencias es que la hipertensión “hace doler la cabeza”. PERO ESO ES FALSO: la hipertensión no puede dar cefaleas porque, por más alta que esté, el cerebro regula la propia, y en sus arterias siempre está “normal”.
Hay muchísimas causas de cefaleas. La más común es la artrosis, o la rectificación, de la columna cervical, y la que le sigue es "la jaqueca", pero la hipertensión jamás es una de ellas.

Otro de los “síntomas premonitorios”, son “los mareos” (o vértigos, para ser más exactos en el uso del idioma común -y hago esta referencia porque en la medicina moderna la palabra “vértigo” se ha reemplazado por “mareos del tipo dos”. Qué va uno a hacerle, tenemos que cambiar la nomenclatura para que nosotros mismos nos creamos que “seguimos avanzando en los conocimientos”. Un día, en un congreso un “experto” nos explicaba que la diabetes sulfodependiente -esa que mejora tomando comprimidos-, a la que usualmente llamamos “diabetes tipo II" , a partir de ahora se llamaría “tipo 2”, usando números arábigos. Cuando pregunté el porqué del cambio, el “experto” me contestó que “porque el II romano, podía confundirse con el once”(sic). -¿Es que hay diabetes tipo 3, 5, 7, 8 ó 10?- le pregunté. Me miró con desdén, y siguió hablando muy suelto de cuerpo. Demás está decir que me levanté y me volví a casa, en donde suelo encontrar cosas mucho más interesantes que el dogma.
El vértigo (sensación de que todo gira a nuestro alrededor, o que somos nosotros los que giramos), puede tener dos orígenes usuales.
Uno es circulatorio: en la artrosis grave de cuello, al levantar la cabeza, por ejemplo para colgar la ropa lavada en el tendedero, las arterias posteriores del cuello se colapsan, dejan de llevar la sangre, y se produce un desarreglo eléctrico en un pequeño órgano del que hablaremos unas líneas más abajo, y, luego,esa fea sensación (que termina, instantáneamente, cuando uno mira hacia delante -porque las arterias se descolapsan-).
El otro, el más común, es PURAMENTE ELÉCTRICO.
Tenemos, en la parte más interior de ambos oídos, un genial aparatito al que llamamos “laberinto”, que sirve para asegurarnos el más importante de los sentidos: el sentido del equilibrio. Es el que nos da la percepción de cómo está nuestro cuerpo en el espacio (vertical, horizontal, de lado, etc.). Si uno de esos aparatitos se enferma (para ejemplo tomemos que el enfermo es el izquierdo), el derecho le dirá a nuestro cerebro que estamos verticales y mirando hacia delante (cosa que es cierta), mientras que el izquierdo -el enfermo- le informará que estamos ladeados hacia la izquierda. Esa información dispar hará que nuestro cerebro no pueda computarizarla, lo que se traduce en una sensación de que todo gira, o que no podemos caminar “derechos” (tal como a los borrachos, a los que el alcohol les trastorna sus laberintos).
Obviamente, el que estaba muy cómodo haciendo sus tarea habituales, y de golpe le ocurre, por ejemplo, que todo gira a su alrededor (o que es él el que gira), siente un enorme pánico, por lo que hace llamar a una urgencia, que lo primero que hace es tomarle la presión. Y la encuentra alta.
En esos casos la presión está elevada por dos motivos: por el terror que siente quien de golpe y sin causa aparente siente el horrible vértigo que le hace pensar en una inminente catástrofe cerebral, y por un motivo fisiológico que hace que la presión suba, por mecanismos reflejos, cuando el cerebro padece de vértigos.
MORALEJA: La presión no produce vértigos, ni mareos, ni inestabilidad de marcha, sino que todos ellos “suben la presión”.

Y el último más común de los “ataques de presión”, es el sangrado nasal (epistaxis).
El ver salir sangre de un lugar de donde no debiera (no de una herida, por ejemplo), nos produce pánico, especialmente si la hemorragia es nasal. Todos asocian a la hipertensión con este fenómeno. He escuchado, con asombro, que muchos médicos le han comentado a pacientes con epistaxis: -Menos mal que sangró por su nariz, porque si la sangre hubiese salido por alguna arteria de su cerebro……………
Me dan vergüenza ajena esas opiniones. Imagínense qué pasa por la mente del enfermo durante todo el resto del tiempo que le queda por vivir.
La sangre que sale por la nariz es a causa de que una vena dilatada (varicosada), que de pronto comenzó a sangrar (la mayor parte de las veces es a causa de lo que los Otorrinolaringólogos llaman, elegantemente, “rinodactilomanía”, que no es más que la costumbre de hurgar con los dedos las narices).
Ese sangrado nasal, produce tanto miedo que si se le toma la presión a quien lo está sufriendo, se la encontrará elevada. Entonces otra vez el comentario “descolocado”: su nariz sangra porque su presión está alta, dé gracias a Dios que fue en su nariz y no en…

En resumen:
La hipertensión “no da ningún síntoma”, es por eso que siempre decimos de ella que es UN ENEMIGO SILENCIOSO.

Entonces, la pregunta del millón es ¿Cómo sabré si mi presión está alta?
Pues es muy simple: si ya es usted adulto, contrólese la presión una vez al año, en invierno, esto es fundamental, ya que el frío eleva la presión de todos, y, especialmente, un día en que la presión atmosférica esté baja (cuando baja la presión atmosférica, la tensión arterial tiende a subir. Luego de tres días de estar la atmosférica baja, la arterial se normaliza; y, al revés, cuando la presión atmosférica sube de golpe, la tensión arterial baja, pero el tercer día de presión atmosférica alta, la tensión vuelve a sus cifras normales), que la presión atmosférica esté baja, decía, y usted haya descansado no menos de 15 minutos antes de tomarla. Si en esa toma la presión está por debajo de 150/85, no vuelva a controlarse hasta el año que viene en un día similar.
Si está en esas medidas, o superiores, consulte a un clínico. Pero sin miedos: NO DEBE TENÉRSELE TEMOR A LA PRESIÓN, SINO RESPETO (MUCHÍSIMO RESPETO).

Reiterémoslo: la presión ya ha dejado de ser el enemigo que era en el pasado. Con los nuevos medicamentos (y los que vendrán) ha pasado a ser “un mal menor”.
Y si sigue siendo mayor es a causa del terror que produce la desinformación (o la contrainformación). Tengámosle muchísimo respeto, pero jamás miedo.

Consejos para ser en hipertenso respetuoso:
Nunca dejen de tomar los remedios que su médico le indicó.
Nunca dejen de concurrir a la visita de control.
Jamás dejen que nadie les tome la presión, si no es su médico o alguno a quien él le derivó.
En invierno usen siempre sombrero (el 70 % del calor corporal se pierde por el cuero cabelludo).
Aunque sean poco sensibles al frío, abríguense como lo hacen las personas que lo rodean (siempre les digo a mis pacientes: “si uno tiene la mano anestesiada, la pone al fuego y no le duele…, pero se le quema”).
Jamás tengan un tensiómetro en casa, es un aparato que tan solo sirve para hacerlos asustar.
Si tienen epistaxis a repetición, no se tomen la presión cada vez que ocurra, y vayan a un otorrinolaringólogo para que les solucione el problema.
Si tienen dolores de cabeza con mucha frecuencia, concurran a su clínico para que investigue por qué les duele. Pero jamás se hagan tomar la presión, por más intolerable que sea el dolor, ya que si la presión está alta no les pasará nada, pero si lo saben se llenarán de angustia gratuitamente, con lo que empeorarán el cuadro de sufrimiento.
Si tienen mareos, o vértigos, o inestabilidad de marcha, vean a su clínico para que, si él no puede resolver el problema, los derive a un neurólogo. Y en esos casos tampoco se tomen la presión en plena crisis. Si ya saben que ha de estar aumentada, ¿Para qué torturarse con las cifras?
Y, reitero: aunque se sienta extraordinariamente bien, hágase tomar la presión por un médico, al menos una vez al año.

Próxima entrega: ya se verá (hay tanto que desmistificar…).

04 febrero, 2007

 

Mito cinco (1ra parte)

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MITOS EN MEDICINA
(muchas veces la creencia popular hace más daño que la más profunda ignorancia)

5º MITO (1ra parte): ¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUÁLES? (Primera parte)

La hipertensión arterial es el segundo trastorno crónico de salud de toda la medicina (el primero son los trastornos producidos a causa de la mala alimentación).
Y es en la hipertensión en donde la creencia popular ha influido más con sus mitos (obviamente, ha influido en contra).

¿Le duele la cabeza?: tiene alta su presión.
¿Tiene mareos?: su hipertensión se ha descontrolado.
¿Le sale sangre de su nariz? (a eso los médicos le llamamos “epistaxis”): su presión debe estar por las nubes.
Y así un sinnúmero de síntomas son los que “alertan” a los hipertensos de que “las cosas no andan bien”.

Entonces el que de pronto comienza a sentir dolor de cabeza, o mareos, o comienza, sin motivo aparente, a sangrar por su nariz (o siente alguna cosa rara, cosas que son tantas que sería aburrido enumerar), sale corriendo a la farmacia, o al enfermero de la esquina, o llama a la guardia de emergencia médica (si es que no ha cometido el desatino de tener un tensiómetro en casa). Le toman (o se toma) la presión, y efectivamente está alta, como lo suponía.
Entonces vienen los consejos de las “personas que saben”: -Tómese otro comprimido ¡Ya!-, o –Haga reposo y coma sin sal-, o –Vaya corriendo a consultar a su médico.
O los médicos de la emergencia, que ni siquiera lo han visto una vez, le ponen debajo de la lengua un ansiolítico (antes era peor, porque tenían la costumbre de ponerle allí el contenido de una cápsula de Nifedipina -10 miligramos-, que era mucho, muchísimo más dañino que tener la presión elevada). Le aplican una inyección de diurético (generalmente uno llamado furosemida), se quedan con el “paciente” dos o tres cuartos de hora, controlan que la presión ha descendido, y se van tan campantes.

Todo este accionar ante un aumento de la presión parece lógico y normal. Pero no lo es para nada.
La pregunta fundamental es ¿Por qué los hipertensos se espantan de esa forma cuando sus cifras tensionales se elevan inesperadamente? Y la respuesta es la que todos esperan: porque tienen terror a las consecuencias de padecer un “ATAQUE DE PRESIÓN”. ¿Quién no conoce a alguien que lo ha padecido? Han quedado hemipléjicos, eso quiere decir que una mitad de su cuerpo ha perdido, en mayor o menor medida, la movilidad, y, en la mitad de los casos, cuando eso ha sucedido en el lado de su mano diestra, ya no pueden casi hablar, porque el centro cerebral en donde se coordina el complejo mecanismo de emitir la palabra, se encuentra en el mismo hemisferio que coordina los movimientos diestros de esa mano (y del miembro inferior del mismo lado). Vamos: los diestros de mano derecha, que son la mayoría, cuando la hemiplejia es en el lado derecho, y al revés en los diestros de miembros izquierdos.

Imaginemos un “ataque” de ese tipo.
Juan está almorzando mientras conversa animadamente con su esposa. En un momento comienza a sentirse raro: se le dificulta sostener el cuchillo en su mano, a causa de que la fuerza se va perdiendo en ella segundo a segundo; al mismo tiempo nota que la comisura de sus labios se va ladeando, lo que le dificulta emitir la voz, dificultad que también se agrava rápidamente; nota que cada vez se le hace más difícil nombrar correctamente las cosas aunque en su cerebro las piense correctamente, o hilvanar las frases que en su cerebro siente correctamente hilvanadas. Comienza a sentir un pánico atroz, por lo que instintivamente intenta pararse, pero como el miembro inferior del mismo lado también perdió las fuerzas (cosa que no notó al estar sentado), se desploma.
Ahora quien está presa de pánico es su esposa. Se arrodilla, lo acuesta boca arriba en el piso y comienza a preguntarle desesperada qué le está pasando. Mas él no responde, primero porque se encuentra obnubilado, y segundo porque no puede emitir palabras.
Ella sale corriendo a buscar ayuda, y cuando ésta llega, lo primero que se hace es tomarle la presión arterial. Como era de suponer, está elevadísima, digamos a manera de ejemplo que tiene 260 mm de mercurio de presión sistólica (“presión máxima” como la denominamos usualmente), y 165 mm de presión diastólica (o “minima” como la llamamos casi siempre). Aclaración: los médicos y enfermeros tenemos la costumbre de calificar las cifras tensionales en milímetros de mercurio, el resto de la gente lo hace en centímetros de mercurio (y en centímetros les comunicamos a nuestros pacientes su presión, para hablar su mismo idioma), por lo que para todo el mundo Juan tiene, después del “ataque”, 26 / 16,5. ¿Consecuencia de todo esto?:
Juan ha sufrido “un ataque de presión”.

Pero es falso, lo que Juan ha padecido es un ACCIDENTE CEREBRO VASCULAR. (Las más de las veces una isquemia –falta transitoria de sangre en una zona de un hemisferio cerebral, lo que produce “sufrimiento neuronal”-, o un infarto –ausencia permanente de sangre en esa misma zona, lo que desencadena la muerte de los millones de neuronas que forman esa porción de cerebro que maneja los movimientos de los miembros superiores e inferiores de la mitad opuesta, y el centro del habla –si la mitad opuesta es la mitad diestra, como vimos más arriba-).
Pero quizá Juan no era hipertenso, o si lo era, sus cifras tensionales siempre estaban acotadas porque era un buen paciente y tomaba los medicamentos religiosamente, y concurría a cada visita de control con su médico sin faltar a ninguna.

¿Qué ocurrió entonces?
El cerebro es el órgano más cuidado de toda la economía, y es el que pone de manifiesto más prontamente cualquier falla en ese cuidado.
Como todo el resto del cuerpo, está alimentado y oxigenado por la sangre. Sangre que transcurre por sus arterias a una determinada presión. Pero como es el órgano que comanda a todos los demás, se le ha dado una gracia que los demás no tienen: PUEDE REGULAR LA PRESIÓN DE SUS PROPIAS ARTERIAS. Por un mecanismo muy complejo, sin importar que la presión del resto del cuerpo esté elevada, él siempre mantiene la tensión de sus arterias al nivel que le conviene (en casi todos, más bajo que la presión arterial general).


Supongamos dos sectores vecinos de masa cerebral, y llamémoslos A y B. Cada uno tiene una arteria que lo irriga. Digamos que al sector A lo irriga la arteria 1, y al sector B la arteria 2. Como medida de precaución, de la arteria 1 salen muy pequeñas arteriolas que van hacia el sector B, y de la arteria 2 arteriolas que van al sector A (además, cada sector recibe arteriolas de las arterias, digamos, 3, 4, 5… pero para no hacer tan engorrosa la explicación, quedémonos solo con la 1 y la 2).
Existe una patología universal a la que conocemos como “aterosclerosis”.
Esa palabra proviene del griego athéeree: que significa papilla y de otra palabra griega, Skléeroosis, que significa endurecimiento.
La arteria está formada por tres capas, cada una llamada “túnica”, la interna (o íntima), la media (que es muscular) y la externa. La aterosclerosis es la formación de depósitos o placas de color amarillento, en la túnica íntima y en la porción más interna de la túnica media, de colesterol y otras substancias que con el correr de los años se van calcificando. A esa placa se le denomina ateroma. Eso ocurre en las arterias de grueso y mediano calibre.
La mayor parte de las veces, esas placas van cerrando lentamente la luz de la arteria, hasta que en un momento, la rugosidad de la superficie de cada ateroma produce la formación de un pequeño coágulo de sangre que la obstruyen totalmente. Allí se produce un tipo de “accidente cerebrovascular”, llamado “trombosis” (palabra derivada, también, del griego: thrombo, que significa coágulo).
Al irse cerrando lentamente, digamos, la arteria Nº 1, la 2 a través de sus colaterales le va enviando sangre para que las neuronas de la zona A no se vean carenciadas de nutrientes y, fundamentalmente, de oxígeno. Pero en el momento en que el trombo tapona total e instantáneamente la arteria principal de la zona (la Nº 1), la zona A se encuentra sin oxígeno suficiente, y las neuronas que la componen comienzan a sufrir la ausencia del vital elemento, por lo que empiezan a funcionar cada vez peor, hasta que en dos o tres minutos dejan de hacerlo. Eso es lo que le pasó a Juan mientras almorzaba con su esposa. Entonces, el cerebro envía mensajes para que la presión arterial se eleve con el doble objeto de “destapar” la obstrucción, y fundamentalmente, aumentar el flujo de emergencia a través de las colaterales que provienen de la arteria 2.
En resumen, y para terminar con este galimatías, el accidente cerebrovascular es el que hace elevar la presión, y no la alta presión la que produce un accidente cerebrovascular. (aunque debemos reconocer que la alta presión crónica y mal tratada -o no tratada-, es precursora, además de los desarreglos nutricionales, de los tan peligrosos “ateromas”).

Existe otro tipo de accidente cerebrovascular, gracias a Dios menos frecuente, al que denominamos “embolia” (del griego en, “dentro”+ bóllein “arrojar”), y que definimos diciendo que es la oclusión repentina de una arteria por un coágulo o por alguna otra sustancia extraña (por ejemplo, un trocito de ateroma que se desprende de una placa), y que empujado por la sangre va recorriendo las arterias, que se hacen cada vez más pequeñas a medida que se alejan del corazón hacia la periferia, hasta que encuentran una de un diámetro menor al émbolo y la atasca, impidiendo la circulación de allí en adelante. En estos casos el problema es más grave, porque la zona cerebral afectada no se estaba preparando, como en la trombosis, con “sangre extra” que provenía de la arteria vecina a través de las colaterales. Por eso, en las embolias es muchísimo más común la muerte de las neuronas que el simple “sufrimiento”.
Ese es el motivo por el cual los afectados de trombosis puedan recuperarse mejor (a veces en un 100 %), que los de embolias, que generalmente quedan con la hemiplejia por el resto de sus días.

La pregunta del millón de dólares es ¿Debemos bajar la presión a la víctima de un accidente cerebrovascular?. Mi opinión es NO. El que tenga la presión alta durante algunas horas no ha de hacerle ningún daño (la economía soporta eso sin dificultades), y si lo que ha sufrido es una trombosis (mucho más comunes que las embolias), las neuronas “sufrirán”, pero no “morirán”.

Yo pensé, al imaginar desmitificar el hecho de que la hipertensión no da síntomas, que la cosa sería más sencilla. Estoy acostumbrado a explicarle esto a mis pacientes con palabras y dibujos, pero se me ha tornado mucho más arduo de lo imaginado. Por eso, continuaremos el tema en la próxima entrega, ya que todavía hay mucho por conversar.


Trigésimo segunda entrega: "¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUÁLES?" (Segunda parte)


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